Por Flor Franco
Volvía un día del instituto (a principios de los 2000s), y al encender MTV, apareció el video de “Just Because” de Jane’s Addiction. Fue un golpe a los sentidos: cuatro tipos haciendo ruido, y al frente, un personaje esquelético y andrógino que no se parecía a nada que hubiera visto. Perry Farrell me pareció la vanguardia hecha carne, hasta que en una entrevista declaró que el rap “no era la forma más elevada de hacer música”. Me sonó al colmo de la ironía: el visionario que creó Lollapalooza soltando un juicio tan retrógrado. Ahí entendí que la genialidad no te salva de ser humano.
Jane’s Addiction nació en los 80 y revolucionó la escena con Nothing’s Shocking y Ritual de lo Habitual. No solo vendieron discos: reescribieron las reglas. Pero como tantas veces ocurre, la misma energía que los lanzó al estrellato terminó consumiéndolos. Drogas, egos y tensiones internas hicieron estallar al grupo. Lo que vino después fue una historia de rupturas, reconciliaciones y giras a medio gas que mareó a los fans durante décadas.
En cualquier caso, ese patrón no es exclusivo del rock. Más cerca, Amaia Montero vivió algo parecido desde otro ángulo. Su éxito con La Oreja de Van Gogh fue abrumador: Rosas sonaba hasta en la sopa. Pero la fama tiene dientes y pareció devorarla. Su salida en 2007 no fue solo un cambio de rumbo, sino una huida hacia la autenticidad, un intento de reencontrar a la persona detrás del icono. Desde entonces, su carrera ha sido una montaña rusa de silencios, regresos y una lucha visible por sostener su identidad.
Salvando las diferencias abismales entre uno y otro, Farrell y Amaia representan dos caras del mismo drama: el combate entre el ego y la fragilidad. En uno, la soberbia y el exceso; en la otra, la inseguridad y el miedo a no estar a la altura. Ambos encarnan ese vaivén del “ahora sí, ahora no” de quien intenta seguir siendo alguien mientras el mundo entero observa.
Y quizá el problema no sea solo de ellos, sino nuestro. Esperamos que los artistas sean semidioses permanentes, inmunes al error, al cansancio o al paso del tiempo. Pero tal vez haya que aprender a separar el arte del artista, o al menos admitir que quien escribe canciones brillantes puede tropezar en su vida personal sin que eso borre su talento.
De vez en cuando, sin embargo, el guion ofrece una segunda oportunidad. Jane’s Addiction ha sobrevivido a golpes, egos y disculpas públicas, aferrándose a su nombre y a la música que los hizo eternos. Amaia, por su parte, vuelve a orbitar en torno a La Oreja de Van Gogh, entre el morbo mediático y la nostalgia de una generación.
Tal vez esa sea la lección final: que los ídolos también se rompen, pero siguen resonando. No por ser perfectos, sino porque en sus grietas nos reflejamos todos.





























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