El sentido de la vida no siempre se encuentra en lo extraordinario, sino en el esfuerzo diario, en la voluntad de ocupar el tiempo en aquello que nos hace mejores y, sin pretenderlo, útiles a los demás. Es ahí donde se revela la belleza de una vida bien vivida, cuando el tiempo invertido deja huella, aunque sea desde la discreción.
Nacer, crecer y morir. Tres palabras que resumen el recorrido humano. Entre el inicio y el final se despliega lo verdaderamente importante: la familia, el trabajo honrado, la amistad y el compromiso con los demás. Cuando todo eso se ha construido desde el amor y la coherencia, puede decirse —sin exagerar— que se ha tocado el cielo con las manos.
Hoy domingo hemos creído conveniente rendir homenaje a la figura de nuestro amigo y vecino Juan Manuel Collado Rojas, una de esas personas que mejor conservan el verdadero sentido de las palabras familia y amistad, y a un pueblo al que vino a servir y en el que encontró la felicidad.
Juan Manuel Collado Rojas nació en Madrid el 28 de julio de 1959, pero su vida pronto echó raíces firmes en el Guadiato. Hijo de Guillermo y Adoración, creció en una familia sencilla y unida, acompañado por sus hermanos Trinidad, la mayor, y Guillermo, el pequeño. De ellos aprendió el valor de estar, de cumplir y de no mirar nunca hacia otro lado cuando alguien te necesita.
La vida lo fue llevando por distintos trabajos, siempre con la misma actitud callada y constante. Pasó por el matadero de Fuente Obejuna, sirvió cafés y mesas como camarero en distintas etapas, trabajó en Sondeos Vázquez y, más adelante, formó parte de la cooperativa de Sondeos Peñarroya. Oficios distintos, misma dignidad: la de quien entiende el trabajo como una forma honesta de estar en el mundo.
Juan Manuel —Juanma para los amigos— estudió mecánica en la Escuela de Maestría, cuando aprender un oficio era también aprender a hacerse hombre. Fue allí donde protagonizó una de esas historias que el tiempo no borra. Tendría dieciséis o diecisiete años cuando el obispo visitó los colegios y la barriada de la Estación antes de confirmar a los muchachos. Juanma, sin medir consecuencias, decidió esconderse para asustar a sus amigos. El susto se lo llevó el obispo: el casquete salió volando y el silencio se hizo absoluto. Uno imagina a Juanma deseando desaparecer. Pero el destino tiene memoria. Días después, durante la confirmación en Maestría, el obispo lo señaló delante de todos: «¡Ese! ¡Ese fue el que me dio el susto!». Y Juanma volvió a pasar un mal rato, esta vez inolvidable.
La vida le regaló a Encarni, su compañera, con quien compartió primero la barriada de la Estación y, tras casarse, el distrito de Pueblonuevo. Juntos formaron una familia y llegó Sonia, su hija, uno de los grandes orgullos de su vida.
Comprometido con su entorno, Juan Manuel forma parte de la directiva de la Hermandad de San Bernardino, colaborando en la limpieza de la ermita y de sus alrededores, vendiendo lotería y arrimando el hombro siempre que hace falta. También participa activamente en la Asociación de Vecinos de la Estación, convencido de que los pueblos se sostienen gracias a personas que se implican.
Hoy su afición es la bicicleta, aunque el tiempo le llega justo. Sus padres son ya muy mayores y Juanma, junto a sus hermanos, se ocupa de ellos con la misma naturalidad con la que ha afrontado siempre sus responsabilidades. Sin ruido. Sin alardes.
Juan Manuel Collado Rojas es uno de esos hombres que no buscan protagonismo y, precisamente por eso, lo merecen. Un vecino cabal, trabajador y comprometido. De los que sostienen la vida cotidiana sin salir en los titulares, pero sin los cuales nada funcionaría igual.
Desde la serenidad que da la jubilación, Juan Manuel sabe que nada de lo vivido ha sido en vano. Cada gesto, cada responsabilidad asumida sin ruido, ha ido dando forma a una historia sencilla y ejemplar.
Como escribió Jorge Bucay, «el tiempo que se disfruta es el verdadero tiempo vivido». Y el tiempo de nuestro amigo y vecino ha sido tiempo verdaderamente vivido, querido y compartido.
Una vida tejida de lazos familiares y afectivos, con su pueblo como testigo y cómplice, que hoy quiere agasajarlo a través de Infoguadiato con este emotivo y respetuoso homenaje.
Una vida fuera de los focos, pero que hoy brilla por la fuerza de su esencia.
Te queremos.
Te lo mereces.
Sergio Delgado Cintas






























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