Juan Ramírez (Mérida, junio de 1959) fue —y es— otro de esos casos que, por desgracia, se repiten en el flamenco: muy conocido entre los artistas y menos entre el gran público. Giraldillo en Sevilla (1982) y Premio Nacional en Córdoba, Pastora Imperio (1986).
Baile gitano, gitano de verdad. Sin copias ni imitaciones, sin aspavientos ni gimnasia, sin adulterar nada. Dos letras, cierre… y ahí iban sus pies. Dios mío, qué velocidad. Brazos arriba, baile masculino con pañuelo al cuello, melena caló… y otra vez los pies: una auténtica metralleta, señores.
Un día, nuestro santo santísimo Paco de Lucía le echó el ojo y se lo llevó a sus giras. Quien haya visto las escalas vertiginosas de Paco puede imaginar a Juan haciéndolas con el taconeo. Palabra: jamás se ha visto nada igual ni parecido. Cuando la velocidad llegaba al máximo… Juan se pasaba del máximo y el respetable enloquecía. Yo, entre ellos.
Pero sería injusto recordarlo solo por eso. Insisto: baile gitano, gitano de verdad. Lástima que ese estilo tan puro se haya ido perdiendo entre estilismos, contemporáneo y demás. Aun así, el baile flamenco vive una gran ebullición y no podemos quejarnos: Israel Galván, Farruquito, Yerbabuena, Sara Baras… llenan auditorios en todo el mundo, sin olvidar a Canales y Cortés.
Juan Ramírez era más… digamos, Farruco abuelo. Vivió entre Alicante y Madrid, donde impartía clases con solvencia. Tocaba la guitarra y cantaba, y nos daba miedo a los que vivíamos de eso. Una vez, nuestro Pele le dijo en Córdoba:
—Juanillooo, eres más rápido que Billy el Niño.
Y Juan, riéndose, — Más corría.
Se nos ha ido demasiado pronto, a los 66 años.
Descansa, Juan. Llévate mi abrazo grande y el de toda la afición flamenca.
Te queremos siempre.
José Manuel Hierro






























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