24 de septiembre de 2023

Réquiem y cruces en territorios míticos

Ver unas cruces y oír un réquiem en el barro de las aguas secas del embalse de Sierra Boyera te lleva a pensar en la muerte, en ese contradiós que este verano han propiciado las temperaturas de calor de infierno y la falta de lluvias. Que ha llevado a las comarcas del Guadiato y de Los Pedroches a volver muchos años atrás, casi al tiempo de nuestros abuelos, porque el agua ya no llega a las casas por el grifo sino por garrafas o botellas de plástico que hay que llenar en una calle del pueblo. Será porque se han abierto las puertas del infierno, según la ONU.

Sierra Boyera, en cuyas aguas con espejos de sol se han mirado hasta ahora los vecinos que se subían al castillo de Belmez, quienes escalaban El Peñón de Peñarroya-Pueblo Nuevo de donde ya se extraían metales hace 5.000 años, y aquellos cordobeses que ciertos veranos se van a Fuente Obejuna a ver cómo escenifican la obra de Lope de Vega, esas aguas, que ya no lo son, de Sierra Boyera inspiran ahora música de difuntos.

El pantano de La Colada, que nació hace poco, cuando empezaron a desaparecer las encinas que nos protegían del Sol en la romería de la Divina Pastora, tiene agua, pero sus peces no la pueden beber porque ya están muertos. Y sus orillas han pasado de ser una ensoñación de noches cargadas de estrellas a la constatación del color oscuro de la resignación. Y a descubrir que hasta los mejores proyectos tienen contras irreparables. Aunque ese pesimismo nunca podrá borrar la historia ni los sueños de Los Pedroches y el Guadiato, dos territorios míticos de la provincia de Córdoba.

Pasado el 68, aquel año en que los estudiantes se fueron a París, donde estaba prohibido prohibir, en 1969-70, en Peñarroya-Pueblonuevo los escaparates de las tiendas de ropa reflejaban algo aquel afrancesamiento que propició la minería, y eran la constatación de una nueva sociedad, donde ya tenían cabida las tendencias homosexuales. Mientras en Córdoba capital la inclinación era una cierta catetez de pudientes agrícolas que tomaban café y cervezas en Las Tendillas y se compraban la ropa en Almacenes San Rafael. Cuando el Cerco Industrial de Peñarroya-Pueblonuevo todavía no era un bien de interés cultural sino un polo económico de la España de finales del XIX y comienzos del XX. Una zona afrancesada de la provincia de Córdoba que todavía se percibe en su urbanismo y en sus espacios ajardinados.

Como por Los Pedroches se deja sentir un trozo de la historia de España en sus fortalezas, torres, literatura e iglesias. El castillo de Miramontes, en Santa Eufemia, es el espacio final de la provincia desde donde se ven los Montes de Toledo y en cuyos cielos confluyen tres comarcas y tres provincias: la de Los Pedroches, la de la Serena (Badajoz) y la del Valle de la Alcudia (Ciudad Real). Desde otra altura, la del Puerto del Calatraveño, desde donde se percibe una comarca que entró en la literatura de manos del Marqués de Santillana, que vio en esas cumbres que hoy están coronadas por una estatua de Aurelio Teno a una mujer, que era una vaquera de La Finojosa, y que el arte de la literatura convertiría en el personaje de una pieza de teatro que llenaría las noches de agosto en la plaza de la Catedral de la Sierra, en Hinojosa del Duque. Un poco más adelante, casi a la salida por el norte de la provincia, está el castillo de Belalcázar, de los Sotomayor y Zúñiga, una belleza histórica recuperada, por donde los viajeros pasaban cada vez que el calor y el sudor les llevaban al pantano de La Serena, un embalse de la provincia de Badajoz sobre el río Zújar, la segunda mayor bolsa de agua de la península Ibérica. En Pedroche, la población que le da nombre a la comarca, su torre es de una amplitud renacentista impropia de las alturas desde donde se contempla el milagro de las encinas de la dehesa que le ponen firma a un territorio que en su día fue la cuna de las Siete Villas.

Pero la falta de agua en una zona que siempre la ha necesitado le empieza a restar encanto y efectividad. Caminar con cruces sobre el barro de lo que fuera el embalse de Sierra Boyera y entonar un réquiem de difuntos fue una performance de la plataforma Unidos por el Agua que estuvo a la altura de la mejor tragedia que se podía haber escrito sobre la sed de Los Pedroches y del Guadiato. Dos territorios míticos.

 

Manuel Fernández

 

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