Cuando la vida te pende de un hilo y no te queda más que asumir las derrotas tal y como vengan. A veces los tiros que van hacia el alma y son tirados por la espalda son los más difíciles para que vuelvas a recobrar vida ante aquellas personas que no asumen que nadie es más que nadie.
Y es cuando el ego sube a un segundo escalafón y se sitúan en el primer peldaño las insinuaciones, la arrogancia, el egoísmo; se forja a quemarropa y en el fragor de la batalla te sientes sucumbido y desolado ante tus tristes y putos problemas de incongruencias propios de no estar a la altura ante tus miedos.
¿En qué hemos fallado? No lo sé, quizás es el sistema que nos alienta y nos hace pensar en uno mismo y no en los demás. Como la vida, que a veces pende de ese fino hilo donde las secuencias van más lentas y al que acudimos al Cubo de Rubik para que cuadren todos los colores.
Qué bonito me sentía en mi vida anterior donde daría todo para ver lo ilógica e impensable que sería mi vida si a veces, en algunos momentos de la vida, mi vida no pendería de ese hilo salvador y sanador en el cual, entre dragones y demonios, escupen ese fuego que llevo dentro en algunos episodios de esta película donde el protagonista viste de “mal fetén” y al que desnudos llegamos al mundo y nos iremos de este planeta Tierra cada vez más invasor de mala yerba, constituido por proscritos y felones.
Recibo el calor por mi piel y en la primera pregunta me detengo a dilucidar todas mis dudas y todas esas pesquisas en las que atravieso la hoguera que toco con las yemas de mis dedos. Al servil del sermón al que acuden todos como hormigas buscamos todo lo que fuimos sin saber hacia dónde vamos, buceando entre ramajes y crustáceos que no nos dejan ver la orilla.
Maldito viaje, como maldita fue la vez que vi mi vida diferente. Haber cambiado tantas veces de piel y volver después de cada caída más fuerte me hace ver la vida tan guapa y vivo por ella, y por ella moriré arrastrando todos mis miedos y mis peores pesadillas.
Haber cambiado de estilo de vida en mi cuerpo y en mi mente me hace ser preso de que este no ha sido mi último baile. Que seguro serán muchos más los chances que me dará la vida, y a la que miraré con mi mejor aspecto y con el traje de los domingos, y decir que ha valido la pena vivir esta vida cuando ya no sea nada más que restos que transiten en el éter del cosmos y que han pasado por la Tierra todos los días de mi vida con la mejor de las sonrisas.
Ahora que ya el sol ha salido y el frío y la lluvia nos dan una tregua, es una pena que la vida algunas veces penda de un hilo, donde el silencio hace acto de presencia y las noches son más largas cuando la autoestima naufraga entre dos peces de hielo y un diazepam que no hace más que condenarte a la agonía y no te dejará curarte las heridas.
Dictaré poco a poco mi mejor guion y conseguiré que a la vida se le viene a mimar y a cuidar todos los días… aunque sea lo único que tengamos que hacer antes de dejar esta vida, algunas veces falta de emoción.
Como decía el neurocientífico Vilayanur Ramachandran:
“La curiosidad ilumina el camino correcto a cualquier cosa de la vida. Si no tienes curiosidad, es cuando tu cerebro está empezando a morir”.
Tal vez mi vida penda más de una vez de un hilo, pero ahí estarán las letras y la escritura para salvarme de caer en el ostracismo.
¡Que no se acabe la noche!
Que está la noche bonita.
Mi fiel pasajera de la habitación 216-B
PENDER DE UN HILO
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SERGIO DELGADO CINTAS





























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