Por Sergio Delgado Cintas
En esta receta de la cocina tradicional no vamos a hablar de comida, sino de sentimientos. Quiero que viajemos juntos al pasado, a esa cocina de la abuela donde todo se hacía con amor, cariño e ilusión. Con esos mismos ingredientes quiero elaborar hoy una receta especial: la Admiración Emocional.
Desde pequeños aprendemos a admirar. En mi infancia tuve un ídolo muy claro: el futbolista del Real Madrid Hugo Sánchez. Imitaba todo de él, incluso su famosa voltereta para celebrar los goles. Más tarde, al hacerme mayor, cambié de equipo y también de referente. Salté al Fútbol Club Barcelona, donde encontré un nuevo modelo en José María Bakero, y ahí me quedé hasta hoy.
En la música, mi camino tampoco fue lineal. Empecé admirando a Alejandro Sanz, hasta que a los quince años di el salto al rock con Héroes del Silencio y, más tarde, seguí la carrera solista de Enrique Bunbury.
En lo académico, mi asignatura idolatrada era siempre la Historia. Me fascinaba cualquier tema que oliese a pasado: civilizaciones, guerras, culturas, personajes… y, sobre todo, la pasión con la que mis profesores transmitían sus conocimientos.
Pero las primeras grandes admiraciones suelen nacer en casa. Siempre he sentido un profundo respeto y cariño por mis padres, por mis hermanos y, muy especialmente, por una tía mía que, siendo una trabajadora incansable, sigue al pie del cañón cuando perfectamente podría estar disfrutando de su jubilación.
Con los años uno entiende que la admiración cambia. Evoluciona con nosotros, con nuestras experiencias, con nuestras etapas vitales. Hoy quiero compartir un pensamiento que aparece en un texto del portal “El refugio del alma”, que resume muy bien esta idea:
“El sentimiento de admiración es lo más parecido al amor.”
Pocas veces pensamos en la admiración como un sentimiento central en la vida, pero es uno de los motores positivos que más nos empuja a mejorar. Podemos admirar a alguien por su apoyo incondicional, por su sabiduría, por cómo nos acompaña, por lo que nos enseña o incluso por la forma en que afronta la vida. Esta admiración puede surgir hacia un familiar, un amigo que es como de la familia, un maestro, un entrenador o un referente profesional.
También aparece en el ámbito laboral: admiramos a quienes destacan en nuestra profesión, incluso sin conocerlos personalmente. Esa admiración se transforma en reconocimiento y nos invita a crecer.
Y, por supuesto, admiramos personalidades públicas por su carácter, sus valores o su forma de vivir. A veces nunca los conoceremos, pero su impacto llega hasta nosotros.
¿Por qué admiramos a alguien?
– Porque su ejemplo nos inspira.
– Porque despierta en nosotros sentimientos positivos.
– Porque su evolución nos enseña un camino.
– Porque representan lo que nos gustaría llegar a ser.
– Porque, en la adolescencia, buscamos modelos; y en la edad adulta, buscamos valores.
Con esta reflexión terminada, ya podemos meter las manos en la harina de esta receta emocional. Y para ello os voy a presentar la historia de Paula, una mujer soñadora y luchadora cuya faceta más admirable es también la menos conocida.
Paula nació en el seno de una familia acomodada. Su padre era fiscal del Estado español y su madre, decana de Ciencias Políticas y profesora en la Universidad Complutense de Madrid. De niña soñaba con ser gimnasta como su ídolo Almudena Cid; en la adolescencia quería cantar como las Spice Girls y se identificaba especialmente con Victoria Beckham.
Al llegar a la adultez, Paula evolucionó, como hacemos todos, y sus intereses cambiaron. Decidió estudiar Turismo en Londres, donde conoció al que hoy es su pareja, Eric Thompson, jefe de comunicación del Chelsea Football Club. Una vez finalizaron los estudios, ambos tomaron una decisión radical y profundamente humana: abandonar la comodidad y marcharse como voluntarios a Camerún con la ONG Save the Children.
Allí descubrieron una realidad para la que nadie está preparado: niños desnutridos, familias sin recursos, enfermedades como la malaria o el ébola que azotan sin piedad. Vieron de cerca la miseria, la hambruna, la fragilidad de la vida. Pero también conocieron a sus nuevos ídolos: los médicos que, de forma totalmente altruista, dedicaban sus días y sus noches a curar, aliviar y dar esperanza.
Paula y Eric repartían medicamentos, ayudaban en todo lo posible y, sobre todo, aprendían de aquellos héroes silenciosos. Y aquí aparece la faceta menos conocida de Paula: su profunda solidaridad.
Porque no solo hay que admirar a deportistas, actores o músicos. Existen otros tipos de ídolos que rara vez salen en televisión: voluntarios que dejan atrás su vida cómoda para ayudar en España o en cualquier rincón del mundo. Personas que se entregan sin esperar nada y que, en su generosidad, ganan una riqueza mayor: la de los valores humanos.
También están nuestros héroes cotidianos: policías, guardias civiles, bomberos, sanitarios e incluso ciudadanos corrientes que, en un momento decisivo, actúan con valentía. Ellos también forman parte de esa cocina emocional donde se cuecen los verdaderos ejemplos.
Por eso, en esta receta dedico mi más sincera admiración a quienes hacen que el mundo avance, aunque no lleven camisetas con dorsales ni salgan en ruedas de prensa.
Porque la admiración emocional no pertenece solo a Messi, Cristiano Ronaldo o a grandes estrellas. También pertenece a Paula, a Eric y a tantos otros que trabajan para que este mundo sea un lugar mejor.
“La admiración hacia alguien no reside únicamente en sus cualidades, sino en los valores humanos que transmite y que nos hacen sentir felices.”
Una nueva receta de la Cocina de las Emociones, en exclusiva para los lectores y lectoras de Infoguadiato.






























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