Si me preguntas por jazz, a mi mente vienen tres nombres. Hay más, pero soy esquemática y necesito unos pocos vértices. Son Louis Prima, Louis Armstrong y Miles Davis. No puedo ser objetiva: tengo un favoritismo claro y añejo por Prima.
Los visualizo como un triángulo; entre las bases y los lados están músicos, discos, escenas, épocas. Podría también compararlo con una especie de Diagrama de Venn: círculos que se contienen y que, al solaparse, crean espacios nuevos. Así entiendo el jazz.
Prima es el vértice de la fiesta, pero no solo eso. Trompetista, cantante y maestro del swing, entendía la música como espectáculo total, y detrás de esa aparente ligereza había un músico extraordinario, con oído impecable para el ritmo y una voz que convertía cualquier frase en un guiño. Hizo del humor su seña de identidad sin renunciar a la calidad: su swing era limpio, preciso, contagioso. Encarnaba un jazz desinhibido, sin pretensiones académicas, hecho para disfrutar y bailar, pero ejecutado con un oficio que pocos igualan.
Armstrong es el vértice de la revolución. Su trompeta, su instinto para la improvisación y su forma de cantar abrieron caminos nuevos para la música del siglo XX y elevaron el jazz a categoría artística compleja y universal. Me tomaré la libertad de decir que cambió la historia del género.
Davis es el vértice de la mutación. Atravesó todos los polos y cambió de piel cada vez que el jazz parecía acomodarse. Su trompeta y su oído para rodearse de cómplices excepcionales le permitieron pasar de varios subgéneros sin perder personalidad. Davis reescribió varias veces la historia del jazz.
Poco tiene que ver el genio de Armstrong o la mutabilidad de Davis con la soltura festiva de Prima. Y, sin embargo, el jazz ha necesitado los tres vértices: la fiesta sin complejos, la excelencia que rompe moldes y la capacidad de reinventarse. Los tres aportaron su sonido y su manera de estar en escena.
Ese triángulo no funciona como un mapa cerrado ni como un sistema de etiquetas. Es más bien una forma de escuchar tres tensiones que atraviesan el género. Por eso, cuando cada otoño Andalucía se llena de jazz, lo que aparece no es una sola escuela, sino una escena donde esas fuerzas se cruzan y se solapan. QurtubaJazz en Córdoba propone a Vladimir Torres Quinteto, Tarquim y los Metales Preciosos, Andrea Motis y la Rücker Big Band Córdoba. Granada toma el testigo y, hasta el 7 de noviembre, pasa por el Isabel la Católica con Tomoki Sanders, Kyle Eastwood, Dana Masters y Jumaane Smith. Almerijazz, del 1 al 8 de noviembre, convoca a Tomatito y a Leonor Watling junto a Leo Sidran (¿soy la única que aún recuerda a Marlango?). Málaga reúne a Mario Biondi, Alfa Mist, Kurt Rosenwinkel y Michel Camilo, y Sevilla propone un recorrido que va del homenaje a Miles Davis al encuentro entre jazz y flamenco.
No hace falta adivinar qué vértice ocupa cada nombre. Basta con escuchar cómo la programación mezcla figuras consagradas, artistas actuales y músicos en busca de nuevos lenguajes. Esa convivencia es la mejor prueba de que el jazz conserva su historia sin vivir de la nostalgia: se mezcla con otros sonidos, cambia de formato y encuentra nuevas formas de llegar al público sin perder lo esencial —improvisación, escucha y valor de la interpretación en directo—.
Tanto si se conoce a fondo a Armstrong, Davis o Prima como si uno llega por primera vez atraído por un concierto, vale la pena agendar un par de estas actuaciones para disfrutar un poco de buena música. Hay propuesta variada: la que sorprende, la que emociona o la que hace que muevas los pies, lo demás, como en las buenas improvisaciones, irá surgiendo sobre la marcha.
Flor Franco





























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