A la monotonía, como a los estragos del día a día, hay que manejarlos con cierta entereza, con esa vieja rivalidad contra esos insanos juicios que tenemos o procesamos en nuestros cerebros. Consigo y concibo crear ciertos estados de incomprensión y controversias en mis arduos y áridos argumentos para sellar la paz conmigo mismo.
Encuentro el consuelo en esas tibiezas donde el desconsuelo suele llegar y en la plenitud de la belleza de las cosas pequeñas. Aquellas cosas manejables y al alcance de todo ser que quiere ver la vida como la veía Aladino, concediéndole aquellos tres deseos desde la inmediatez y la prontitud, donde los deseos llegan a conexionar con la pulcritud de la realidad.
Seguimos estando atados a los mensajeros de lo cruel, del terror, de aquellos pasadizos en los cuales solemos pulsar todo lo que rechazamos a lo largo de nuestras vidas, por miedo, por pudor, cuando el hedor a podrido entra por los umbrales de nuestras casas.
Desde mi atalaya observo cómo caen grandes torres y enormes edificios humanos, dejando como cura de humildad y sensibilidad tantas sendas derrotas emocionales, por no hablar de las económicas.
El Imperio Romano fue artífice de altas traiciones y de grandes mentiras, como corruptelas que, en muchos casos, se han traspasado a nuestro día a día, dejando héroes desérticos por las orillas de los mares y produciendo tal estado de éxtasis como de euforia desmedida.
Los viejos capos cantan adormecidos al amanecer de un tiempo dorado que recrudece con los ritmos cambiantes de nuestra sociedad y con esa plena naturaleza maltrecha por los agobios y desperdicios del hombre.
El hombre lobo no existe solo en París ni en las películas de terror de los ochenta, sino que se le atribuye a un siglo XXI donde el auténtico lobby que existe hoy en día es el de Wall Street, donde mercadean con el futuro de nuestros ahorros y de futuros beneficios que, a la postre, serán la gran mentira. ¡Bienvenido al nuevo mundo!
No me duelen prendas al deshacerme y poner en el foco aquellas colas del hambre que piden ayuda desesperadamente, buscando el ocaso en que el sol saldrá según les convenga a los poderosos y desaparecerá su iluminación según les convenga a aquellos que nos someten con estoicas doctrinas, apagando nuestros fuegos interiores.
Desarmar al débil, armar a los ricos: cierta franqueza de que el mundo va dirigido a unos pocos privilegiados. Nos censurarán nuestra cultura; solo se enseñará lo que los “tories” quieran. Y sí, a ese placer. Si la riqueza es estar con el que más tiene, solo te digo a ti, proletariado: “Que sigas con tus sueños; que venga, tú sí que puedes; mucho ánimo; y dale duro a tu entereza de no vivir de rodillas. Que mueras de pie, como el gran guerrillero argentino Ernesto ‘Che’ Guevara, y que nada ni nadie te detenga”.
Me sobran motivos para decirte a ti, obrero, que mucho ánimo ante estas difíciles situaciones, y que la lucha de la clase obrera no se dejó en el siglo XIX ni tampoco en el XX. Tenemos que seguir luchando por nuestros derechos, perseguir nuestros objetivos y convenios, y declararle la guerra a aquellos que quieran entorpecer nuestro camino.
Me corren por las venas aquellas voces a lo Máximo Gorki, como en la obra literaria La madre, donde encarna justamente el papel de la protección y la supervivencia de la clase obrera. Y no es tampoco una liturgia del marxismo: es una oda, este artículo, a toda esa clase de gente humilde, como son los trabajadores y trabajadoras. Gente humilde y sencilla que merece ser atribuida con esta clase de artículo MOTIVA-TÉ, para subirles ese ánimo porque falta les hace y porque no están ni estarán solos.
Son y serán la clase obrera los grandes héroes y heroínas de toda nuestra historia como civilización.
Solamente decirte:
VENGA, QUE SÍ PUEDES.
MOTIVA-TÉ CON LA CLASE OBRERA Y CON TODOS LOS QUE AMAN Y AMAMOS LA LUCHA DE LA CLASE OBRERA, Y ADORAMOS TAMBIÉN EL MARXISMO.
Y tú, ¿estás motivado o motivada?
¿Te encuentras motivado o motivada?
MOTIVA-TÉ con estos artículos sobre reflexiones y pensamientos emocionales para los lectores y lectoras de Infoguadiato.
Sergio Delgado Cintas






























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