Joaquín Rayego Gutiérrez
“Saeta que voladora/ cruza, arrojada al azar, / y que no se sabe dónde/ temblando se clavará”.
El 3 de noviembre de 1.881, en el número nueve de la revista La Enciclopedia, se publican las bases de una sociedad que titula con el nombre de El Folklore Español, » Sociedad para la recopilación y estudio del saber y de las tradiciones populares».
Gracias al ambiente cultural en que se desenvuelve la Universidad de Sevilla, y a la labor de un grupo de eruditos, encabezados por D. Antonio Machado Álvarez, “Demófilo”, los estudios sobre el folclore y la tradición popular recibirán un fuerte impulso en nuestro país, y más concretamente en Andalucía.
−»En esta región de España, como en todas aquellas por donde cruzan los ferrocarriles −escribe Francisco Rodríguez Marín−, se van perdiendo a más andar las supervivencias folklóricas seculares. Vientos de generalización, antiartísticamente niveladores, soplan de todos lados barriendo y aniquilando cuanto, por tradicional, se conserva en la memoria de las gentes».
Por esas fechas el cantaor Silverio Franconetti está definitivamente asentado en Sevilla, y los Machado Álvarez, Montoto, Díaz Martín, Rodríguez Marín, y el austriaco Hugo Schuchardt, no dejan de asistir “como alumnos libres a la cátedra sevillana del gran Silverio Franconetti, no sólo para escuchar a los cantaores y tocaores de su tablao, sino, lo que es mucho más, para conversar amistosa y casi diariamente con aquel rey de los cantaores, que estempló a la mismísima María Borrico, reina de la playera».
Gracias a la aportación de Silverio y Juanelo de Jerez este mismo año saldrá a la luz la Colección de Cantes flamencos recogidos y anotados por Demófilo, libro en el que nuestro primer flamencólogo refiere sin ninguna clase de ambages que “el flamenco es el menos popular de todos los llamados populares; es un género propio de cantadores; (…) el pueblo, a excepción de los cantadores y aficionados, a los que llamaríamos dilettanti si se tratara de óperas, desconoce estas coplas; no sabe cantarlas, y muchas de ellas ni aun las ha escuchado».
Partiendo de tan reveladora declaración no es difícil deducir las carencia documentales con las que se enfrenta el estudioso al profundizar en ese difícil mundo del flamenco, y particularmente en uno de sus palos: la saeta, cuyo origen “como el de todo el cante flamenco se pierde en la noche larga de los siglos”, al decir de Machado; una visión ampliada que Joaquín Turina simplifica al considerar la saeta un invento de los profesionales del flamenco, “una nueva forma de saeta procedente de la seguidilla gitana”.
− “Todo el mundo ha “confesao”/ que eres tú la más bonita, /la del color “bronceao”,
gitana pura y bendita/ por “tos” los cuatro “costaos”.
La idea de la creatividad popular, también presente en las elucubraciones acerca de la música religiosa, la plasma Francisco Rodríguez Marín en «Sevilla y su Semana Santa», un artículo en el que amén de sacar a colación los elogios que Luis Montoto dedica a la saeta –«sencilla copla de cuatro versos octosílabos […], grave y hermosa melodía de aire lento»–, hace una definición ortodoxa y académica de esta copla, adentrándose en sus más íntimos matices.
La saeta y la nana −dice− son los únicos cantares andaluces que no tienen, ni han tenido menester, acompañamiento musical; y coincide con “Demófilo” en señalar que “entre las especies de poesía popular, ninguna que merezca tanto llamar la atención de los eruditos como la religiosa; y ningún pueblo las produce tan peregrinas como el andaluz”.
Curiosa consideración la de quienes proyectan su filosofía y sus métodos de trabajo a la sombra del krausismo, el positivismo, y otras corrientes de época: “Bachiller”, “Amigo del Pueblo”, hijo de “La Tierra de María Santísima”, meros galardones que proclaman sus inquebrantables raíces.
Y comentando una de las coplas incluidas en sus Cantos populares españoles, la número 6.522, apunta Rodríguez Marín que «las frases Por allí viene, Ya viene, Que lo van crucificando, etc., indican a las claras que estas coplas de la Pasión (saetas les llaman en Andalucía) se acostumbran a cantar al paso de las procesiones de la Semana Santa».
− “Ya lo llevan, ya lo traen/ por la calle de la Amargura,
atado de pies y manos,/ amarrado a la columna.

Se confirma, pues, que hay una forma de expresión melódica, de contenido sentencioso− moral, conocida como “saeta”, de las que fray Antonio de Ezcaray habla en un libro impreso en Sevilla en 1691, y que fray Isidoro de Sevilla conoce con el nombre de “Saetas Penetrantes”.
La valoración de ambas formas de saeta, la flamenca y la primitiva, la expresa Joaquín Turina en el artículo titulado «La evolución de la saeta», publicado en El Debate con fecha de 5 de abril de 1928:
− “Todavía el pueblo reclama sus derechos y en algunas callejas solitarias resuena la voz de una mujer cantando la saeta antigua, la más bonita de todas […], produciendo momentos de gran belleza, muy superiores a los jipíos del cantaor, que, en La Campana o en la calle de las Sierpes, entusiasma al público con sus agitanadas saetas, desgarradas y teatrales”.
La música conmovedora con que el pueblo andaluz interpreta la saeta, así como la cadencia final en suspenso, propiciadora de la meditación y el recogimiento, a que alude José María Sbarbi en su artículo “Las Saetas”, proviene de aquellas coplas que al amparo del tiempo aún persisten en algunas localidades andaluzas como Arcos de la Frontera, Marchena, Cabra, Lucena, Puente Genil…
Muchas surgieron como consecuencia inmediata de las ideas laicistas que impregnaron la filosofía de la Ilustración; como reacción del creyente a las Órdenes Ministeriales promulgadas contra hermandades y cofradías en tiempos de Carlos III.
De manos de franciscanos y dominicos la saeta se manifiesta como contestación a las disposiciones reales, de corte absolutista.
Así al menos lo documentan el capuchino fray Diego de Valencina y el estepeño Agustín Aguilar Tejera en sendos libros: Historia documentada de la Saeta y Campanilleros (Sevilla, 1947), y Saetas Populares (1915).
De este género son las denominadas “Saetas Penetrantes” y las del “Pecado Mortal”, cantadas por legos al anochecer, tras el toque de queda, y que derivan, en opinión de Mas y Prat, de las novenas de ánimas, pues los hermanos de Ánimas eran llamados Pecados Mortales.
La primitiva saeta, al igual que la que vendrá tras su posterior adaptación a los tonos del flamenco ( las saetas de “Naranjito”, de Mairena, de Caracol, de Antoñita Moreno, o de mi paisana Socorro…) son la expresión más profunda de un pueblo noble y sufrido, solidario y generoso, que se sueña en un cielo, la Belleza y la Armonía que hasta los presos disfrutan, como subrayó Castelar:
−“A través de un nublado de obscuridad densa llega el alma a ver un pedazo de cielo, se regocija, como cuando en la desgracia y en el abandono ve un amigo”.





























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