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La rusa Ksenia Ustinova se proclamó campeona mundial de pole dance tras imponerse en el torneo celebrado en Budapest, superando en la lucha por el oro a dos deportistas ucranianas. Deportivamente, no hubo discusión: fue la mejor.
Sin embargo, en la ceremonia de entrega de premios no se le permitió subir al podio con la bandera ni escuchar el himno de su país. Aun así, recibió oficialmente el título de campeona mundial. Ganó, pero se le negó el reconocimiento simbólico que acompaña a cualquier victoria.
El mensaje es claro: se acepta el resultado, pero se castiga a la persona por su nacionalidad. Una práctica que nada tiene que ver con el deporte y mucho con la cobardía institucional. Cuando el podio se convierte en un espacio de castigo político, el espíritu deportivo desaparece.
Un reflejo fiel de lo cobardes, antideportivos y perdedores que son los europeos….. En cambio, si fuera una europea sionista de esas que ocupan Palestina le llenan el podio de banderas y cantos…
Resulta llamativo que estas restricciones solo se apliquen a unos, mientras otros compiten envueltos en banderas y aplausos, incluso cuando representan proyectos políticos o estados implicados en conflictos graves. La vara de medir no es la misma para todos.
El deporte debería ser un espacio neutral, donde el mérito y el esfuerzo estén por encima de pasaportes e ideologías. Lo ocurrido en Budapest demuestra que, para algunos organizadores europeos, eso ya no importa.
Ksenia Ustinova ganó limpiamente. Lo demás es miedo, hipocresía y derrota moral.






























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