En la rectitud de mi vida hay, en mis bolsillos, un vacío un tanto errático, un vacío interior entre la validez de lo enigmático y lo prohibido.
Entre los libros prohibidos sobre erotismo hay un lugar donde peregrinan los deseos. Crónicas que anuncian festividad, pura conexión entre dos cuerpos que se aman. Entre las cantidades de gestos y caricias antes de la copulación están aquellos besos dejados en la mesilla situada a un lado de esa cama que yace desecha y con las pieles desnudas.
Decía Milan Kundera, escritor checo de novelas y cuentos: “El erotismo es como un baile: una parte de la pareja siempre se encarga de manejar a la otra”, como otra frase suya que dice: “Me atrevo a afirmar que no hay erotismo auténtico sin el arte de la ambigüedad; cuando la ambigüedad es poderosa, más viva es la excitación”.
Sigo en mis trece: el sexo sin amor, y dejando sin atención aquellos besos como versos perdidos en poemas halagadores, donde se enfrasca el ardor en el fuego conyugal. Me hago la siguiente pregunta a mí mismo, algo de lo que me he dado cuenta desde hace bien poco, desde mi ignorancia e inocencia: ¿A qué huelen los besos?
Besos de miel en las madrugadas más largas; aquellos besos inolvidables, sean en las mejillas o en la boca. Besos que lo dicen todo, besos que han pasado a la eternidad.
Besos de verdad, besos a pedir de boca, totalmente gratuitos y sin inflaciones. Besos que suben el ánimo, besos que son afrodisíacos, besos que valen la pena para alcanzar la felicidad. En definitiva: Besos curativos.
En la isla de Palma, como cantaba el compositor más sentimental y frágil que ha existido en nuestro país, Antonio Flores, dejaba patente lo que era el amor, el sexo y, por supuesto, los besos: aquellos que se dan sin avisar, siendo la única verdad.
Sintiendo aquellos duros y fríos inviernos, capitaneó entre la adversidad del más cobarde de no dar aquellos besos que me harán preso de la fruta prohibida: la manzana donde da origen al pecado y a la verdad carnal, de ver dos cuerpos desnudos en plena naturaleza tras probar el elixir. Hacer un acto sexual, el mayor pecado del mundo según las escrituras entre el hombre y la mujer, y dar origen a esta vida tan falta de besos sin nombre, en busca de aquellos seres que mendigan besos por promesas.
Y esas promesas, aunque algunas sean incumplidas—porque la vida está hecha para volar en una sola dirección: el orgullo y el prejuicio—.
Siendo ese orgullo y prejuicio preludio de que los egos están exultantes y el mendigar besos y caricias está en desuso. No buscar sexo no exime de besos y caricias al alba. Tampoco están de viaje aquellos amores que están hechos de besos y caricias mutuas y con reciprocidad.
Porque los besos huelen a cielo, a divino, a pan bendito; están situados a la altura de alcanzar el paraíso.
Los besos huelen a tesoro encontrado, huelen a hogar, a mamá.
Los besos huelen a ti y a mí.
Los besos huelen a Universo.
No hay olor más dulce y adquisitivo que aquellos besos que huelen a hembra.
Como la hierba recién cortada que está situada en el tercer cajón de aquella mesilla de noche que alumbra los besos que huelen a: BELLEZA.
¿A QUÉ HUELEN LOS BESOS?
MOTÍVATE con ese olor de aquellos besos emocionales dados y recibidos, de esa verdad y de belleza como los que tú me das.
Y tú, ¿estás motivado o motivada?
¿Te encuentras motivado o motivada?
Motívate a través de estos artículos sobre reflexiones y pensamientos emocionales para los lectores y lectoras de Infoguadiato.
SERGIO DELGADO CINTAS






























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