A Rafael Murillo Sosa lo conocen todos en su pueblo. A sus setenta y siete años sigue siendo esa figura cercana que saluda a cada vecino, que se detiene a charlar en la calle y que transmite una serenidad envidiable. “Salgo y todo el mundo me conoce, y yo conozco a todo el mundo. Eso me mantiene vivo”, dice con la sonrisa tranquila de quien ha vivido mucho y bien. La cabeza y el corazón, asegura, le empujan aún a hacer cosas, aunque el cuerpo ya no acompañe con la misma energía.
Su vida ha estado marcada por dos constantes: el esfuerzo y la nobleza. Nació en una familia humilde y su infancia no fue fácil. “Mi padre era muy duro. Me llevaba muchos palos, a veces sin merecerlos”, recuerda. A los diecisiete años decidió buscar su camino. Se marchó a Madrid, trabajó en la construcción y aprendió el oficio de albañil. Fue entonces cuando el judo apareció en su vida, y con él, un universo nuevo de disciplina, amistad y filosofía.
“Desde que empecé con el judo amplié mis amistades y descubrí un deporte que la UNESCO recomienda precisamente por su respeto al otro. Aquí se trata de vencer, sí, pero nunca de hacer daño”, explica. Su maestro, Valcárcel, marcó profundamente su forma de entender el deporte y la vida: el judo como una escuela de nobleza. Con el tiempo, Murillo se convirtió en entrenador, preparó a generaciones de judocas y levantó un gimnasio que fue punto de encuentro para niños, mujeres y mayores. “A veces tenía hasta 70 alumnas en clase. Con ellas aprendí mucho sobre la vida y sobre cómo entender a las personas”, confiesa.
Los logros deportivos no tardaron en llegar. Su club fue varias veces campeón de Córdoba y de Andalucía por equipos. Algunos de sus alumnos brillaron en competiciones individuales, y su hija alcanzó niveles de élite: fue subcampeona de Europa, preolímpica y durante nueve años miembro de la selección nacional. “Fue una judoka profesional. Llegó muy lejos, aunque en aquella época las medallas de bronce no iban a los Juegos. Aun así, fue un orgullo inmenso”, afirma.
Rafael también formó parte de la selección española en los años 70, en una época marcada por la dictadura. Recuerda con especial emoción un viaje a Moscú para un encuentro amistoso con judocas soviéticos. “Fue toda una experiencia. No vimos casi nada porque íbamos custodiados, pero fue un momento histórico”, rememora. A lo largo de su carrera preparó a numerosos cinturones negros y contribuyó al desarrollo del judo en Andalucía, hasta el punto de ser uno de los pioneros en la región.
Más allá de los tatamis, Murillo fue también un educador. Tras obtener estudios primarios y formarse como técnico en construcción, incluso cursó Derecho por la UNED. “Fui aprobando poco a poco, aunque la ortografía me costó mucho”, confiesa con humor. Esa experiencia le sirvió para valorar aún más la importancia de la educación y lamentar el alto índice de fracaso escolar actual. “La enseñanza debe gustarte, si no te quemas. Y hay que saber conectar con los alumnos, usar ejemplos, hacerla práctica. No basta con saber mucho, hay que ser pedagogo”, defiende.
La vida no siempre fue fácil. Rafael y su esposa sufrieron uno de los golpes más duros que puede recibir un ser humano: la pérdida de una hija. “Al principio tienes esperanza, luego llega la desesperación y después una tristeza profunda. Me medicaron y estuve siete años sin poder conducir. Pero gracias al apoyo de mis otros hijos y de mis nietas hemos seguido adelante”, cuenta con voz pausada. El dolor, reconoce, nunca desaparece, pero se aprende a convivir con él.
Hoy, lo que más valora es el cariño de la gente y el contacto humano. “No puedo vivir sin hablar con la gente. Mi mujer dice que soy la monjita de la caridad porque me paro con todo el mundo”, bromea. Esa cercanía se refleja también en su visión de la política local. Cree que los gobernantes deberían ser más humildes, acercarse al pueblo, explicar las limitaciones presupuestarias y decidir juntos las prioridades. “Si se hace por consenso, la responsabilidad y la alegría se comparten”, sostiene.
Su vida es un ejemplo de superación. De una infancia difícil pasó a ser albañil, entrenador, formador, universitario tardío y referente deportivo. Creó a una familia unida, superó pérdidas irreparables y dedicó su tiempo a mejorar la vida de los demás. Su filosofía, sencilla pero profunda, podría resumirse en una frase: “Intento llevarme bien con todo el mundo, mantenerme activo, no enfadarme. Así el cuerpo sufre menos y el alma está más tranquila”.
Rafael Murillo Sosa representa a toda una generación que hizo de la nobleza un modo de estar en el mundo. Un hombre que encontró en el judo no solo un deporte, sino una forma de vida, que enseñó a sus alumnos a respetar y a superarse, y que sigue siendo, a su manera, un luchador incansable. Un vecino querido, un maestro respetado y, sobre todo, un ejemplo de que la verdadera fuerza no está en los músculos, sino en el corazón.
Sergio Delgado Cintas





























!!Rei!!! Arigatou Gozaimashita Un saludo maestro.
Gran persona!!
Fue mi maestro de Judo durante casi 10 años.
Muy apreciado y respetado por todos los que pasamos esos años por Judo Club Peñarroya.
Un abrazo Rafael
Rafael el del yudo, todo un ejemplo de superación personal y un Gran Maestro de yudo, por lo que se desprende de este artículo, parece ser que tiene un buen currículum. Entrenar es una cosa y ser Maestro es otra, a parte de saber hay que tener don, para conectar con los alumnos para que estén motivados y te respeten en todo momento. Un abrazo muy grande eres una figura muy importante de nuestro pueblo, donde prácticamente todos te queremos.
Una gran persona, bueno humilde y trabajador. Siempre con un buen consejo para dar. Y a pesar de que la vida le golpeó de la manera más cruel que existe jamás a perdido esa cercanía con los demás. Y durante su época de conserje en el I.E.S Florencio Pintando supongo ganarse el corazón de todo el que tuvimos la suerte de coincidir con el en el instituto. Te deseo lo mejor en la vida Rafael, eres una de las mejores personas que tengo la suerte de conocer y admirar.