Quizás nunca le permitieron ser feliz. Unos se lo achacan a su discapacidad física y otros culpan a los padres de Miguel Ángel, que jamás admitieron ni asimilaron que Silvia estuviera en una silla de ruedas desde los cinco años, cuando tuvo el fatídico accidente de tráfico con su padre.
Silvia empezaría el tercer trimestre después de pedirle a todos sus santos venerados en Semana Santa que su relación con Miguel Ángel nunca se acabara. Pero, al final, el amor se diluyó como un azucarillo en un café, en el cual el trago sería más que amargo para ella.
Miguel Ángel encontraría el momento ideal para poner punto y final a su relación de más de seis meses. Pero el resquemor que le quedaría al pobre muchacho es que, al final, habían vencido sus padres, ya que él la seguía queriendo.
Se inventaría mil excusas, pero ninguna sería la perfecta para que Silvia estuviera conforme. Atados al qué dirán y a la encrucijada de los chismes que pululaban por todo el colegio y el barrio de El Puche, no sería mejor la versión que le contaría Aarón a Silvia sobre el auténtico y verdadero motivo por el que Miguel Ángel ponía punto y final a su relación con ella.
Con lágrimas en los ojos y con suma impotencia, Silvia se sentiría como un muñeco roto, al cual utilizan a su antojo, y se sentiría la más imbécil de todas las chicas del colegio y del barrio.
Aarón le advertiría a Silvia que se anduviera con ojo, ya que los padres de Miguel Ángel iban diciendo a los cuatro vientos que a su hijo lo habían engañado y que, siendo aún niños, no necesitaba a una pareja a la que su hijo tuviera que cuidar y tirar de ella, sino al contrario: que su hijo se merecía una chica normal y en orden, no con tantas taras físicas y mentales.
Silvia, aturdida y algo desesperada, tiraría la toalla y se lo tomaría a mofa, ya que su discapacidad física no era ni es un impedimento para ser feliz y disfrutar de un amor pleno y con pleno derecho. El problema de los padres de Miguel Ángel estaría en sus cabezas. Aquellas mentes perversas y malignas que no dejaban ser felices ni a su hijo ni a ella.
Lo único que quería Silvia era que Miguel Ángel algún día se pusiera de su parte y que defendiera a capa y espada su amor. Ya que al amor sano y verdadero no hay que ponerle cadenas, sino darle banda ancha y libertad para que ambos volaran en la misma dirección.
En el atril de las virtudes y en la salida a la palestra diaria que cada uno tenemos, con las cosas que nos suceden a diario, estamos encaminados a un rumbo sin sentido a falta de ese amor que nos ciegue los ojos y nos embriague de ese amor placebo y recíproco al que todos acudimos cuando nos toca la flecha de Cupido.
En espera de la respuesta de volver algún día y reencontrarse Silvia y Miguel Ángel, el colegio se preparaba para el último par de meses antes de dar por finalizado el curso escolar.
Dando una tregua a la relación amorosa entre Silvia y Miguel Ángel, Aarón y Mohamed, junto a Carla y Jaime, estuvieron apoyando en todo momento a Silvia. Tal era el optimismo de Carla que contagió a Jaime para que viera el verdadero sentido de la palabra amor y se lo trasladase a Silvia.
A falta de más pruebas fehacientes para dar un mal ejemplo de la relación entre Silvia y Miguel Ángel, la directora del colegio, María del Carmen, junto al tutor de 5º de Primaria, Don Ángel, estaba planificando el viaje de fin de curso, que sería para principios de junio y cuyo destino final sería Valencia.
Valencia sería el destino elegido y al que todos los alumnos de quinto darían el visto bueno. Irían a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, al campo de fútbol de Mestalla, al Bioparc, a la Lonja de la Seda, al Mercado Central y al Jardín del Turia, entre otras preciosidades y bellezas de la Ciudad del Turia.
El último tramo del curso escolar estaba siendo de lo más exigente y agotador. A esto aparecería el hombre del traje negro, que pondría en práctica su más afamada filantropía y se haría cargo de todos los gastos del viaje por Valencia de sus veintidós alumnos de quinto de Primaria.
De sobra eran conocidas sus ayudas al colegio, hasta que se destaparía uno de los secretos mejor guardados del hombre de negro: sería el padre de la directora del colegio. Un hombre de negocios del mismo barrio de El Puche, que estudiaría en el mismo colegio que todos ellos, pero que haría vida en Estados Unidos y que, esporádicamente, según las bolsas americanas se lo permitiesen, volvía a su lugar de origen junto a su hija y a su mujer.
Estaba casado por segunda vez, puesto que su primera mujer murió de una grave enfermedad a una edad muy joven y le dejaría a cargo de su única hija, la actual directora del CEIP El Puche: María del Carmen Vargas Heredia.
Sabiendo ya el primer secreto del hombre del traje negro, tenemos que decir que se casaría con una multimillonaria neoyorquina del mundo de la moda, una reputada diseñadora muy conocida en Estados Unidos: Elisabeth Palletti, de orígenes italianos pero nacida en Nueva York.
Otra curiosidad del hombre de negro es que le gustan los animales y en su mansión estadounidense tiene tres perros: dos pastores alemanes y un bulldog francés. También tiene infinidad de pájaros y cuatro gatos. Aparte, colabora con varias asociaciones y refugios de animales.
Ya sabemos algo más de este enigmático hombre que hacía feliz a todo un colegio y a todo un barrio con sus acciones solidarias.
Los últimos exámenes estaban a la vuelta de la esquina y los que querían que sus vacaciones fueran auténticas aventuras se engancharían a sacar buenas notas.
Ante el pálido semblante de Silvia y viendo cómo su vida y su estado anímico no se encontraban en su mejor momento ni en su mejor versión, sacó todas sus fuerzas y sabiduría para obtener buenas notas.
Así pues, en este décimo capítulo de La Banda de Silvia y Aarón nos ponemos de parte de todos aquellos y aquellas que crean en el amor y la amistad verdadera, sin más interés que querernos los unos a los otros, tal y como aparece reflejado en las Sagradas Escrituras.
Poniéndole punto y final a este décimo capítulo, os dejo con la frase célebre con la que dar por concluido este décimo episodio de La Banda de Silvia y Aarón:
«No hay que apagar la luz del otro para que brille la nuestra».
MAHATMA GANDHI
SERGIO DELGADO CINTAS





























0 comentarios