De nuevo, una semana más, narrando mi historia como enfermo mental en este diario publicado cada viernes en exclusiva para los lectores y lectoras de InfoGuadiato.
En la primera entrega me quedé en el año 2001, año en el que estaba cursando 4.º de ESO en el IES Alto Guadiato. Pero antes, en ese intervalo comprendido entre los años 1997 y 2001, fueron cuatro años que dieron título a un libro en forma de diario que titulé Four Years Thinking Always The Same, traducido al español como 4 años pensando siempre lo mismo.
Lo titulé así porque fueron cuatro años pensando siempre en hacer mucho deporte y en alcanzar una delgadez perfecta para que mi mente se sintiera satisfecha. En esos cuatro años me alejé de mis amigos de siempre y de mi familia.
En una fase embrionaria que empezó a emerger en el verano del año 2000, cuando decidí practicar atletismo, vi en ese deporte la excusa perfecta para hacer ejercicio y, a la vez, adelgazar. Engañé a muchas personas, pero también me di cuenta de que ese deporte me lo dio todo.
En la pista de atletismo y por las picazas, como campo a través, me fui forjando como un buen atleta, pero con la mente enferma y anoréxica. Empecé a medir las comidas y a comer sano; ello me llevó a bajar muchísimo de peso. Me pesaba en las farmacias y en una báscula que tenía mi tía Rosario en el cuarto de baño de su casa.
No me daba cuenta del daño real que le estaba haciendo a mi cuerpo y a mi mente, así como a mi familia. En el año 1998, en la feria de Peñarroya-Pueblonuevo, fue mi primer contacto con una chica, pero fue tal la vergüenza y el ocultamiento de mi enfermedad ante ella que dio el paso de dejarme. Yo no le hacía caso, solo pensaba en mí y en hacer deporte a destajo para sentirme bien. Por aquel entonces mi mente no pensaba en chicas.
En el año 2001 me la estaba jugando no solo con mi salud, sino también con mis estudios. Iba muy bien el curso y sacaba buenas notas, salvo Matemáticas, que me quedó en el segundo trimestre. Al llegar el tercer trimestre todo iba bien, pero el 25 de abril de 2001 ingresé en el Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba.
Los especialistas —psicólogos, psiquiatras y el endocrino— me lo iban advirtiendo tras pesarme en sus consultas. Pero el miércoles 24 de abril de 2001 me anunciaron la terrible noticia de que al día siguiente debía ingresar en el hospital. Mis padres lo aceptaron bien, pero para mí fue como el libro de Gabriel García Márquez Crónica de una muerte anunciada, que leí ese mismo año. Veía cómo mi vida no tenía otra solución que pasar varios meses entre las paredes de un hospital, paredes a las que yo mismo hablaba en solemnes soliloquios.
Aquel jueves 25 de abril ingresé en el Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba. Estaba en la planta de cirugía, en la tercera planta. Allí, en unas habitaciones habilitadas para personas con problemas mentales, yo ocupaba una habitación solo, y en la de al lado había una chica llamada Estíbaliz.
Los primeros días fueron infernales. Todavía no había cámaras en las habitaciones, pero pasaban constantemente a ver qué hacíamos. Yo hacía flexiones y abdominales en el suelo, usando la almohada de la cama para no perder la forma, lo que me provocó unas marcas en la espalda y finalmente se dieron cuenta.
Durante el periodo que estuve ingresado, hasta finales de junio, conocí durante un corto espacio de tiempo a esa chica de la habitación de al lado, de un pueblo de la campiña cordobesa. Tenía una sonda por la nariz que le suministraba la comida que ella rechazaba por la incipiente anorexia que afloraba en su cuerpo débil. Sus padres decidieron llevársela del hospital rumbo al norte, a Bilbao, de donde procedían. Todo lo demás entre ella y yo se queda para siempre en nuestras vidas: aquellas conversaciones confidenciales, el amor que nos teníamos, a pesar de que yo era cuatro años mayor que ella. El destino quiso que tomáramos caminos separados para siempre, pero no pierdo la esperanza de poder verla algún día. No quiero morirme sin verla de nuevo, ni a ella ni a la primera chica que conocí en la feria de 1998, con la que también tuve que romper.
Sirva este diario semanal para descubrir el porqué de las cosas, sin ocultar nada. Y si no fueran pocas las mujeres que conocí en mi vida, apareció otra chica cursando Bachillerato en el IES Florencio Pintado: ella en Ciencias y yo en Letras. Si hablasen las paredes del hospital y de mi vida, con el corazón en la mano, he sido un chico muy cobarde y no he querido mostrar mis sentimientos a las chicas ni a las mujeres.
Conocí también a una chica de un pueblo del Alto Guadiato. Tal vez apareció para ofrecerme su amistad o tal vez porque le gustaba; no sé el motivo de aquel encuentro. Lo mismo apareció que desapareció de un plumazo en mi vida, en la feria de su pueblo en el año 2003, marchándose a estudiar a Sevilla. Tal vez fue el destino, o quizá tampoco era para mí.
No guardo rencor a ninguna de ellas. Quizá el máximo culpable sea yo. El culmen llegaría con mi segundo ingreso en el Hospital Universitario Reina Sofía al año siguiente del primero, aunque esta vez la estancia sería más corta.
La intriga de este segundo capítulo se va a desvelar a continuación. En una noche de finales de mayo de 2002, tras terminar su jornada el endocrino Alfonso Carlos Calañas Continente, el doctor se detuvo a hablar con mi madre —que en paz descanse— y conmigo en la habitación. Era también el año del Mundial de Japón y Corea, que acabaría echando de forma ilegal a España ante Corea, con el árbitro innombrable y aquel centro de Joaquín Sánchez que terminó en gol y jamás subió al marcador. Ese año parecía el nuestro, con José Antonio Camacho como seleccionador.
Tras este chascarrillo futbolero, vuelvo a la conversación con el endocrino. Entre esas cuatro paredes del hospital hablamos de mi vida. Mi madre llevó una foto mía de la primera comunión, y el endocrino me abrió los ojos para siempre. De ahí resurgiría un nuevo Sergio, rumbo a la recuperación y al progreso de la enfermedad mental. Me dijo:
“¿Qué problema hay, Sergio? Tienes que recuperarte y vivir tu vida. El único inconveniente será encontrar pareja el día de mañana en tu pueblo. Ya sabes cómo son los pueblos con la enfermedad que tienes: lo tendrás difícil, pero debes seguir con tu vida y ser feliz”.
Tras esta charla, ya no me importó nada más que mi recuperación. No me avergüenzo de haber sufrido anorexia, ni de padecer actualmente esquizofrenia para toda mi vida. ¿Que mi vida está hecha para vivir solo? Lo tengo más que aceptado. Será el destino. Y el destino también dirá si me dará tiempo a conocer a una mujer que merezca la pena y con la que compartir mi vida.
Estoy dispuesto a todo. Y, sobre todo, tras aceptar que tengo una enfermedad mental para siempre, soy más feliz y más seguro de que mi vida va por el buen camino. Todo lo demás es futuro y azar.
Para el tercer capítulo de la próxima semana llegarán los años más duros de mi vida, aquellos en los que estuve con una gran depresión y sin salir de casa, hasta que volví de nuevo a los estudios tras fracasar en Bachillerato por mi estado de salud.
De todo se aprende, pero sobre todo de las peores situaciones se sacan las mejores conclusiones.
Y como digo yo: “Mi pasión es vivir”.
Despidiéndome con la coletilla para cerrar este segundo capítulo:
“LA SALUD MENTAL ES COSA DE TODOS”
Mientras tanto, siguen hablando las paredes de mi vida en este diario semanal de un enfermo mental, paredes que hablan hacia el futuro y que buscan abrir conciencias para que los enfermos mentales no sean estigmatizados por la sociedad.
Hablando de mi caso particular, yo nunca he estado estigmatizado ni por la sociedad ni por mi pueblo.
Será el destino… qué sé yo.
SERGIO DELGADO CINTAS





























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