Es un lujo leer todos los domingos la columna de Manuel Vicent en El País. Personalmente, la espero impaciente los fines de semana. Y es lo primero que leo y releo. Sus columnas son breves, elegantes, intensas. No tienen desperdicio y ejemplarizan no sólo la mejor literatura, sino el mejor análisis de la realidad española. La de esta semana, por ejemplo, que titula “¿A dónde agarrarse?”, es un ejemplo de lo que digo.
Refiere en ella Manuel Vicent que, en los diferentes corrillos de este país —ya sean tertulias o pseudodebates, televisados o radiados—, se suele hablar de la política española en unos términos escatológicos, como si este país fuera una alcantarilla donde las tripas andan revueltas de azmizcles y detritus de los que piensan diferente que nosotros. De tal forma que estos voceros parecen ser, en realidad, poceros que chapotean en el albañal y el fango, al tiempo que parecen disfrutar de estar tan cabreados.
En este país, aquí y ahora, es frecuente asistir un día sí y otro también a una especie de competición para ver quién ahonda más en la degradación en que, al parecer, estamos sumidos. Que si las grumosas memorias del exrey Juan Carlos, que si el enredo judicial del fiscal general del Estado, que si las furcias de Koldo, que si el novio de Ayuso, que si el misterio de El Ventorro, que si los “cánceres caducos” de Bonilla, y un largo etcétera.
En este país el apocalipsis se ha vuelto conversación de sobremesa. No sólo en la política o en los templos del poder, llamadas redes; también en las terrazas, donde, entre sorbo y sorbo, se repite que todo va mal, aunque el sol siga saliendo con puntualidad y el bronceado del verano se mantenga. Se habla del desastre con tono grave, casi ceremonioso, como si anunciar el fin otorgara cierta autoridad.
El pesimismo se ha convertido en un signo de distinción. La oposición lo agita con rabia y con consignas, las élites lo celebran copa en mano, y muchos lo repiten como un credo que les exime de hacer nada. Criticar sin mover el culo es, para algunos, un deporte y un arte nacional.
Y, sin embargo, bajo tanto lamento, la vida continúa: se trabaja, se inventa, se resiste. Nada heroico, pero real.
“¿Dónde agarrarse, entonces?”, se plantea Vicent. Quizá en esa normalidad obstinada que no sale en los titulares. Porque, mientras unos se empeñan en anunciar el hundimiento, otros —sin aspavientos— simplemente intentamos seguir a flote.
Recomienda Vicent recurrir al salvavidas de la Cultura como método para sobrevivir, un asa a la que agarrarse, pero —añado yo— los salvavidas no sólo están en el ámbito de la cultura y de la ciencia, sino en todos aquellos seres humanos que se resisten a diario a ser confundidos con los patriotas de tres al cuarto.
Cuando contemplamos la pobreza intelectual y la miseria moral de algunos políticos nacionales y de agoreros de plumilla, obsesionados ellos con hacer zozobrar esta barquita llamada democracia, deberíamos tener bien presente que todo tiene su medida. Cuidado con ser tan autodestructivos, porque quemarlo todo y decir que ya nada sirve no soluciona nada y solo empeora las cosas. En la vida personal, la autocrítica excesiva solo nos destruye más, y en la vida colectiva verlo todo mal solo trae más angustia y desesperación.
A nuestra democracia, sin duda mejorable, hay que exigirle que pare los excesos y acabe con la precariedad en ámbitos tan sensibles como el trabajo, la cesta de la compra o la dificultad de disponer de un techo. Pero a la democracia también hay que cuidarla y valorarla. A todo lo que tiene de bueno también hay que prestarle atención, no vaya a ser que mañana sea tarde y se nos vaya por el albañal.
Atentos.






























0 comentarios