Hay personas que llevan el corazón en una maleta. Personas que entienden que viajar no es solo cambiar de lugar, sino regalar ilusión, descanso y cultura a quienes más lo necesitan. En Peñarroya-Pueblonuevo, ese corazón tuvo —y tiene— rostro de mujer.
Hablamos de Antonia Calderón, conocida cariñosamente por todos como “Pimpolla”, una mujer emprendedora, independiente, luchadora y trabajadora, pero sobre todo servicial. Una de esas personas imprescindibles que, sin hacer ruido, han conseguido que generaciones enteras de vecinos salieran de la rutina diaria y descubrieran que el mundo estaba ahí, esperando.
En este domingo de finales de enero, nos detenemos para rendir homenaje a una gran mujer. A una buena esposa, extraordinaria madre y abuela tierna y cariñosa. Pero también a una pionera que convirtió el viaje en un acto social, cultural y humano para todo un pueblo y para la comarca del Guadiato.
Antonia Calderón Sánchez nació en Peñarroya-Pueblonuevo, en el seno de una familia trabajadora. Es hermana de Serafina y Francisco, hija de Francisco Calderón y María Dolores Sánchez. Desde muy joven aprendió el valor del esfuerzo, la constancia y la palabra dada. Quizá por eso nunca necesitó más que su bolso, unos folletos y una convicción firme para iniciar lo que acabaría siendo el oficio de toda una vida.
Hace más de 35 años, cuando organizar viajes en grupo no era ni fácil ni habitual, Antonia comenzó literalmente puerta a puerta. Sin coche, sin recursos y sin más respaldo que su intuición y su capacidad para generar confianza. Llamaba a las casas, explicaba destinos, enseñaba cartelería ya gastada de tanto usarla y, sobre todo, transmitía ilusión. No vendía viajes: vendía tranquilidad.
Primero fue Peñarroya. Más tarde, cuando el trabajo y el tiempo lo exigieron, decidió que nunca era tarde para aprender y se sacó el carné de conducir. Comenzó entonces a recorrer los pueblos de alrededor, ampliando rutas y sumando viajeros. Para muchos vecinos fue su primer viaje lejos de casa; para otros, el inicio de una costumbre que aún recuerdan con una sonrisa.
Antonia organizó trayectos por toda España y por medio mundo, pero siempre regresó a su punto de partida. Hoy vive en la calle La Luna, en el distrito de Pueblonuevo, un nombre casi simbólico para alguien que ha sabido guiar a tantos sin necesidad de focos, iluminando caminos ajenos con discreción.
Casada con Manuel Perál Rodríguez, natural de El Coronil (Sevilla), ha construido una gran familia. Es madre de María Dolores, Antonia, Manuel y Juan Carlos; y abuela orgullosa de Ángela, Rebeca, Ana, Laura, Ainoha, Juan Carlos, Estrella y Juan Luis. Una vida completa, tejida entre maletas, horarios, listas de viajeros y llamadas a última hora para que nadie se quedara atrás.
No pertenece a ninguna asociación, pero pertenece a la memoria colectiva de su pueblo. Antonia representa a una generación de mujeres valientes que se atrevieron cuando no era fácil hacerlo, que levantaron su oficio desde la nada y que dignificaron el trabajo cotidiano sin buscar reconocimiento.
Hoy su legado continúa. Su hija Antonia ha recogido el testigo, manteniendo el servicio, el compromiso y también el apodo: Tony la Pimpolla, cómplice de la felicidad de tantos viajeros que siguen confiando y repitiendo.
Este homenaje no es solo para recordar lo que hizo, sino cómo lo hizo: con cercanía, constancia y una valentía tranquila que aún hoy inspira.
Porque hay personas que dejan huella. Y nuestra amiga y vecina es una de ellas.
Porque no hay mejor viaje que el que está por venir.
Y porque ese viaje, para muchos, empezó —y seguirá— gracias a Antonia Calderón “Pimpolla”.
Desde Infoguadiato, gracias por tantos años de compromiso, dedicación y amor por tu gente.
No cambies nunca, Antonia.
Te queremos mucho.
Te lo mereces.
SERGIO DELGADO CINTAS





























Oigan lo de poner etiquetas a las personas es cuanto menos de muy mala educacion y de una falta de respeto absoluta hacia las personas
Y usted se queda tan tranquilo criticando sin saber siquiera si existe autorización expresa para hacerlo. Juzgar a la ligera, sin conocer el contexto ni el consentimiento de las personas homenajeadas, es cuanto menos precipitado. Aquí no se falta al respeto: se reconoce y se pone en valor una trayectoria conocida y asumida públicamente.