No todas las historias que contamos en estos homenajes son iguales. Nuestro pueblo es amplio y está lleno de personas que lo merecen, pero elegimos a aquellas que, al conocer su vida, nos llegan al corazón.
Como en el caso de Jerónimo Molina Quintero.
Un hombre hecho a sí mismo, que durante toda su vida nos ha llevado a destinos donde el corazón encontraba su cobijo. Una persona a la que nunca le importaron ni el frío ni el calor, ni las largas jornadas, ni las inclemencias del tiempo, como las que amenazan en días como los de ahora.
Jerónimo nos ha regalado momentos de vida. Momentos que hoy permanecen en la memoria como instantes únicos e irrepetibles, compartidos gracias a él.
Posee una gran humanidad y atesora una humildad poco común. Vecino querido por todos, junto a su mujer, Remedios Calero Martín, ha formado un tándem inseparable, ejemplo de vida para sus hijos y nietos.
En la calle Tetuán, donde el tiempo parece detenerse entre recuerdos, nació Jerónimo Molina Quintero. Y allí sigue, como si la vida hubiera decidido cerrar el círculo en el mismo punto donde comenzó todo. A su lado, siempre, Remedios, su novia de toda la vida, su compañera sin fisuras, testigo de cada etapa, de cada esfuerzo y de cada logro.
Jerónimo tiene raíces humildes, de esas que no se olvidan porque están hechas de tierra, sudor y dignidad. Hijo de Joaquín y Magdalena, creció en una familia de trabajadores del campo en Peñarroya. No hubo infancia de juegos largos: la vida lo llamó pronto. Desde niño acompañaba a su padre, primero con mulas y después con uno de aquellos primeros tractores que anunciaban el cambio de los tiempos.
Repartían leña a las panaderías, alimentando el pan de todo un pueblo. Más tarde, transportaban piedra para la fundición y retiraban la carbonilla de los hornos, formando parte silenciosa de una época que marcó a toda una generación.
Después llegó Ceuta y la mili, ese paréntesis que para él fue una oportunidad. Allí se sacó todos los carnés de conducir, sin saber que estaba construyendo el camino que definiría su vida.
Porque Jerónimo no solo condujo vehículos: condujo historias.
Comenzó en Auto Transportes López, o como todos decían entonces, en “los autobuses de Epifanio”. Sus inicios fueron en el Totá, y desde entonces quedó para siempre ese nombre con el que aún hoy se le recuerda: Molina el del Totá. Un apodo que no era solo una forma de llamarlo, sino una muestra de respeto.
Durante décadas fue mucho más que un conductor. Fue el hilo invisible que unía a las personas con sus destinos. Llevó a trabajadores a las minas, día tras día, cuando el amanecer pesaba más que el sueño. Durante años también fue camino hacia El Cabril. Y en otras ocasiones, fue alegría: excursiones por España y Europa llenas de risas, canciones y momentos compartidos.
Transportó equipos deportivos, especialmente al Peñarroya y al Encasur, llevando no solo jugadores, sino ilusiones. Y acompañó a las peñas —muy especialmente a la del Madrid— a ver a su Madrid, con ese orgullo que no necesita explicación.
Pero si algo define a Jerónimo no son los kilómetros recorridos, sino la familia que ha construido en cada parada.
Junto a Remedios crió a sus hijos, Joaquín y Rocío, y con el tiempo llegaron quienes hoy son el centro de su vida: sus nietos. Joaquín, Candela y Pedro por parte de su hijo; Noa por parte de su hija. Ellos son ahora su mayor desvelo, su alegría diaria, su razón más profunda.
Y entre tanto trabajo, también hubo espacio para la ilusión. Como aquella romería de San Isidro en la que, siendo jóvenes, él y Remedios ganaron orgullosos la copa a la mejor carroza. No fue solo un premio, fue el reflejo de lo que siempre han sido juntos.
Amante de la caza, especialmente del conejo, Jerónimo ha recorrido los campos con sus perros, fieles compañeros de otra de sus pasiones. De esas que se viven en silencio, al amanecer, cuando el mundo aún no ha despertado.
Hoy, al mirar atrás, su vida no se mide en años, sino en caminos recorridos, en personas llevadas, en familias que llegaron a su destino gracias a él.
Hablamos de un hombre sin una mala palabra, en el que siempre han estado presentes la educación, el respeto y la responsabilidad.
Porque Jerónimo Molina Quintero no fue solo conductor.
Fue parte del viaje de todo un pueblo.
Hoy se le rinde este homenaje, sencillo pero lleno de cariño, a una trayectoria limpia, honesta y ejemplar.
Un gran hombre.
Un hombre bueno.
Te queremos.
Te lo mereces.
SERGIO DELGADO CINTAS





























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