Doctores tiene la ciencia, como se suele decir, pero son numerosos los dolores que sufren todos los españoles. Dolores que causan incluso enfermedades emocionales y mentales. Esa conjunción de ambos males entra en batalla dentro de casi cincuenta millones de hispanos.
Y entre sombras y penumbras, acariciando el árbol y la manzana, completamente desnudos entramos a consulta con nuestros galenos.
Sin más remedio para esta cura que el mal de altura, nos dirigen hacia tiempos recios, como tituló uno de sus libros el tristemente fallecido Mario Vargas Llosa, abanderado de los mandaríndatos, que incluso llegó a luchar por su Perú natal. Al final, su célebre frase: “Se jodió el Perú” marcó el final del siglo XX.
Pasamos consulta y nos quejamos de que son pocas las certezas y muchas las lindezas que se lanzan al linchar nuestra sanidad pública. Pero entre hitos operatorios, injertos y trasplantes, queda claro que nuestra sanidad goza —al menos técnicamente— de buena salud.
Lo que ocurre es que, en pueblos rurales y recónditos, los profesionales sanitarios no llegan o escasean. Esto no significa que su labor no sea eficiente y segura, sino que simplemente no están donde se les necesita.
Y si a eso le sumamos la escasez de especialistas en salud mental, veremos que esos lugares no resultan atractivos para ellos. Terminan marchándose a sitios más cómodos, más placenteros, más cerca de su núcleo familiar.
El diagnóstico del enfermo es evidente: los pacientes españoles quieren ser atendidos, quieren ser escuchados. Y sólo hay una cura posible: la de la solvencia.
Esa solvencia me suena a música ya repetida. La cantinela y el ritmo son los mismos. Y hablo del ritmo cardíaco.
Y antes de que me pongan el marcapasos, hago un llamamiento a Hipócrates para que dé con el tratamiento adecuado para sobrellevar esta enfermedad crónica y anímica, que no es otra que la necesidad de ser felices. A pesar de que cada vez estamos más enfermos, no por el cuerpo, sino por no ser felices… aunque, a veces, esa felicidad sea impostada y forzada.
El doctor diagnostica, y tú decides si seguir el tratamiento… o no. El tratamiento de ser feliz.
Dígame, Doctor…
¿Soy feliz?
Por supuesto que sí.
ME EXPRESO CON MI DOCTOR DE REFERENCIA
¿Y tú, te expresas?
¿A qué esperas para leer esta nueva cápsula emocional en exclusiva para los lectores y lectoras de InfoGuadiato?
Sergio Delgado Cintas





























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