Por Don Gustavo
Esta mañana, como cada día, salí a estirar las piernas por nuestra querida localidad, en busca de aire fresco y quizá, con suerte, alguna señal de cordura administrativa. Pero hoy he regresado con más calor del habitual, y no solo por el sol que cae a plomo, sino por el bochorno que provocan ciertas escenas que uno presencia sin querer.
Comencé mi paseo por el Polígono Los Pinos, donde la dejadez se ha vuelto norma. Allí, entre contenedores rebosantes y restos de muebles abandonados, se libra una batalla perdida entre civismo y desidia. Los vecinos, sin pudor alguno, han hecho del abandono de enseres una costumbre, pero más grave aún es el silencio del equipo de gobierno municipal, que parece no enterarse —o peor, no interesarse— por lo que sucede en los márgenes de la ciudad. No hay control, ni vigilancia, ni campañas de concienciación. La imagen que damos es la de un pueblo sin pulso, donde cada quien hace lo que quiere mientras el Ayuntamiento mira hacia otro lado.

Más adelante, al pasar por la estación de autobuses, me topé con una escena de las que uno esperaría evitar en plena canícula: una discusión acalorada entre la concejala de festejos y un grupo de feriantes. Se acusaban mutuamente por el caos en la organización de las fiestas. Los feriantes, con razón, se quejaban por la ubicación de la caseta joven —al termino de las atracciones— y por un calendario caprichoso que sitúa el «día del niño» justo antes de que la feria arranque oficialmente. ¿Resultado? Amenazan con no abrir. ¿Y quién paga los platos rotos? Los niños, claro. Don Gustavo solo puede pedir sentido común: que se sienten, que hablen, y que trabajen por el pueblo, no por el ego.

Por último, en mi recorrido, pasé por la calle Progreso del Cerro y me encontré con algo que me revolvió el estómago más que el calor: un cartel de juventudes falangistas pegado a un contenedor. ¿En serio? ¿Hemos llegado a este punto? ¿Nadie vigila, nadie limpia, nadie se indigna? El pasado, cuando se disfraza de ideología rancia y se pega como propaganda, deja de ser memoria y se convierte en amenaza. Esto no puede ser normalizado.

Hoy he vuelto de mi paseo sin sonrisa, pero con una certeza: el abandono, la improvisación y la tolerancia hacia lo inaceptable están ganando terreno. Don Gustavo seguirá paseando, sí, pero también alzando la voz. Porque el silencio, amigos, también ensucia.





























Don Gustabo que razón tiene pobre pueblo cuatro gandules llebandose los sudores de muchos no trabajando de pena los enchufados del pueblo y tienen lo que botan entre ROJILLOS Y FACHAS anda el juego
Llevándose
Gustavo y no Gustabo ,los que votan y no lo que botan, no trabajando de pena se dice trabajando de alegría Hombre aprenda a escribir hombre que ya es mayorcito