Cuando el frío me llegue y no sepa adónde ir, no temeré la noche. Cuando el calor sofocante se impregne en los poros de mi piel y sude toda mi ropa, no temeré la noche. Con sus días buenos y malos, y con noches en busca de un refugio mejor que un hogar puede dar.
Para un enfermo mental, despedir a alguien como es una madre es algo sagrado. Una importante parte de mi vida se iría la madrugada del 5 de mayo de 2025, en la cual mi madre, en medio de la noche, buscó refugio en el paraíso, donde el Señor le encontraría el mejor acomodo.
Los cinco meses y dos días que pasaría en la Fundación Residencia de Mayores Santa Bárbara fueron los más felices, como los más fugaces, de mi madre. El buscar el calor de los suyos y sentirse querida, y saber que se va a morir, tiene algo de mística y de liturgia, con el consiguiente grado de aceptación de que no hay más remedio que saber perder en la medida de que dejarás una gran huella en los que te hemos querido.
Me retraigo a las Navidades del 2024 en el Hospital Provincial del Reina Sofía de Córdoba, un lugar y una zona, la de oncología, donde le ponían rostro a esos y esas valientes como mi madre. Un 12 de diciembre de 2024 fuimos a que le hiciesen una biopsia del tumor que tenía en la columna y acabaría por estar casi un mes, salvo el día previo y posterior de Nochebuena, que lo acabaría pasando en casa, hasta el día 7 de enero de 2025, que lo acabaríamos pasando en el Hospital Provincial.
Momentos llenos de angustias y desesperación. Me vi envuelto en una saturación y perversión de mi mente, que no me quedaba otra que aceptar la realidad y conectar mi mente con las cosas buenas que viviría con mi madre hasta su fallecimiento, y al que creía que jamás estaría preparado.
Justo a tiempo, supe que mi madre estaría sufriendo y maldiciendo el por qué se tenía que ir de este mundo de esta forma, y el no tener que preocuparme por mi estado de salud mental me hizo llevar mejor la atención y el cuidado a mi madre, al que siempre le estaré agradecido de darme la oportunidad de traerme al mundo.
Mientras las luces se apagaron en su ser, casi un año ya, su luz brilla por toda la casa y se hace más fácil llevar una vida tan ajetreada como la mía, recordándola de la mejor manera, con la sonrisa en su boca como mi madre se fue, digna de la felicidad en la que se fue rodeada por aquellos instantes de mi tía Rosario, mi hermano Christian y yo.
Hicimos de este final un bonito encuentro tanto con la vida y la muerte de mi madre, al que, al encajar su triste partida, fuimos conscientes del inmenso regalo que fue tenerla durante todo este tiempo con nosotros.
Comprendí que a la vida se viene también a pasar malos momentos, y en mi caso, para un enfermo mental, el tener que estar siempre en la retaguardia ante una posible recaída se interpuso a mis ganas de seguir combatiendo ante mis miedos y esos ciertos peligros de sentir esos momentos de delicadeza donde la fragilidad mental hace acto de presencia.
Pero anduve en un camino donde los guerreros suelen estar: entre la fortaleza y la voluntad para estar siempre dispuesto a levantarse tras las caídas.
En ese maremoto de los ojos rotos de mi madre por la desolación y la desesperación por los dolores que le acuciaban a sus piernas y columna, la hicieron para mí una heroína. Porque supo darme las suficientes fuerzas para no dejar de amarla y la consiguiente afinidad de idolatrarla a la vida y a ella.
En el juego perverso entre la vida y la muerte, a fin de cuentas nos la jugamos todo a una sola carta, en la cual la partida está preparada para saber el principio con qué cartas juegas, pero no sabe que el destino de la partida está hecho para que pierdas la partida en cualquier momento, dejándolo todo abandonado a su suerte, y con la conocedora base de la carta mágica: la de la resignación.
Esa carta, la de la resignación, le fue proclamada a mi madre, donde la salvación estaba destinada al cielo, donde pasaría a estar entre querubines y personas que antes habían realizado el mismo viaje.
Un viaje que, más tarde o más temprano, tenemos que hacer todos nosotros, y a los cuales tuvimos la suerte de conocer en vida, ahora mismo gozan de la plenitud y de la liberación que no tenían aquí en la tierra.
Catalogar la vida como un sueño puede ser real. La vida de un enfermo mental como yo es aterradora algunas veces, roza lo catastrófico y lo estrambótico, pero acusar a la enfermedad mental de que no se puede ser feliz es un hachazo para ciertas personas como yo, que le están muy agradecidas a la vida.
La muerte de mi madre no se produjo porque sí, sino porque tenía que suceder. Y comprender que la muerte forma parte de la vida es llegar a comprender también que la vida son dos caminos: el de caminar solos y acompañados. Y yo estoy preparado para emprender solo o acompañado mi viaje por este mundo, al que seguro mi madre se sentirá muy orgullosa de mí en el sitio donde esté ahora mismo, que seguro me estará guiando y protegiendo para hacer cosas tan valientes como contar mi vida de forma novelada como enfermo mental, y una de ellas es esta: la de narrar una cosa tan triste y tan amarga como la marcha de un ser querido.
Todavía no me ha dado tiempo para llevar el duelo a mi manera, pero sé que a ella le gustaría que yo siguiera haciendo las cosas que hago todos los días. El ver cómo yo me desarrollo como persona y voy creciendo en valores entre la sociedad, como llegar a alcanzar todas mis metas de forma honorable y sencilla.
A mi manera, le di lo mejor que pude dar a mi madre. Jamás la dejé sola, siempre estuve con ella en sus malos momentos, incluso un mes antes de su muerte, que estuvo ingresada en el Hospital Comarcal del Valle del Guadiato en Peñarroya-Pueblonuevo por motivos de la glucosa.
Fue mi madre una auténtica guerrera hasta el final. Al fin y al cabo, su pérdida supuso un auténtico mazazo, teniendo todavía muchos años por delante, pero la muerte te dice ven, y el cielo se te abre, como le sucedería a mi madre al abrirse de par en par.
Hablar en este penúltimo capítulo sobre la muerte de mi madre me ha supuesto una liberación, un estado de saber que su pérdida no fue una marcha más, sino un dolor profundo y sanador para saber que siempre estará ahí de cualquier forma para ayudarme y quererme como siempre me ha querido, y yo también la he querido hasta el final de sus días.
Esto no es el final, es el comienzo de que cada día que pase será un día menos para volverla a ver.
Esperando a que llegue ese día, me queda el consuelo de su recuerdo, y eso es eterno y valedor de que siempre estará presente en mi vida, y de que formó parte del cuidado de mi mente mientras estuvo con vida.
Hoy no me queda más agallas que mantenerme en pie y con la mente puesta en que todos los días me serán bonitos y felices, y eso será gracias al poder espiritual y emocional de mi madre.
Para un enfermo mental, la familia, pero sobre todo una madre, es el todo para que nuestras mentes estén tranquilas y relajadas, para que cuando lleguen nuestras turbulencias mentales, estar siempre a salvo con las caricias y protección de un ser querido, y esas caricias y protección vienen de una madre, valen el doble para que nuestras mentes estén perfectas.
Este decimocuarto capítulo está a punto de terminar. Estamos a un capítulo de terminar este serial que constará de quince capítulos, siendo el decimoquinto y, por ende, el capítulo final la semana próxima.
Han sido testigos de mi evolución en estos más de tres meses, como he narrado de forma amena y dulce mi vida como enfermo mental. Pero lo que me produce más orgullo es el de haber podido ayudar a alguien contando mi vida con mi enfermedad mental, y poder haber servido de ayuda.
Para poner punto y final a este capítulo, no es más importante escribir la coletilla final, al que seguro ya la sabéis, querido y querida lector y lectora de Infoguadiato:
“LA SALUD MENTAL ES COSA DE TODOS”.
Por lo tanto, decidí encauzar mi vida por la vereda de mi estabilidad emocional.
Con mis mejores deseos, allá donde estés.
Te dedico este capítulo, mamá, para tenerte siempre presente.
Te quiero mucho.
Besos al cielo.
SERGIO DELGADO CINTAS





























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