Si dijéramos lo contrario sobre los beneficios de la música, mentiríamos todos, porque la música nos ha salvado de muchas tragedias en nuestras vidas. Siguiendo los guiones establecidos, el sonido de una guitarra nos da ese remanso de paz con el eco de sus acordes, aquellas sutiles melodías que nos han acompañado a lo largo del tiempo, en ese cautiverio donde habita la soledad de nuestras interioridades.
Quizás la música es sanadora, hechiza, hace magia. Y para ello tenemos grandes maestros de la guitarra, magníficos virtuosos de las seis cuerdas de un mástil que nos recuerdan que el mejor sonido lo prestan las manos y los dedos de nuestro homenajeado de hoy jueves: José Manuel Hierro Laguna.
Un bohemio que ha dejado huella en sus noches más memorables por todo el territorio nacional e internacional.
No estamos hablando solamente de un guitarrista al uso; estamos describiendo a un genio idolatrado dentro y fuera de su ciudad de cuna, Córdoba, pero con medio corazón en nuestro pueblo. En la Escuela Municipal de Música y Danza de Peñarroya-Pueblonuevo irradia toda su maestría y sabiduría a aquellos alumnos y alumnas que sueñan con ser como él: un monstruo de la guitarra flamenca.
Todo un artesano que tenemos a los pies de nuestro pueblo, y es un lujo contar con su enorme figura, aún sabiendo que le queda un largo camino por recorrer, a pesar de su dilatada trayectoria profesional.
Nació en Córdoba, en el entrañable barrio de Santiago, hijo de Ana Laguna Pérez y Felipe Hierro Hostil. Hermano de Fuensanta, Jesús y Lourdes, y compañero de vida de Rosa María Cuevas Fernández, José Manuel Hierro Laguna ha sido, ante todo, un hombre fiel a su tierra, a su arte y a los suyos.
Treinta años de su vida los dedicó como segunda guitarra de Vicente Amigo, aunque su trayectoria va mucho más allá: trabajó con Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, Enrique Morente, Chano Lobato, y compartió escenario con grandes orquestas como la Sinfónica de Moscú, la Sinfónica de Tokio, la Orquesta Nacional de España o la Sinfónica de Londres.
Colaboró estrechamente con Leo Brouwer, fundó el dúo Eva y Manuel, grabó más de cien discos de flamenco para Fods Records y dio vida a la Orquesta de Guitarras de Córdoba. También compuso la música para la obra teatral Fuenteovejuna y hoy sigue sembrando pasión y conocimiento en la Escuela Municipal de Música y Danza de Peñarroya-Pueblonuevo.
Su guitarra ha sonado por medio mundo: Rusia, Japón, China, Venezuela, México, Cuba, Francia, Portugal, Estados Unidos… y en muchos de esos países, no una, sino hasta diez veces.
Amante de la fotografía, la pintura, la lectura y del baloncesto —aunque las manos, su herramienta sagrada, no le permitieron entregarse a ese juego—, José Manuel ha sabido equilibrar el arte con la sencillez de quien nunca ha perdido el pie en la tierra.
Quienes lo conocen destacan su bondad y generosidad. Siempre ha estado ahí, en los momentos buenos y en los malos: buen hijo, buen hermano, buen marido y mejor amigo.
Comprometido con las causas justas, ha colaborado con entidades como la Asociación Española contra el Cáncer, la Cruz Blanca, UNICEF, Médicos Sin Fronteras y diversas organizaciones relacionadas con la inmigración. Su vida, más que una carrera, ha sido un acto continuo de entrega.
Y anécdotas… ¡las tiene para escribir un libro!
Desde decirle a Sting o a Bruce Springsteen que “les sonaban sus caras” tras haber pasado la noche con ellos, hasta besar la mano de un maestro mientras este comía, o salir a la calle con media cara afeitada y la otra no.
Su madre, doña Ana, también protagonizó alguna: como aquella vez que lo mandó a la estación del AVE un día antes del viaje, con su bocadillo y todo. O cuando él creyó que iba a Mallorca y el destino real era Canarias, a donde voló con la ropa de tocar puesta y nada más.
No faltan los episodios pintorescos: negarle la entrada al cantante de Maná a los camerinos, pedirle un papel de galán a Pedro Almodóvar en Casa Lucio, o aquella amistad de juventud con Manuel Benítez “El Cordobés”, el torero que iba a recogerlo al colegio cuando era apenas un niño.
Con su compadre El Queco compartió infinidad de momentos, y con Paco de Lucía la confianza y el humor que solo se dan entre genios. Paco, dicen, le puso un mote cuando tenía dieciséis años, y así lo llamó toda la vida —aunque hoy mejor no repetirlo—.
Y ahí está la imagen que muchos guardan: un pequeño José Manuel con su guitarra al hombro, saliendo del colegio mientras El Cordobés lo esperaba en la puerta, rodeado de madres curiosas y sonrisas sorprendidas. En aquellos tiempos, aparecer en la tele junto al Cordobés era algo grande. Pero más grande aún era el talento que ese niño ya llevaba dentro.
Porque si algo define a José Manuel Hierro Laguna es eso: un artista de verdad, un hombre bueno, y una vida entera tejida con las cuerdas de la música, la amistad y el corazón.
Todo está dicho y escrito en este artículo redactado humildemente sobre José Manuel Hierro Laguna.
Para darle más énfasis a este artículo novelado, nos queremos despedir con una frase célebre del mejor guitarrista de todos los tiempos que ha dado el planeta. Su inteligencia y maestría eran innatas; nos referimos al gaditano Paco de Lucía, quien decía:
“La guitarra me ha ofrecido la capacidad de poder expresarme con el resto del mundo sin utilizar palabra.”
Sintiendo también esa frase como suya, José Manuel Hierro se ha expresado a través de sus dos manos sin utilizar ni mediar palabra.
Un auténtico genio que habita y trabaja en nuestro pueblo. Todo un honor para los peñarriblenses contar con personas como este maestro, que nos da no solo clases musicales con su guitarra flamenca, sino también lecciones de ética y de moral con su forma de ser.
Te queremos mucho.
Te lo mereces, maestro.
SERGIO DELGADO CINTAS





























Gracias, Sergio Delgado Cintas.
Muy bien expresado…se nota que le conoces bien!!!!
Un abrazo