Alrededor de un viejo árbol.
«…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando».
«A un río llamaban Carlos», y a un árbol llaman Felisa. Felisa Barragán Moreno, por más señas.
A orillas del Charles River se sentó el poeta un día para reflexionar sobre su propio destino y el sentido de la vida. Indagó acerca de los mil reflejos del agua: sobre el «reflejo absoluto» que da pie a las religiones y es alfa y omega de la Teosofía.
Se preguntaba Dámaso Alonso por lo que para otro individuo cualquiera sería un contrasentido, «si acaso su sonreír es sólo eso: una boca amarga que besa».
* * *
En la tarde de ayer un grupo de amigos se sentaba alrededor de un árbol caído, uno de esos robles centenarios, que en su día anidara estrellas y cobijara entre sus ramas mil y una armonías.
En la luminosa hora de «la despedida» («mors» en su expresión latina) salían a flote los dulces recuerdos, el amor (la «no- muerte» según la etimología), a la luz de los momentos vividos.
Se congratulaba el oficiante de la nutrida asistencia al acto y, por si acaso el amor es sólo eso, «una boca amarga que besa», las palabras de una encantadora joven se deslizaron por el aire en suave gesto, con una sonrisa que cantaba las excelencias de un roble que había sido todo un mundo para su familia, » la abuela, la maestra, la madre, la cajita de los sueños…», según dijo, y así en breve trazo dejó esbozada la escena que motivó su sonrisa: una abuelita feliz que bailaba al son de la música con un cigarrillo entre los dedos.
En tan peculiar sintonía se conmovían las ramas que en su día fueron brotes, hasta tocar la historia con la yema de los dedos ( que en comparación con ésta, la otra es un relato de tebeo).
Allí los Pozo, los Sújar, los Carvajal, y los allí presentes, en silencioso homenaje elevaban sus preces al cielo.
Fuera, en tono vociferante, la ciudad gritaba a los cuatro vientos las ventajas del progreso, en estridente graznido de alas sin raíces, de ayes sin sentido, y agónicos motores copleros de Mamón, el dios del dinero.
Lejos de su patria chica un andaluz universal, cantor del burrito «Platero», preparaba las maletas para un viaje definitivo que a todos pone su plazo:
…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando:
Y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco…
Joaquín Rayego Gutiérrez
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