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El autor de El copiloto relata los años en los que la cocaína y el alcohol marcaron su vida, el sufrimiento de su familia y la ayuda que encontró en ACALI para comenzar a salir de una situación que lo había llevado al límite
Miguel Ángel Jurado Fierro no esconde nada cuando habla de una de las etapas más duras de su vida. Lo hace con la tranquilidad de quien hoy puede mirar atrás, aunque algunos recuerdos sigan doliendo. Buena parte de ellos están recogidos en El copiloto, el libro que ha escrito para contar cómo cayó en las adicciones y cómo consiguió empezar a recuperar su vida.
El título tiene mucho que ver con aquellos años.
«Durante una época de mi vida no fui el piloto de mi vida. Fui el copiloto de mi vida», explica.
Miguel Ángel reconoce abiertamente su adicción a la cocaína y al alcohol. Todo comenzó de una manera que, vista desde fuera, podía parecer inofensiva: probar en una fiesta, salir, consumir alguna vez y creer que aquello estaba bajo control.
No lo estaba.
El consumo fue aumentando hasta convertirse en parte de su día a día. Miguel Ángel asegura que llegó a consumir entre ocho y diez gramos de cocaína casi diariamente y que acumuló una deuda superior a los 35.000 euros.
Por entonces tenía una explotación ganadera, olivos y su mujer también trabajaba. A pesar de ello, el dinero desaparecía.
«Ya no teníamos ni para comer», recuerda.
Llegó incluso a coger dinero de la hucha de su hijo. Reconocerlo tantos años después continúa resultándole difícil.
La droga no solo estaba acabando con la economía familiar. En casa, su mujer y su hijo sufrían las consecuencias de una situación que cada vez iba a más. Había tardes en las que entraba en un bar y regresaba muchas horas después tras haber consumido alcohol y cocaína. Otras veces se acostaba de madrugada y al día siguiente no era capaz de levantarse para llevar a su hijo al colegio.
Su familia veía cómo poco a poco se iba perdiendo.
Miguel Ángel recuerda también algunas de las locuras que cometió durante aquellos años. Una de ellas pudo tener consecuencias especialmente graves. En una ocasión conducía bajo los efectos de las drogas acompañado por su hijo cuando el vehículo acabó metido en una zona de agua. Tuvo que sacar al niño por una ventanilla.
Hoy piensa en aquello de otra manera.
«Se hacen muchas barbaridades, muchas locuras que ahora después te das cuenta de lo que había podido suceder y de lo que había podido pasar».
También hubo muchas noches en las que era plenamente consciente de que no quería aquella vida, pero no encontraba la manera de salir.
Cuenta que algunas veces llegaba de madrugada, se ponía de rodillas junto a la cama de su mujer y lloraba mientras ella dormía. Sabía el daño que estaba provocando y, aun así, la adicción seguía mandando.
Uno de los recuerdos que más le cuesta contar ocurrió durante un viaje desde Córdoba. Miguel Ángel iba en el coche con su familia cuando decidió parar cerca del desvío de Cerro Muriano.
Ya no podía más.
Se bajó y comenzó a llorar.
Entonces su hijo, que todavía era un niño, le puso una mano en el hombro.
«Tranquilo, papá, que mamá y yo estamos aquí para lo que te haga falta».
Miguel Ángel todavía recuerda perfectamente aquellas palabras.
«Eso me rompió el alma».
Aquel momento marcó un antes y un después. Su mujer ya sabía lo que estaba ocurriendo y la familia comenzó a buscar una salida.
Al principio intentaron hacerlo entre ellos. Su mujer, sus padres y su hermana estuvieron pendientes de él y durante un tiempo consiguió mantenerse alejado del consumo. Pero llegó una recaída y quedó claro que el apoyo familiar, siendo imprescindible, no era suficiente. Necesitaba ayuda profesional.
Fue entonces cuando acudió a ACALI, Asociación Cordobesa de Alcohólicos Liberados, en Córdoba.
Miguel Ángel no tiene dudas cuando habla del papel que la asociación y sus profesionales han tenido en su recuperación.
«Yo entré roto, yo entré ya hundido», recuerda.
En ACALI comenzó un tratamiento y encontró profesionales que, según explica, le ayudaron a ir recuperando poco a poco la persona que había detrás de la adicción.
«Te sacan el ser humano que tú eres realmente. La persona que tú realmente eres, eso es lo que ellos sacan de ahí», señala.
Su agradecimiento permanece intacto.
«Estaré siempre muy agradecido a ACALI».
Junto a esa ayuda profesional estuvieron su mujer y su hijo, a quienes Miguel Ángel menciona constantemente durante la entrevista. Fueron quienes vivieron los peores momentos y quienes permanecieron a su lado cuando la situación parecía no tener salida.
«Mi mujer y mi hijo han sido los pilares fundamentales. Sin ellos no estaría yo aquí».
Ahora disfruta precisamente de cosas que durante aquellos años había dejado de valorar. Estar en casa, pasar tiempo con su mujer, disfrutar de su hijo o simplemente acostarse y dormir tranquilo.
«Eso para mí ya es gloria».
También ha recuperado otras partes de su vida. Sigue muy ligado al campo, una de sus grandes aficiones, y a la música. Forma parte de la agrupación musical de su pueblo, Espiel, y tiene además la satisfacción de compartir esa afición con su hijo, que toca junto a él.
Pero Miguel Ángel no habla de la adicción como algo que simplemente quedó atrás. Sabe que tiene que mantener los pies en el suelo y continuar siguiendo unas pautas.
Hay cosas que ha decidido no hacer. Explica, por ejemplo, que no lleva dinero ni tarjeta de crédito porque considera que forma parte de las medidas que debe mantener después de todo lo ocurrido.
La confianza, especialmente dentro de una familia que ha sufrido durante años, tampoco vuelve de un día para otro.
De unas frases sueltas a El copiloto
El libro empezó casi por casualidad.
Miguel Ángel comenzó escribiendo algunas frases y recuerdos mientras trabajaba con su psicóloga. Después aparecieron más recuerdos. Un día escribía sobre algo ocurrido meses atrás; otro, sobre una situación que llevaba mucho tiempo guardada.
Poco a poco comenzó a ordenar todo aquello.
Así nació El copiloto.
Escribirlo también significó volver a lugares a los que no siempre quería regresar. Tuvo que recordar situaciones dolorosas y enfrentarse de nuevo a determinados episodios de su pasado.
Por eso insiste especialmente en algo.
«No es un libro de batallitas».
No quería hacer una recopilación de anécdotas sobre los años de consumo ni presentar aquella etapa como una aventura. Quería contar lo que realmente había sucedido.
«Yo cuento la realidad de lo que es un drogadicto, de lo que es una adicción y de lo que yo realmente viví».
Miguel Ángel se ha encargado personalmente de prácticamente todo el proceso. Ha escrito el libro, lo ha maquetado y ha asumido su edición. Inicialmente realizó una tirada de 200 ejemplares sin imaginar la respuesta que iba a encontrar después de presentarlo.
Las primeras presentaciones tuvieron lugar en su pueblo y en ACALI. Después comenzaron a llegar mensajes.
Personas que habían leído el libro le escribían para felicitarlo, pero también para contarle sus propias experiencias. Algunos de esos mensajes son los que verdaderamente le han hecho pensar que haber contado públicamente una parte tan complicada de su vida ha merecido la pena.
Recuerda especialmente el caso de una mujer que atravesaba problemas de ansiedad y estrés y que había sufrido acoso. Le escribió para decirle que había encontrado apoyo en algunas de las páginas de El copiloto.
Eso, reconoce, le produjo una enorme satisfacción.
El libro tiene un precio de 10 euros, destinado, según explica, a cubrir los gastos que ha supuesto esta primera edición. Los interesados pueden ponerse en contacto directamente con Miguel Ángel Jurado Fierro a través de sus redes sociales para consultar la disponibilidad de ejemplares.
Tampoco cierra la puerta a que alguna editorial pueda interesarse por El copiloto y permita que el libro llegue más lejos. No por una cuestión de fama, insiste, sino porque considera que su experiencia puede servir a otras personas.
«Yo controlo»
Miguel Ángel muestra especial preocupación por el consumo entre los jóvenes y por la facilidad con la que, según su experiencia, se puede acceder actualmente a determinadas sustancias. También habla de la normalización del alcohol y de una sociedad que, en muchas ocasiones, no es consciente de lo que supone realmente una adicción hasta que aparece dentro de su propia casa.
Por eso cree que experiencias como la suya podrían contarse también en colegios e institutos.
No habla como psicólogo ni como especialista. Habla como alguien que estuvo dentro.
Y entre todo lo vivido hay una frase que ahora observa desde una perspectiva completamente diferente.
«La palabra “yo controlo” la he vivido muchas veces. Y al final es la que te acaba controlando».
El copiloto no pretende dar lecciones. Miguel Ángel cuenta su historia con sus errores, sus recaídas y momentos que todavía le cuesta recordar. También habla de quienes estuvieron ahí cuando las cosas iban mal: su mujer, su hijo, su familia y los profesionales que encontró en ACALI.
El objetivo que se marcó al escribirlo es sencillo.
Si alguna persona que esté atravesando una situación difícil encuentra en sus páginas un pequeño empujón para pedir ayuda o intentar salir adelante, para Miguel Ángel todo habrá merecido la pena.
Después de lo vivido, no busca mucho más.
Trabajar, disfrutar del campo, tocar música, estar con su mujer y recuperar el tiempo con su hijo.
Cosas normales.
Precisamente las que durante demasiado tiempo no pudo disfrutar.






























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