Nos conocimos una tarde, ya lejana en el recuerdo. Una tarde en que los campanilleros pateaban la ciudad cantándole al Niño- Dios al son de sus instrumentos:
−“Es Utrera la ciudad bonita/ que todos llevamos en el corazón…”.
En el ambiente de la casa de la calle González Nandín la familia compartía mesa y mantel al ritmo que marcaban sus vivencias. En el fluir de la conversación vislumbré en Salvador uno de esos “versos libres”, un artista desprendido en la medida en que lo son Fernanda y Bernarda, Joaquín y Serafín, Enrique y Bambino…
De un modo u otro todos los momentos y encrucijadas que acontecen en nuestras vidas nos moldean a su gusto. Tal vez si la historia hubiera sido otra, habría empujado a Salvador por otros caminos, y posiblemente sería geógrafo, viajero, o un bohemio de París, que tal es su sentido de la ubicación y su amor por la naturaleza y el arte.
¿Qué impulsó a aquel joven inexperto, alumno pasable de los Salesianos, a estudiar la carrera de Bellas Artes?
A menudo una primera experiencia nos lleva a tomar un camino que, afortunadamente o no, el tiempo convierte en el “leitmotiv” de nuestras vidas.
Lo cierto y verdad es que esa etapa universitaria conformó en gran medida la personalidad de un artista.

Allí sus primeras incursiones en el universo pictórico de significados personajes; allí sus paseos urbanos, su pasión por la arquitectura, el compañerismo sano, y el goce de compartir que dan sentido a su obra.
Desde ese mismo punto y hora la escultura supuso para él un paso al frente, un vehículo de expresión, un “arma cargada de futuro” que dijo el poeta.
Para los que conocemos a Salvador no se nos escapa que es un ciudadano cordial, educado, generoso, y enemigo de auto promocionarse, punto en el que dista de ser el académico vanidoso que se publicita en los medios y al tiempo se mira al espejo.
Para este ser sensible que ama a los perros, la familia es su cielo y su promesa de vida. Adora a sus hijos y a su nieto Curro, y con Celia, su mujer, compartió mil reflexiones acerca del mundo y el arte, del sueño y la realidad, dos caminos consonantes para posicionarse en el mundo y para tomar partido.
Enemigo de la hoguera y el escarnio, del correctivo de “la letra con sangre entra”, este amor de catedrático es un decidido defensor de la escuela pública; de la educación, como forma de regeneración de usos y costumbres; del pueblo como “fuente de sabiduría” que dijo Antonio Machado; del flamenco, y de las distintas formas de expresión que enriquecen al individuo.
Para quien quiera saber de su trayectoria de escultor sugiero que mire sus manos.
Son manos menudas, flujos de energía que ponen en conexión la materia con la idea; manos mágicas que plantean el enigma de la sociedad de su tiempo.
Son sus armas un cincel, la sabiduría del tacto, el brillo de las neuronas, y el humo de un cigarrillo suspendido entre sus dedos.
Como conclusión me limitaré a subrayar su pasión por el trabajo, su ilusión por acabar la escultura que aún le ha quedado incompleta, y la ilusión de que Utrera luzca un museo al aire libre como escuela de saber y de buenos ciudadanos.
Joaquín Rayego Gutiérrez





























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