En tiempos relativamente remotos era normal y frecuente que circularan cartitas en cadena que contenían pequeños mensajes que solían plantear escenarios desoladores, atemorizantes o amenazadores, que nos advertían de que algo malo iba a suceder si rompíamos la cadena y no la enviábamos a más gente y nos sometíamos, de alguna manera, a sus deseos. Saben de qué les hablo. Decían algo así como: «Por favor, no rompa esta cadena. En cuanto lea estas líneas, cópielas veinte veces si no quiere afrontar los desastres que pueden sobrevenir a cualquiera que rompiera la cadena».
Pues bien, algo muy parecido a esas cartitas en cadena viene sucediendo en estos tiempos, si bien el papelito escrito a mano ha dejado paso a los mensajes online. Ahora son los wasaps, los pequeños vídeos de TikTok y los mensajes e imágenes de Instagram y otros los que trasladan de una punta a otra del planeta, en pocos segundos, interpretaciones y falsedades para instalar en las mentes de personas teóricamente normales mensajes interesados, en sus objetivos generalmente espúreos.
Una buena parte de ellos tienen a la política como fondo y motivo, y recurren a esta mensajería podrida casi todos los partidos y organizaciones pseudopolíticas disfrazadas con piel de cordero. Crean una especie de cadena, como las famosas cartitas, y esperan, en primer lugar, alimentar a los suyos mediante la técnica del compartir, pero el éxito completo lo obtienen cuando el mensaje llega a las trincheras de los de enfrente esperando su conversión.
El frenético inicio de 2026 le ha hecho abandonar a algunos la moderación o la tibieza ante cualquier escenario de la actualidad que les permita escribir una cartita en cadena a todos nosotros, resaltando lo malos que son unos y advirtiéndonos que estamos equivocados y que lo pagaremos si no arrimamos el ascua a su sardina.
Hoy es la regularización de personas que ya estaban aquí y que pueden favorecer varias cosas a la vez: las humanitarias, las económicas y las sociales; ayer mismo fue su disgusto por el método utilizado para garantizar la subida de las pensiones, dándole toda la importancia a las formas y ninguna al fondo de la cuestión, que no es otro que respetar la ancianidad; otro día es su desacuerdo con Mercosur, que tantas y buenas expectativas puede traernos en los intercambios comerciales y, de paso, escapar de las redes tendidas por Trump, que se pasa por el arco oval el derecho internacional y todo lo que se menea; desde el accidente ferroviario de Adamuz y los rodalies, las cartitas en cadena se suceden a toda velocidad y van desde Huelva a Cataluña pasando por la Almudena madrileña. En fin, cualquier cosa es buena si es susceptible de formar una cadena de advertencias y promesas. Y creo que piensan que la mayoría de los receptores de tales mensajes somos débiles mentales, obtusos, y nos lo creemos todo.
Albergo la esperanza de que no sea así; de que, al igual que sucedía con las cartitas en cadena, acabáramos deduciendo que detrás de tanta mentira y adulteración había mucha maldad. Espero, me gustaría, que también ahora confirmemos que detrás de algunas personas (se dediquen o no a la política) hay un fondo oscuro y maligno que escapa del raciocinio propio de los humanos, insaciable en su ambición por el poder y que no pretende otra cosa que paralizarnos y meter miedo en el cuerpo a los demás. Es la mejor versión del mal que, en el concepto fascista, es un procedimiento necesario que genera orden.
Ayer mismo terminaba Joaquín Guirval su relato semanal en esta emisora con las palabras de Hobbes: «El hombre es un lobo para el hombre». Sé que sobran los motivos para la desesperanza, pero me niego a darle cobertura a tanto pesimismo. Séneca, mucho antes que Hobbes, nos da la receta: «El hombre es cosa sagrada para el hombre», válida también para nuestros días si nos decidimos a contraponer a tanta podredumbre el respeto por los demás, simplemente poniéndonos en su lugar. En definitiva, necesitamos un rayo de luz en esta época de tinieblas para la inteligencia humana.
Enrique Monterroso Madueño





























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