Lo que les queda por vivir a algunas personas no va a pedirle permiso a quienes aman sin poder amar. Y así, poniéndole sangre al grito y dejando a la pluma volar sobre la gente de su pueblo, nace este homenaje lleno de emoción y de nostalgia.
Mirando al mar soñé un día de la vida de Manuel Enrique Sánchez Porras, nuestro homenajeado de hoy, cuyo destino fue tejido entre tierra y mar, como quien asciende una montaña sencilla en apariencia pero coronada por una nobleza que parece llevar alas en los pies.
Ha custodiado la vida de sus vecinos, ha protegido nuestras fiestas y tradiciones —entre ellas la Semana Santa— y, en aquellos años de pantallas humildes, nos acercó a la comunidad desde el canal de vídeo local.
La suya ha sido una vida hecha de momentos grandes sin buscar grandeza. Un hombre que ha conocido de cerca el dolor reciente de una tragedia familiar, pero que sigue recordándonos que existir ya es una prueba de fuego: mantenerse en pie, aun cuando la vida nos hiere, es una forma silenciosa de valentía.
Manuel Enrique nunca buscó la fama. Ha desempeñado cada cargo con discreción, con ese “buen hacer” que nace cuando el trabajo es vocación y el servicio, una forma de amar al pueblo.
En la vieja barriada del Cerro, en la calle San José, nació Manuel Enrique Sánchez Porras, primogénito de Manuel y Manuela y hermano mayor de Rosa María, Alejandro y Pedro Ángel. Entre calles humildes y vida auténtica de barrio se forjó su carácter sereno y curioso.
De joven estudió química en la antigua Escuela de Maestría —hoy IES Florencio Pintado—, convencido de que comprender las cosas desde dentro ayuda a comprender también a las personas. Aquella inquietud lo llevó a dos pasiones: el alpinismo y la arqueología.
De las montañas aprendió la humildad del ascenso; de la tierra, el silencio de la historia. Subir cumbres y explorar vestigios se convirtió para él en una forma de sentir la vida más amplia y profunda.
Muchos vecinos lo recuerdan como presentador del canal de vídeo comunitario, junto a Luis Ramos, cuando la pantalla era un espejo cercano donde el pueblo se reconocía y se unía.
Luego llegó la etapa que marcaría su camino: 35 años como policía local de Peñarroya-Pueblonuevo, de los cuales 15 ejerció como jefe. En el uniforme encontró una vocación: servir. Su autoridad nunca fue mando distante, sino cercanía profunda. Quien acudía a él encontraba antes a un hombre dispuesto a escuchar que a un agente. Por eso generaciones enteras lo respetan.
Cofrade, pregonero de Semana Santa y de Carnaval, supo poner voz a emociones colectivas, despertar memoria y orgullo, y recordar que un pueblo también se sostiene en sus símbolos y en quienes los transmiten con sinceridad.
En lo personal, ha encontrado en Ana Fontalba —su pareja actual— una compañía firme. Sus tres hijos han sido siempre su mayor alegría; uno de ellos, Manuel, fallecido recientemente, permanece en él como una presencia íntima y silenciosa que honra con amor y discreción.
Hoy, ya jubilado, Manuel Enrique sigue cultivando aprendizajes. En su taller de repujado transforma paciencia en arte; cuando llega diciembre monta belenes como quien recrea pequeños mundos donde siempre cabe la esperanza. Estudia piano en la Escuela Municipal de Música, demostrando que nunca es tarde para que las manos aprendan nuevos lenguajes.
Además, disfruta del campo, su refugio natural, donde el tiempo avanza sin prisa y la memoria respira a su ritmo.
Y entre sus pasiones cotidianas destaca otra muy celebrada por quienes lo rodean: es un excelente cocinillas. Le gusta cocinar, lo hace con cariño y con maestría, y en cada plato vuelca la misma dedicación serena que ha guiado toda su vida.
Allí, entre sendas, fogones y recuerdos, sigue siendo aquel muchacho curioso de la calle San José, pero con más historias en la mochila y más serenidad en la mirada.
Este homenaje no pretende abarcar una vida entera —porque eso es imposible—, pero sí afirmar algo cierto: Manuel Enrique Sánchez Porras ha hecho pueblo, ha servido con dedicación y deja huella sin buscarla, con la nobleza tranquila de quienes hacen el bien porque así lo sienten. Un hombre bueno, en el sentido más hondo y más necesario de la palabra.
Tres razones explican por qué sigue dándonos lecciones: su amor incondicional a su familia, a sus amigos y a su pueblo.
Nos queda mucho por contar de él, mucha historia guardada en su memoria. Será con un café y una futura entrevista para Infoguadiato y El Periódico de Peñarroya-Pueblonuevo Valle del Guadiato, donde podremos conocer también esas facetas menos visibles que enriquecen aún más su figura.
“Solo las pasiones, las grandes pasiones, pueden elevar el alma a las grandes cosas”, escribió Denis Diderot.
Y en la elevación del alma por esas grandes cosas que Manuel Enrique encarna, hemos encontrado el sentido de celebrarlo en la festividad de nuestra Constitución Española.
Una fuente de sabiduría y amor a su pueblo, hecha historia viva para ser contada de forma honorable y respetuosa.
Gracias, Manuel Enrique, por proteger y cuidar a varias generaciones.
Te queremos.
Te lo mereces.
SERGIO DELGADO CINTAS






























Sin duda alguna, de las mejores persona que tenemos en este pueblo.