Recuerdo esos juegos en la residencia… Al principio, reconozco que lo hacía de forma un poco egoísta: todo mi afán era mejorar cognitivamente y quería jugar a todo. El bingo no me gustaba, pero al decirme que era cognitivo no me importaba jugar con tres cartones a la vez.
Me sentí bien cuando volví a la residencia y me dijeron: “Ya no vienes, no jugamos dominó…”. Hay quien me ha dicho que el dominó es un juego polémico, que la gente se pelea. Pues con nosotros no es así: no es motivo de peleas, nos apoyamos unos a otros; al que no sabe, se le enseña y se juega con la mejor actitud.
Son las terapeutas las que organizan los juegos. Si toca doblar ropa, se dobla. Yo, al principio, no lo entendía; no entendía que eso fuera cognitivo, pero es así. Si hay un rato libre, se juega al dominó, a las cartas e incluso al parchís. Me costó entenderlo…
Tengo una partida pendiente. Esperadme, Agustín, Rafael y Nati, con 90 años y con la lucidez de jugar a tu ritmo. Hay que verlo para entenderlo. Los echo de menos, sí, porque tienen la experiencia de la vida, la ternura de los años y el recuerdo de lo vivido escrito en su rostro.
Cualquier día me escapo a hacer con ellos manualidades, a tomarme un café, a echar un dominó. No sé si habrá risas, pero sí sonrisas, miradas cómplices sin tener que hablar. Lo dicho: sonríen poco, pero se alegran; te hablan con silencios, con una mirada cómplice, y te echan de menos. Tienen sus sitios, su hora de la cerveza —aunque sea sin alcohol—, y por allí he pasado yo de puntillas, sin querer hacer mucho ruido, dispuesta a empaparme de historias de personas. Personas a las que el párkinson les ha robado mucho, pero se siguen acordando de ti: tienes tu hueco en el corazón de ellos, no olvidan tu nombre.
Con toda humildad, orgullosa de haber dejado un poquito de mí en cada uno. Unos más reservados, otros no; unos más cariñosos, otros no… pero siempre buenos. Dejadme unos días y volveré por ahí.
Marta Cascado García






























0 comentarios