Hay vidas que son un auténtico lujo y un privilegio poder sacar a la luz pública. Vidas que merecen ser reconocidas y agradecidas por lo que han aportado y siguen aportando al pueblo que las acoge.
Hoy viernes hemos querido homenajear a algo más que a un vecino ejemplar. Hoy ponemos rostro a un hombre que siempre ha estado al servicio de su pueblo, un paisano cercano, familiar, al que el tiempo le ha sabido dar ese lugar que solo ocupan las personas queridas y comprometidas con su tierra.
Miguel Díaz Blanco nació el 24 de mayo de 1944 en Hontanar de Henares (Toledo), en el seno de una familia donde el trabajo no era una opción, sino una forma natural de estar en el mundo. Hijo de José García García y Soledad Blanco Sansegundo, creció rodeado de hermanos —Consuelo, Adela, Luisa, Alfonsa y Carmen— en un ambiente donde se aprendía pronto a compartir, a ayudar y a no rendirse.
Desde joven demostró una habilidad especial para lo práctico. Con estudios básicos y conocimientos de mecánica, encontró su sitio en el comercio ambulante, una tradición familiar heredada de abuelos y padres. Durante décadas recorrió pueblos y caminos, convirtiéndose en una cara conocida y cercana, de las que inspiran confianza. Miguel no vendía solo productos: vendía trato, palabra y presencia.
En una etapa de su vida regentó un bar en el Llano Quintín, un lugar que muchos aún recuerdan como punto de encuentro. Allí convivían las risas, los niños jugando en el parque interior y los caracoles que su mujer, Aurora Puentenueva Sandoval, guisaba con una fama que todavía se menciona. Aurora no es solo su esposa, es su compañera constante, el equilibrio perfecto para una vida intensa y siempre en movimiento.
Miguel es, ante todo, un hombre de familia. Padre orgulloso de Cecilia, Mónica, Yolanda y Aurora; abuelo entregado de Natalia, Yolanda, Nerea, Martina y Valeria; y bisabuelo emocionado de Ángel y Triana. Su familia no es un capítulo aparte: es el eje de todo. Siempre está ahí, apoyando y enseñando con el ejemplo, sin grandes discursos.
En sus últimos años laborales, antes de la jubilación, se dedicó al transporte internacional como conductor. Cambió los mercados por carreteras largas, pero no su carácter: siguió siendo el mismo Miguel resolutivo, trabajador y fiable, de los que cumplen.
Comprometido con su entorno, participó activamente en la asociación de vecinos El Minero y formó parte del nacimiento del Club Petanca Peñarroya, apoyando desde el inicio una actividad que hoy es seña de identidad para muchos. En la Fiesta del Minero dejó huella: impulsó concursos, organizó categorías y se las ingenió para que todos tuvieran su trofeo. Para Miguel, nadie debía irse con las manos vacías cuando había esfuerzo y participación.
Su creatividad también tuvo espacio en la fiesta y la ironía. Junto a su charpa de amigos, formó una chirigota que rompió esquemas en un pueblo donde no era habitual. Aquel año salieron como “Las enfermeras”, coincidiendo con la inauguración del hospital comarcal, y sin saberlo abrieron camino a nuevas generaciones que ya no ven raro subirse a un escenario para reírse de sí mismas.
Aficionado al bricolaje y a todo lo relacionado con el motor, Miguel disfruta arreglando, mejorando e inventando. En los años noventa participó con entusiasmo en las conocidas cacerías del zorro, concursos de radioaficionados en los que se localizaba una señal emisora y que eran, además, un espacio de convivencia, amistad y aprendizaje compartido.
Pero si algo define a Miguel es su compromiso con su pueblo. Ha estado presente en todas las luchas importantes: El Cabril, la Marcha Negra, los cortes de carretera en la N-432. No ha mirado hacia otro lado. Ha dado la cara, ha acompañado y ha apoyado. No por protagonismo, sino por convicción.
Hoy, Miguel Díaz Blanco sigue siendo un hombre muy querido y respetado. Un referente de esos que no salen en los libros, pero sostienen la vida cotidiana de un pueblo. Dedicado a su familia, a su trabajo y a sus pasiones, Miguel “El Capricho” es memoria viva, ejemplo y presencia. Un hombre que sigue estando.
Como hemos dejado claro, la responsabilidad de que seamos un pueblo ejemplar la ejercen personas como nuestro vecino y amigo Miguel Díaz Blanco. Destacar y homenajear su vida es una prueba más de que vecinos como él hacen que este pueblo se sienta cercano, propio y compartido. Porque muchas veces no importa el lugar de nacimiento, sino los hechos y el compromiso demostrado con la tierra que se ama.
Acogiéndonos a la frase de Francis Bacon: “El conocimiento es saber”,
a eso no hay quien le gane a nuestro vecino Miguel “El Capricho”.
Te queremos mucho.
Te lo mereces.
SERGIO DELGADO CINTAS





























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