“La vida es solo un rato, aquí solo estamos de paso, dejemos huellas bonitas…”. Así reza el estribillo del cantautor roteño Antoñito Molina en su conocida canción La vida es solo un rato. Y, siguiendo ese espíritu, Pepi Pérez Villar ha dejado una huella profunda: aprendió que cualquier oficio podía fortalecer cuerpo y mente, y que nadie la recordaría con una mala sonrisa en la última despedida de un ser querido.
Hoy la sección de homenajes se detiene en Pepi Pérez, para rendirle un merecido reconocimiento por sus horas de dedicación a los demás y a su pueblo. Ha ejercido de acompañante y guardiana en ese instante delicado en que las personas dejan esta tierra para dirigirse, como solemos decir, a mejor vida.
Buena madre, abuela y amiga. Servicial, confidente, siempre dispuesta a ayudar y a señalar el camino correcto. Sin más apelativos: una gran mujer.
Las mujeres suelen sostener la belleza silenciosa de la noche, desplegando alas que protegen a los suyos. Así ha sido Pepi toda su vida: esas alas la llevaron a conquistar el corazón de su marido, Ángel, de sus hijos, Diana y Ángel, y, sobre todo, a sobrevolar nuestro pueblo para ganarse el cariño y el respeto de todo un municipio. Como diría Antoñito Molina: “Dejemos huellas bonitas”. Y Pepi, sin duda, las está dejando.
En Peñarroya-Pueblonuevo todos conocen a Pepi Pérez Villar, pero pocos saben que su historia, contada despacio, parece una novela humilde y luminosa. Nació en Peñarroya Pueblonuevo, hija de Gregorio y Josefa, y creció en un hogar sencillo donde aprendió dos lecciones que jamás abandonó: trabajar sin descanso y querer sin medida. Con su hermana Mari Paqui compartió risas, secretos y el esfuerzo constante de una familia que avanzaba a base de tesón.
A los quince años vio por primera vez a Ángel en el instituto. Él tenía diecisiete. Lo que empezó como una mirada tímida se convirtió en una vida entera juntos. Y una vida trabajada, de verdad: primero la hamburguesería del Esmavi —sus sándwiches vegetales eran casi leyenda—; luego la churrería; y más tarde el asador de pollos, cuyo aroma aún recuerdan muchos vecinos. Siempre codo con codo, como si cada proyecto fuera una promesa renovada.
Después llegó su destino más inesperado: la funeraria del pueblo. Allí lleva años acompañando a familias en sus días más oscuros. Durante la pandemia su labor fue especialmente dura: mientras otros se encerraban, ella se ponía la mascarilla, respiraba hondo y salía a enfrentar dramas que nunca contaba, pero que pesaban. Su oficio se ha convertido en un acto de humanidad.
Pero Pepi no es solo fuerza: es fiesta, es luz. Amante del carnaval, se transformaba en cualquier personaje con la misma naturalidad con la que se coloca el delantal. Siguió durante años a la comparsa donde cantaba su hijo, y también se dejó la voz en coros rocieros, recorriendo España entre bodas, actuaciones y vivencias que aún la hacen sonreír.
Colabora con asociaciones de animales, cocina como si cada plato fuera una caricia —todos ansían probar sus especialidades— y crea manualidades con una paciencia que sorprende. Madridista fiel, como lo fue su padre, escucha los partidos por la radio aunque el televisor esté encendido, porque así —dice— los vive de verdad.
Su círculo la adora. En cualquier evento es chispa: alegre, generosa, siempre con una sonrisa dispuesta a sostener a quien lo necesite. Y cuando habla de sus hijos, Diana y Ángel, o de su nieto Fabio, se le ilumina la mirada de una mujer que ha dado todo y sigue dando.
Este homenaje novelado no pretende engrandecerla: basta con contarla tal como es. Pepi no necesita adornos; su vida ya es una historia hermosa, hecha de trabajo, afecto y una forma muy suya de estar en el mundo: fuerte, alegre, necesaria.
En los actos solidarios de la vida radica la fortaleza de Pepi, fiel reflejo de que en la sencillez reside la ternura de su persona. De orígenes humildes, nunca le faltó un buen gesto ni una sonrisa, porque siempre ha dado lo mejor de sí.
Hoy viernes el homenaje se extiende también a su admirable familia. Desde los amigos y compañeros de su marido en Infoguadiato queremos regalarle, antes de las fechas navideñas, este relato novelado de su vida, tan fascinante como emotiva.
“El amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males”, escribió Leonard Cohen. Y si a ese amor se le suma la ternura y la felicidad, obtenemos el remedio con el que Pepi Pérez Villar ha aliviado tantos males, siempre con esfuerzo y dedicación.
Nos rendimos hoy a su figura, tributándole este merecido homenaje, afectuoso y respetuoso.
Gracias, Pepi.
Por hacer que el último viaje de nuestros seres queridos sea un poco más llevadero con tu mano al lado.
Te queremos mucho.
Te lo mereces.
SERGIO DELGADO CINTAS






























Me he emocionado mucho con vuestro escrito, gracias a todos. Pepi