Por Flor Franco.
Para quienes, como yo, no vivimos el fútbol como una pasión diaria, ocurre que cada cuatro años se despierta cierto patriotismo deportivo inesperado. De repente, me encuentro a mí misma mirando partidos a cualquier hora como la más forofa.
Aquí estamos nuevamente, ante otra Copa del Mundo. Y con ella llega el marketing —digo, la música popular—: canciones hechas para gustar o, más bien, para quedarse en la psique aunque no queramos. Me parece fascinante el proceso que debe haber detrás de estos temas (me encantaría poder conocer cómo se «arma» un éxito) para lograr que sean pegadizos, eficaces y, sobre todo, globales. Recuerdo el furor cuando salió La Copa de la Vida, de Ricky Martin. O a Shakira, dándolo todo en canciones que asociamos enseguida con el Mundial y que llevan su sello inconfundible. Es una marca registrada dentro de otra gran marca, sin desmerecer que tanto ella como Ricky Martin tienen una carrera sólida y talento suficiente para facturar superventas; a Spotify me remito.
Como a mí siempre me ha gustado lo alternativo, prefiero fijarme en el reverso del hit. Pienso en esas canciones que no fueron concebidas como himnos, pero que capturan algo más verdadero del juego y de su entorno. A mí me traen directamente la imagen del bar de la esquina, con los amigos coreando ante la televisión a todo volumen. Evocan la estampa de los niños que arman un partido en la plaza, jugando con el que tenga la pelota menos rota.
Un claro ejemplo de canción “B” es Santa Maradona, de Mano Negra. No habla de un torneo concreto ni pretende representar a nadie, pero condensa el mito, la devoción y la pasión que el fútbol genera. El propio Manu Chao se negó en su día a que esta canción se utilizara en campañas publicitarias de la FIFA y, precisamente por mantener esa pureza, sigue resonando como un himno clandestino. En esa misma línea se mueve É uma partida de futebol, de los brasileños Skank, que retrata el deporte como la fiesta comunitaria que debería ser, o la melancolía de No vuelvas sin ella, de La Frontera.
Hay otro ejemplo, un poco más duro. Sudáfrica 2010 tuvo su himno oficial con Shakira, pero también Wavin’ Flag, de K’naan, que el público adoptó como la verdadera canción de la afición. Lo que pocos saben es que K’naan no la escribió para el fútbol. El rapero somalí escapó de la guerra civil en su país a los trece años, en uno de los últimos vuelos autorizados a despegar de Mogadiscio. La versión original de Wavin’ Flag narra su propia historia: huir de la oscuridad, enfrentar las adversidades y salir adelante. Una multinacional la eligió para su campaña publicitaria del Mundial y el tema se convirtió en el himno no oficial del torneo, alcanzando el número uno en catorce países. La letra original, que hablaba de «tantas guerras, saldando cuentas», fue reemplazada por versos sobre campeones y el juego bonito, pero el mensaje de esperanza y resiliencia sobrevivió.
En fin, la FIFA siempre nos quiere meter la canción del año, como ocurre este verano con el Dai Dai de Shakira o el DNA de Andrea Bocelli. Pero, a mi entender, cuando el torneo termina y los focos se apagan, la única música que se queda con nosotros es la que nos hace volver a emocionarnos con nuestro equipo.





























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