Desde la humanidad más sencilla nacen las personas que jamás pierden el sentido de su vida. Personas que, sin hacer ruido, sostienen su entorno con trabajo, coherencia y ejemplo. Vidas arraigadas a su pueblo desde el primer momento, marcadas por el espíritu luchador de quien entiende que nada se regala y todo se conquista con esfuerzo. Así es la vida de nuestro homenajeado, Luis Sánchez Fernández, conocido por todos como “El Malagueño”: equilibrio entre trabajo, familia y amor profundo por Peñarroya-Pueblonuevo.
En la balanza de su existencia siempre pesaron más la responsabilidad y la entrega que los halagos. Luis nunca necesitó aplausos para sentirse pleno. Su satisfacción fue siempre ver felices a los demás, saber que cumplía, que aportaba, que construía algo útil. Un hombre bueno y sensible, que aprendió a anteponer la serenidad al ruido y el compromiso al reconocimiento.
Nació el 29 de marzo de 1952, en una época en la que la vida no daba tregua y la infancia no siempre tenía espacio para el juego. Hijo de Antonio Sánchez de la Torre y Luisa Fernández Polonio, vino al mundo en una casa humilde donde la necesidad era maestra temprana. Desde pequeño comprendió que el trabajo no era una opción, sino una obligación. Mientras otros niños corrían detrás de cualquier distracción, él corría detrás de responsabilidades.
Y, sin embargo, hubo algo que nadie pudo arrebatarle: el fútbol. El balón fue su única evasión verdadera, su rincón de libertad. Defendió durante años la camiseta del Peñarroya CF con orgullo, con ese sentimiento limpio de pertenencia que solo nace cuando uno ama su tierra.
De adolescente ya mostró el carácter que marcaría toda su vida. Realizó los estudios primarios en apenas un año, consciente de que el tiempo era valioso y de que debía avanzar sin demora. Después llegó el servicio militar obligatorio. Hizo la mili en la Legión, en Melilla. Aquella experiencia dejó huella en su juventud: disciplina, resistencia, capacidad de sacrificio. Participó incluso en el entonces denominado Desfile de la Victoria, acto castrense propio de la España de aquella época, un recuerdo que formó parte de su historia personal.
Pero si algo definió a Luis fue su condición de trabajador incansable. En la construcción encontró su camino y su orgullo. Constancia, tesón y una ética férrea guiaron cada obra que emprendía. No solo levantó estructuras; levantó confianza. En el corazón del pueblo permanece la cafetería Bécquer como testigo silencioso de su profesionalidad y de su buen hacer.
En lo personal, la vida le regaló tres hermanos y un refugio imprescindible: su abuela Ana. Fue su apoyo en los momentos difíciles, su abrigo en los años duros. La adoraba. Y esa huella de cariño marcó para siempre su forma de entender la familia.
A los 37 años se casó con Felisa García Molero, compañera de vida y de camino. Juntos construyeron algo más sólido que cualquier edificio: un hogar basado en el respeto, el esfuerzo compartido y el cariño sincero. De ese amor nació su hija Marta, su mayor orgullo, el mejor regalo que la vida pudo ofrecerle.
La vida también trae ausencias. Y cuando la tristeza llamó a su puerta con la pérdida de Felisa, Luis demostró una vez más la fortaleza silenciosa que siempre lo ha acompañado. Resistió sin estridencias, con ese dolor íntimo que solo conocen quienes han amado de verdad.
Hoy, jubilado, vive con serenidad. Cuida de sus animales, otra de sus pasiones calladas. Comparte tertulias con vecinos y amigos en el bar Porras, donde las conversaciones fluyen despacio, como corresponde a quien ha aprendido que el tiempo no se mide en prisas, sino en vivencias.
Luis no buscó protagonismo. No hizo ruido. No necesitó titulares. Pertenece a esa generación que aprendió a resistir sin quejarse, a trabajar sin descanso y a querer sin alardes. Una generación que levantó pueblos enteros con manos curtidas y corazón firme.
Hay personas que levantan edificios.
Y hay personas que levantan dignidad.
Luis Sánchez Fernández pertenece a ambas categorías.
Ha contribuido al bien social y laboral de nuestro pueblo con su ejemplo cotidiano, con su trato cercano, con su compromiso constante. Personas como él han hecho grande a Peñarroya-Pueblonuevo sin pedir nada a cambio.
Hoy este homenaje no es solo un reconocimiento; es un acto de justicia emocional. Es la manera que tiene su pueblo de decirle que su vida ha valido la pena, que su esfuerzo no pasó desapercibido, que su dignidad ha sido ejemplo.
Porque ningún camino es largo cuando se recorre con buena compañía.
Y Luis ha sabido ser compañía, apoyo y referencia desde niño hasta hoy.
Gracias, Luis.
Por tu entrega.
Por tu coherencia.
Por tu forma limpia de estar en el mundo.
Te lo mereces.
Sergio Delgado Cintas





























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