Las vidas intensas y sacrificadas son, quizá, las más difíciles de seguir hoy en día. Vivimos otros tiempos, instalados en la comodidad, con las necesidades básicas cubiertas, y cuesta imaginar existencias marcadas por el esfuerzo constante y la renuncia al descanso.
Hubo —y hay— personas que vivieron sin reloj. Vecinos que dedicaron su vida entera al trabajo, enlazando horas sin apenas respiro. Hoy, sábado, queremos sacar a la luz la historia de uno de ellos y rendirle un homenaje emotivo y profundamente respetuoso.
Hablamos de un ser humano cuya vida estuvo ligada las veinticuatro horas del día a su panificadora. Un vecino y amigo al que tenemos el gusto de tributar este reconocimiento sincero.
Escribimos hoy sobre la vida personal y profesional de Rafael Gallego Murillo, el pan bendito por excelencia, artífice de una estirpe de panaderos cuyo sabor y textura aún perduran en los paladares de los peñarriblenses.
Hombre cauto, meticuloso y servicial, siempre en busca de la excelencia, resulta imposible contar la historia del pan en nuestro pueblo sin nombrar al mejor de sus panaderos. Rafael Gallego es familiar y discreto; no amigo de halagos ni de grandes palabras. Pero viniendo de sus amigos de Infoguadiato, este homenaje se vuelve natural y sereno, nacido únicamente de la admiración y el orgullo hacia una vida dedicada a acompañar nuestras comidas con un trocito de pan hecho en casa.
Amigo y vecino pasional y perfeccionista, supo darle cultura a la masa madre con sus manos siempre harineadas y esa pizca justa de sal que hacía salir del horno el mejor pan del mundo.
Hoy ponemos rostro a una vida atrevida y emotiva, la de la persona que más pan ha amasado en nuestro municipio durante los últimos sesenta años.
Rafael Gallego Murillo —Rafa para todos— nació siendo el mayor de siete hermanos, con el olor del pan marcándole el camino desde la infancia. Sus padres, Manuel y Carmen, levantaron una panadería que acabaría siendo su casa y su escuela. Los libros no lograron atraparlo; la vida iba deprisa y había que trabajar. A los trece años ya amasaba madrugadas enteras: de noche, el horno encendido; de día, el reparto por Peñarroya, Pueblonuevo y aldeas cercanas como La Granjuela, Villanueva del Rey o Los Blázquez. Dormía cuando podía, casi siempre por la tarde.
Hubo incluso un tiempo en que se escapaba de la mili, no para divertirse, sino para volver al obrador junto a su padre. Aquello le costó una noche en el calabozo, pero no le cambió el rumbo. Sus clientas eran sagradas: el trato, la palabra dada, la constancia. Aún hoy muchas se detienen a saludarlo y a recordar a aquel panadero incansable que nunca fallaba.
Toda una vida de sacrificio sostuvo a su familia. Cuatro hijos —David, Carmen, Rafael y Álvaro— crecieron sin carencias. Álvaro heredó su relación práctica con el trabajo y montó pronto su propio negocio; los demás estudiaron y culminaron sus carreras. Cada cual a su manera, pero todos con el ejemplo diario delante.
Rafa también supo robarle horas al descanso para el deporte. Probó casi todos, pero se quedó con el tenis y el ciclismo, llegando a correr con la Peña Ciclista de Pueblonuevo en la categoría de veteranos. Hoy su gran pasión es el fútbol. Del Barça, sin excusas. No se pierde un partido. Porque hay oficios que se jubilan, pero hay pasiones —y el pan bien hecho— que no se olvidan.
Unas manos laboriosas y casi milagrosas encuentran hoy su hueco merecido en nuestra sección.
Una profesión milenaria que otros compañeros continúan, y de la que Rafa, ya en una jubilación más que merecida, se siente orgulloso por el legado dejado a su familia y a su pueblo.
Además de buena persona, es un gran vecino y amigo. Le queremos mucho y le enviamos un fortísimo abrazo, con el deseo sincero de que sigan existiendo personas como él en nuestro pueblo: ejemplo claro de esfuerzo, dedicación y trabajo desde edad temprana.
Un auténtico niño prodigio forjado a base de entrega, sacrificio y duro trabajo.
“Las penas con pan son menos penas”
Refranero popular
La vida son continuas alegrías con la sonrisa y el pan de la Panadería Gallego.
Te queremos mucho.
Te lo mereces.
Sergio Delgado Cintas






























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