Sergio Delgado Cintas
Ardo en deseos de encontrar una explicación a aquellas situaciones aparentemente inocuas en las que el verbo predominante es poder. Ante circunstancias poderosas y, a la vez, embarazosas, nos hundimos en el turbio lodazal de atribuirnos los muertos de los hunos y de los otros. Perdemos tiempo en lugar de avanzar, de proyectarnos hacia un futuro que a menudo se presenta enclaustrado en una solemnidad oscura, rodeado de hipocresía e hipérboles, mientras combatimos la auténtica realidad que vivimos.
Pensamos demasiado en el pasado, en vez de aclarar lo que nos ocurre en el presente para asegurar un futuro que no siempre parece halagüeño, especialmente para nuestros jóvenes. Nada está perdido si tenemos la audacia de intentar ganarlo: ganarle tiempo al tiempo y curar cualquier herida que nuestros propios movimientos provocan.
Hoy nada me hace daño. Me siento frente a mi casa vacía, cara a cara con el diablo, tras tanto desalojo de valores que me generaba ansiedad. Llevaba tantas piedras en la mochila que, al liberarme de ellas, camino liviano y delirante por calles mudas, dispuesto a ser el principito lunático de este cuento interminable que es la vida.
Olvidamos nombres o lugares, o quizá preferimos no recordar a quienes no nos resultan gratos. Nadie nos ofrece ese espacio, ese mar donde bucear en la felicidad que nace de la belleza interior de las personas, los objetos y los lugares que nos rodean.
Vivir sin prisas: eso es lo que ahora intuyo, como fiel amante de la dama vestida de seda blanca, cuyo corsé oculta los recovecos del pecado más lujurioso, capaz de quemar nuestros cuerpos. Somos destellos de conspiraciones de pasiones sin límites, para darnos amor y convertir lo urgente en nuestra verdadera exigencia.
Vivir el aquí y el ahora. Retomar viejas rutinas, hacer de cada día un motivo de celebración, brindar por un viejo amigo y recordar que no hay mayor fortuna que amar profundamente aquello que nos hace sentir orgullosos.
Aquí tienes mi corazón, porque no puedo vivir sin ti. No soy dueño de mi vida si tú no estás a mi lado: cantar nuestras canciones favoritas, deletrear tu nombre, besarte ese lunar que destaca en tu mejilla izquierda. Ser caminante de tus huesos y encender cada día la chispa que alimenta la llama del deseo y del amor.
Acompañarte al baile —¿bailas conmigo?— y estar dispuesto a hacerte despertar y comprender que, por amor, se hacen cosas absurdas. En la urgencia, la exigencia es máxima: nadie será parte de ti si no hay lunas que iluminen con una voz propia como la tuya.
En las exigencias de la vida, la verdadera urgencia es entender que nadie puede esperar más que otra persona, y que nadie es dueño de cuerpos ajenos. La violencia, el escarnio y las ataduras no tienen cabida en relaciones sanas.
Ante la violencia de género, mucho amor y entendimiento. En las relaciones mandan dos personas, y ante el instinto posesivo: compasión. Y ante el maltrato y la violencia machista: Tolerancia Cero.
El amor se comprende y se comparte a partes iguales entre el hombre y la mujer. Todo lo demás huele a esa masculinización desorbitada de testosterona que busca un placer inmediato, no el duradero.
Ese amor duradero deja una fragancia púrpura, con un empoderamiento femenino universal que deseo quede reflejado en este artículo emocional de Motiva-Té, dedicado a todas las personas que sufren o han sufrido la lacra de la violencia de género.
Todo mi apoyo y ánimo. Queridas amigas y lectoras: no estáis solas; juntos podemos caminar hacia un mundo mejor y libre de machismo.
¿Juegas en nuestra liga libre de violencia de género?
Yo sí juego.
¿Y tú… juegas?
25-N. Día Mundial contra la Violencia de Género
LO URGENTE ES LO EXIGENTE






























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