Hay hombres que no necesitan monumentos porque su vida entera ya es memoria. Hombres forjados en el esfuerzo diario, en la palabra cumplida y en la lealtad silenciosa. Manuel Esquinas Álvarez es uno de ellos. De esos que, como el carbón, ardieron sin hacer ruido para dar calor y sentido a un pueblo entero.
Nació el 2 de octubre de 1963 en la aldea belmezana de Doña Rama, donde las raíces se agarran fuerte a la tierra y el trabajo se aprende casi antes que a hablar. Hijo de Manuel Esquinas Martínez e Inés Álvarez Agredano, y hermano de Juan Vicente, creció con valores sencillos y firmes: estar, cumplir y no fallar.
Formó su hogar junto a Encarnación Durán Bretones y llegaron sus hijos, José Manuel y Alberto, herederos no solo de un apellido, sino de una forma de caminar por la vida: con dignidad, sin estridencias y con la mirada siempre al frente.
Con apenas 21 años entró a trabajar en ENCASUR como electromecánico, en el interior del Pozo San José. Allí aprendió que la mina no perdona la soberbia y que la vida depende del compañero que tienes al lado. Más tarde pasó al Pozo María, porque el minero no elige caminos fáciles: se adapta, resiste y sigue.
Tras cumplir el servicio militar en Las Palmas de Gran Canaria, donde ejerció tareas de oficina como secretario del capitán, regresó a la mina con una mochila cargada de disciplina y responsabilidad. Y fue entonces cuando dio un paso que lo definiría para siempre: representar a los demás.
Elegido delegado sindical de UGT, miembro del Comité de Empresa y presidente de la Gestora de la Federación Minera, Manuel no buscó protagonismo, sino justicia. Escuchó, dio la cara y defendió lo que muchos callaban. Participó en la creación de un sindicato comarcal para el Guadiato y Los Pedroches, convencido de que los pueblos solo avanzan cuando caminan unidos. Se formó, viajó, llevó la voz de la cuenca a Estrasburgo y aprendió siempre, porque entendió que saber también es una forma de resistencia.
Y llegó uno de esos momentos que ya son historia viva: la Marcha Negra del carbón. En 1999 estuvo en primera línea, caminando kilómetros de cansancio, orgullo y dignidad. De esas marchas que no se miden en fechas, sino en piel.
Tras el cierre del Pozo María, trabajó en las cortas exteriores como conductor de dumper hasta su prejubilación en 2007. Cambió la oscuridad por el cielo abierto, pero no abandonó nunca el compromiso.
También participó en la vida política local como concejal de la oposición durante dos legislaturas, primero en el PSOE y después en UDPñ. Siempre con una premisa clara: las ideas pueden diferir, pero el respeto a las personas no se negocia.
Entre sus pasiones encontró el mundo del caballo, impulsando actividades ecuestres que dejaron huella en la feria de Peñarroya, y la lectura, participando en concursos de microrrelatos. Porque en su vida no todo fue hierro y carbón: también hubo palabras, calma e imaginación.
Hoy sigue ligado a sus raíces como miembro de la Asociación Mineros del Guadiato. Porta a Santa Bárbara, ofrece la lámpara y el carbón en la misa minera y lo hace junto a su hijo Alberto, manteniendo viva una tradición que se transmite de padres a hijos como un legado sagrado.
Y, cómo no, está su amor eterno por el Atlético de Madrid, compartido con su padre y con su hijo, de donde extrae una filosofía que va mucho más allá del fútbol: partido a partido, sin rendirse jamás.
Ese es Manuel Esquinas Álvarez. Minero, sindicalista, concejal, aficionado al caballo, lector y atlético. Pero, por encima de todo, un hombre bueno. De los que sostienen un pueblo sin pedir aplausos. De los que viven con la dignidad intacta y el corazón en la cuenca.
Hoy no es un día para la nostalgia, sino para el agradecimiento. Gracias por tu amistad, por tu ejemplo y por tu manera honesta de estar en el mundo.
No cambies nunca, amigo.
Te lo mereces.
— Sergio Delgado Cintas





























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