El verano llegaba a su fin y la Banda de Silvia y Aarón regresaba al Colegio Público de El Puche para comenzar sexto, su último curso de Primaria. Después de unas vacaciones moviditas, con cambios en algunas relaciones entre profesores y alumnos, tocaba volver a las aulas.
El curso arrancó con una visita muy esperada. Estaba prevista para el verano, pero los compromisos profesionales del invitado habían obligado a aplazarla. Ángel Antonio Domínguez Hernández, antiguo alumno del colegio y ahora psiquiatra, volvía al lugar donde había empezado todo.
Ángel Antonio había sido un alumno aventajado. Procedía de una familia humilde y conocía bien las dificultades de salir adelante cuando en casa faltaban recursos. Desde pequeño ayudó a los suyos y aprendió a compaginar sus estudios con el trabajo. Durante los fines de semana y los veranos fue camarero en el bar de los padres de Marco Antonio.
Tanto el hombre del traje negro como la directora del colegio conocían aquella etapa de su vida. Por eso estaban convencidos de que su visita podía servir de mucho al alumnado. Los niños iban a escuchar a alguien que había ocupado sus mismos pupitres y que recordaba lo que costaba abrirse camino.
Su llegada despertó interés en el colegio y en el barrio. Entre los asistentes había padres y madres que habían sido compañeros suyos. Volver a encontrarse allí, después de tantos años, hizo que la jornada tuviera algo de reunión entre viejos conocidos.
Silvia, Aarón y el resto de la Banda asistieron a una conferencia que les permitió conocer su trayectoria, pero también asuntos que les tocaban de cerca. Ángel Antonio habló de la igualdad de oportunidades en la educación, del acceso a la cultura y de los recursos públicos que deben estar al alcance de quienes los necesitan. También se detuvo en el apoyo emocional, tantas veces olvidado cuando se habla de las dificultades de una familia.
Recordó sus años de estudiante y el esfuerzo que había compartido con sus padres. Después llegaron el instituto, la universidad y la formación que lo condujo a la psiquiatría. Había dedicado muchos años a estudiar y seguía haciéndolo. Escuchar a sus pacientes y continuar aprendiendo formaban parte de su trabajo.
Durante la charla explicó también su interés por la medicina digital y por las posibilidades de utilizar herramientas digitales en la atención a la salud mental. Procuró hacerlo con palabras sencillas, pensando en los alumnos que tenía delante.
La conferencia terminó con una larga ovación. Entre el público estaban sus padres, recién jubilados, que pudieron acompañarlo en aquel regreso a su antiguo colegio. Antes de marcharse, Ángel Antonio firmó en el libro de visitas y entregó varios ejemplares de sus publicaciones para la biblioteca.
Todavía no había cumplido los cuarenta años y ya había recorrido un largo camino. Sin embargo, volver a El Puche le hizo recordar al niño que había sido y aquella decisión que tomó desde muy pequeño: quería ayudar a los demás.
Y lo consiguió. Mira que sí lo consiguió.
Pero aquella mañana no quiso quedarse únicamente en sus logros. Lo que más le interesaba era hablar de las personas que acudían a su consulta y de cómo las tratamos fuera de ella.
Insistió en que quienes atraviesan un problema de salud mental necesitan atención, escucha y respeto. No deben sentir vergüenza por pedir ayuda ni encontrarse con el rechazo de quienes los rodean. Detrás de cada paciente hay una vida, una familia y unas circunstancias que merecen ser comprendidas.
También habló del daño que pueden causar las etiquetas. A veces se juzga antes de escuchar, o se reduce a una persona al trastorno que padece. Ángel Antonio quería que los alumnos entendieran la importancia de acompañar y de no convertir el sufrimiento ajeno en motivo de burla.
La charla dio que pensar a los niños, a los profesores y a las familias. En el colegio se decidió volver sobre estos asuntos el próximo 10 de octubre, con motivo del Día Mundial de la Salud Mental. Ángel Antonio regresaría para participar en una nueva conferencia y continuar aquella conversación que había empezado con su visita.
Para Silvia, Aarón y sus compañeros, el comienzo de sexto había traído algo más que libros y deberes. Habían conocido a un antiguo alumno que volvía a su colegio con ganas de compartir lo aprendido. Su historia empezaba allí, en el mismo barrio donde ellos estaban creciendo. Aquel era su kilómetro cero.
Pero eso tendrá su continuación en próximos capítulos.
En el siguiente, la Banda de Silvia y Aarón se encontrará con un problema que afectará a la familia de un compañero de clase: la amenaza de un desahucio. El colegio y el barrio de El Puche harán todo lo posible por ayudarles a conservar su hogar.
Cada capítulo de este serial busca acercarse a situaciones que forman parte de la vida de un centro educativo y de su entorno. La educación, la salud, la vivienda y las dificultades familiares también entran en las aulas, aunque no aparezcan en los libros de texto.
Seguiremos contando estas historias para lectores y lectoras de todas las edades. Y cerramos este decimosexto capítulo con nuestra frase de despedida:
«Los caminos difíciles nos fuerzan a crecer y nos dejan lecciones más valiosas de la vida».
SERGIO DELGADO CINTAS





























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