Por Flor Franco
Este año, Andalucía se convertirá en un hervidero musical. Por sus escenarios desfilarán, entre muchos otros, leyendas internacionales como Sting, Lenny Kravitz, Robbie Williams y Moby, potencias del rock como Marilyn Manson y The Prodigy y figuras esenciales del pop y el folk español como Raphael, Alejandro Sanz, Manuel Carrasco o El Último de la Fila. La oferta se amplía con el funk futurista de Jamiroquai, el reggaetón de Don Omar, el rock de Hombres G, y la potencia de Fito & Fitipaldis. Más cerca, en Córdoba tocará Antoñito Molina en junio. Es un cartel tan variado que, sin embargo, choca frontalmente con el eco de dos ausencias recientes: la de Sam Rivers y la de Robe Iniesta.
Bajista de la incendiaria Limp Bizkit, a Sam Rivers lo conocí a los dieciséis años en un evento en Barcelona. Desplegó una paciencia serena para sortear mi inglés rudimentario de entonces y charlar un rato. Incluso en su época de mayor éxito comercial, transmitía una calma que distaba mucho del caos sonoro de su banda. Aquellos discos de Nu Metal definieron los noventa tardíos: rap, metal y rabia adolescente como banda sonora de una generación que compartía música pasándose CDs, grabando cintas o quedando para ver videoclips. Escuchar era un acto colectivo: se comentaba, se discutía, se vivía en grupo.
Robe Iniesta levantó Extremoduro con otra energía, pero con un mismo poder de comunidad. Tomó la crudeza de la calle, el desengaño y el fracaso emocional para convertirlos en himnos. Escribía para que alguien, en un bar de pueblo o en un piso compartido, se sintiera menos solo. Su música también unía sin necesidad de adornos: bastaban una guitarra y un coro improvisado. Su muerte deja un vacío que no llenarán los tributos ni las reediciones, porque lo suyo era vínculo, no catálogo.
Entre estas pérdidas y el apagón definitivo de MTV —que cesó sus emisiones la última noche de 2025— se viene dibujando un cambio claro en el consumo cultural. Antes, bastaba encender la televisión o la radio: la sorpresa venía servida y la conversación continuaba al día siguiente. Hoy, Spotify o TikTok concentran toda la historia musical en un clic, pero la elección es solitaria. El algoritmo se ha vuelto un espejo: nos devuelve solo lo que ya sabemos de nosotros mismos, borrando la magia del descubrimiento conjunto.
Esa privatización del gusto choca frontalmente con lo que aún pasa en los conciertos, donde el pulso común resiste. La gente deja el sofá, paga entrada, espera turno bajo el sol andaluz y termina cantando con desconocidos. No hay pantallas individuales: hay cuerpos apretados, sudor mezclado, emoción compartida. Durante hora y media, el público se funde en una sintonía única recordando que somos tribu antes que oyentes aislados.
Pensar en el legado de Sam, de Robe o de la vieja MTV no es un ejercicio de nostalgia, sino el reconocimiento de un salto cultural: hemos pasado de compartir hallazgos a acumular listas privadas. La escena andaluza de 2026 rebosa vigor, sí, pero también revela la urgencia de reconectar más allá del algoritmo. Con el universo musical al alcance del dedo, pagamos entradas para recuperar lo esencial: esa pertenencia que nace cuando cantas rodeado de cientos, sabiendo que esas letras laten igual en cada pecho.





























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