Muchos de nosotros hemos sentido el síndrome del nido vacío… unas veces obligado, otras veces autoimpuesto. Ese vacío, ese llorar por las noches, ese “cómo estará”, ese “necesito una llamada”, ese “necesito un WhatsApp” … no siempre se recibe a tiempo, o quizá no lo abran. Tenemos que aprender a despedirnos de los hijos, a respetar sus tiempos, a respetar sus conversaciones, a respetar un no, a respetar que no te hablen. Hace mucho tiempo escuché que los hijos son hijos de la vida y no lo entendí… hoy, con el paso de los años y una dura experiencia, la vida me lo ha enseñado. Respeto y humildad: humildad para pedir perdón a tiempo, humildad para no hablar, humildad para llevar otros zapatos, para mirar con otras gafas la vida de los demás. Fácil, para nada. He sentido abandono; quiero que me conteste quien no lo hace, quiero sentir un abrazo… de eso estamos faltos: de abrazar.
Hoy me acerco a estas páginas para pedir perdón a los que no están, a los cercanos, a los lejanos, a quien me quiere y quien ya no me quiere, a quien hice la vida difícil y a quien un día me la hizo a mí… eso ya no hay que recordarlo.
Qué fácil es decir eso de “ponte en mis zapatos”, y hay buena intención, pero qué duro es a la vez. Quizá quieren decirte algo bueno, pero abren heridas que nunca van a cerrar. Es duro caminar con un estigma, seguir alzando la cara cuando tu mochila pesa, cuando sabes que tus zapatos otro quizás no los pueda llevar. Cuántas mañanas amanezco y le pido a Dios eso: invisibilidad. La vida me ha enseñado respeto. Soy, a la vez, un casi todo o nada… casi madre, casi amiga, casi esposa, casi hija, casi artista, casi hermana, casi lista, casi… Por eso se me conoce por ser hija, hermana, amiga, madre… pero no por mí misma, no por mis logros, mis aficiones, mis sueños, por ser algo más. Ahora la vida me ha enseñado a luchar, a expresar, a dejar mi yo a un lado, a escuchar a los demás.
Marta Cascado García






























0 comentarios