“De todo conservaba únicamente esa secreta armonía, el vago secreto que deja en nosotros una bella música que sonó un día en nuestro camino y que nunca volveremos a escuchar”. (G.A.Bécquer)
En el transcurso del año, y bajo el título de «Los Bécquer: Un linaje de artistas», ha tenido lugar, en el Museo de Bellas Artes, de Sevilla, una exposición que ha sacado a la luz la trascendencia en el mundo del arte de una obra que en palabras de D. Manuel Piñaries, comisario de la muestra, constituye el punto culminante de la pintura costumbrista.
El antiguo convento de la Merced ha tenido el privilegio de acoger entre sus muros una colección de ciento cincuenta obras − entre óleos, dibujos, acuarelas y litografías− de cuya autoría son responsables los hermanos José y Joaquín Domínguez Bécquer, junto a los vástagos del primero: Gustavo Adolfo y Valeriano.
Cuando Gustavo Adolfo Domínguez Bastida (Sevilla, 1836− Madrid, 1870) marcha a Madrid, a la edad de dieciocho años, ya poseía en su haber un amplio bagaje cultural, producto de sus lecturas, y gracias a una sólida formación artística, adquirida en los talleres de pintores de la talla de Antonio Cabral Bejarano y de su tío Joaquín.
−«Ya empezaba a preparar el viaje, y mis carpetas y cuartillas, como llaves que me abrirían las puertas de la inmortalidad, esperaban en el fondo de una maleta de cuero».
Antes de emprender el viaje que tantas esperanzas despertó en su ánimo, ya desde sus primeros años escolares − según apuntan sus amigos, Nombela y Campillo− el joven sevillano del barrio de San Lorenzo había ido derramando poemas, dibujos, e incluso una traducción de Hamlet, en los márgenes del Libro de Cuentas de su padre; luego, a su llegada a Madrid en octubre de 1854, será Luis García Luna −«el primer amigo que en Madrid tuve»− quien le ponga al tanto de los acontecimientos que habían tenido lugar en la capital en julio de ese mismo año; “la revolución triunfante» que «hizo de la capital un gran campo de batalla» será el tema que ilustre su álbum sobre «La revolución de julio de 1854», álbum que daría a conocer Rafael Montesinos, reputado poeta y escritor sevillano.
−«En mi álbum de dibujo, uno de mis más fieles amigos, quedaron también eternizados muchos momentos de mi pasada aventura».
Dos nuevos álbumes, los dedicados a Josefina y Julia Espín, ilustrarán con poemas y dibujos el amor que su autor sentía por Julia y su comunión con la música, otra de las facetas que nuestro hombre cultiva, y que impregna toda su producción artística y literaria:
−«Yo no sé de música; pero le tengo tanta afición que, aun sin entenderla, suelo coger la partitura de una ópera y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, (…) y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho».
Este interés ya se muestra desde las primeras Rimas, así aquella que habla de un «himno gigante y extraño» que el poeta quisiera escribir conjugando sus sentimientos con la expresión de la música y el colorido de la palabra, o lo que es igual: «con palabras que fuesen a un tiempo/ suspiros y risas, colores y notas».
La música y la poesía son instrumentos educativos propiciadores de un cambio en la sociedad y en el propio individuo, en palabras del alemán Karl Christian Krause , para quien el delicado sonido de la voz humana “responde a las impresiones que el hombre experimenta en su espíritu y su cuerpo”.
En esa misma atmósfera Bécquer construye dos conocidas leyendas, «El Miserere» y «Maese Pérez, el organista», donde el arrobo místico de los asistentes al concierto encuentra su concordancia en los sonidos mágicos que salen del órgano.
Todos estos escritos nos llevan a considerar la buena disposición de su autor hacia la música y su conocido interés por la programación musical durante su etapa sevillana. Luego, las circunstancias le empujarán hacia el teatro y la zarzuela, según él mismo refiere en el periódico «La Iberia», con fecha de 4 de noviembre de 1860:
−«La política y los empleos, últimos refugios de las musas en nuestra nación, no entraba en mis cálculos ni en mis aspiraciones. Entonces pensé en el teatro y en la zarzuela».

Museo de bellas artes de Sevilla
Por los años en que Bécquer viaja a Madrid, la rivalidad entre la ópera y la zarzuela ya es un hecho contrastado. Compiten sobre la escena dos nuevas formas de expresión: la aristocrática y la popular. De esta segunda es fiel defensor D. Joaquín Espín Guillén, músico de profesión, casado con Josefina Pérez de Colbrant, sobrina de la cantante Isabel Colbrant, primera esposa de Gioachino Rossini, representante de la ópera “bufa”.
En su domicilio de la calle del Perro, esquina con la Calle de la Justa, D. Joaquín establece el Centro Filarmónico; hasta allí se desplaza habitualmente Gustavo Adolfo para recrearse en los sonidos del piano y para requerir de amores a su idolatrada Julia.
Amén de director de coros y de profesor de Composición del Real Conservatorio, Espín fue impulsor de revistas como «La Iberia Musical y Literaria» ( (1842−1846). Sus propios hijos serán los continuadores de esta afición.
En ese ambiente surge “El Talismán”, libreto de zarzuela, inacabado, en tres actos, en el que Gustavo Adolfo comparte autoría con Luis García Luna (Madrid, 1834- 1867), una vida paralela a la del andaluz. Una parte del libreto es autógrafo de Bécquer, la otra corresponde a su amigo. Las partituras, que llevan la firma de Joaquín Espín Guillén, están fechadas en 1859-60.
Amén de varias obras de teatro, escritas en colaboración con Ramón Rodríguez Correa y Luis García Luna, Gustavo Adolfo es autor de «El alférez», zarzuela en un acto.
Todos, incluso los más creativos, somos deudores de una época y de la aportación que recibimos de los demás, así al menos lo entendió Gustavo Adolfo, quien en su papel de precursor de nuevos caminos para la poesía no fue objeto de envidia, ni escatimó los elogios.
Tal fue el caso del madrileño Augusto Ferrán y Forniés (Madrid, 1835), a quien Gustavo Adolfo animó a escribir La Soledad. Augusto, a quien su economía familiar, y el empuje de su madre, le habían permitido educarse en Alemania, tuvo la oportunidad de escuchar los lieder, canciones de corte popular escritas por autores cultos, y musicadas por Schubert o Schuman.
A su regreso a España, empapado del romanticismo alemán, Ferrán fundará una revista, «El Sábado», y es en la imprenta donde la editan donde conoce a Julio Nombela, director del periódico «Las Artes y las Letras», amén de amigo y biógrafo de Bécquer . A raíz de este encuentro surgirá una entrañable amistad entre Augusto y Gustavo.
En 1861 se publica La Soledad, poemario del que Gustavo Adolfo escribe una reseña crítica en las páginas de «El Contemporáneo».
En La Soledad resulta habitual el uso de la cuarteta asonantada o copla. A este primer poemario seguirá La Pereza, obra caracterizada por el uso de la copla, la soleá y la seguidilla gitana.
La aportación a nuestra literatura de estas “coplas”, moverán a la crítica de autores como el vallisoletano Gaspar Núñez de Arce, que en su raquítica perspectiva ideológica calificará a las Rimas de “suspirillos germánicos”, señalando así la influencia de Heine y apuntando la escasa virilidad de esta poesía; de muy distinta opinión el folclorista Machado Álvarez, « Demófilo», no dudará en incluir algunas coplas de Ferrán en su Colección Cantes Flamencos, respetando su peculiar ortografía:
− Voy como si fuera preso/ etrás camina mi sombra/ elante mi pensamiento,
Por su parte Rafael Montesinos en el prólogo a su Antología por soleares menciona a Bécquer y Ferrán, como innovadores de la poesía y artífices de la revolución musical que tendrá su plasmación en el neopopularismo de la llamada «Generación del 27»:
− Que nadie se llame a engaño. / Todo el que vive por dentro, / por dentro se va matando.
Joaquín Rayego Gutiérrez






























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