Un pueblo se sostiene y se enriquece gracias a sus raíces y costumbres, y sobre todo gracias a los hombres y mujeres que, desde la igualdad y el compromiso, trabajan cada día por dejar en buen lugar a su tierra.
Hoy tenemos un claro ejemplo en nuestro homenajeado, amigo y vecino Antonio Almohano Estévez. Porque no hay rincón más hermoso para echar raíces que el propio, incluso después de haber emigrado durante un tiempo por tierras belgas, donde —estamos seguros— su vida no fue tan plena ni tan sentida como la que disfruta tras su regreso al nido familiar y social. Un regreso que da sentido a una trayectoria personal y profesional tan emotiva como dilatada.
Hombre fiel, íntegro y cercano, Antonio ha formado parte de nuestras vidas a través de su negocio familiar. Nos consta que, en más de una ocasión y a deshoras, ha prestado un servicio eficaz, voluntarioso y siempre dispuesto, para alivio de clientes y vecinos. Hoy se honra su figura, y creemos justo hacer un repaso novelado por su vida.
Antonio Almohano Estévez nació en Peñarroya-Pueblonuevo, en una familia donde el trabajo, la honestidad y el cariño marcaban el camino. Hijo de Antonio Almohano Hidalgo y Manola Estévez Ortega, es hermano de Manolo, Fermín y José. Su infancia transcurrió entre la cercanía del barrio y unos lazos familiares sólidos, de esos que no se rompen aunque la vida obligue a marcharse lejos.
En 1964 su padre emigró a Bélgica, como tantos hombres de Peñarroya en busca de un futuro mejor. Poco después, Manola tomó una decisión valiente: viajar con sus cuatro hijos para reunirse con él. Antonio tenía doce años; el pequeño José, apenas cuatro. No conocían el idioma ni el país, ni el mundo más allá del pueblo. Fue una aventura dura, pero decisiva.
Ya en Bélgica, todos los hermanos —salvo el menor— ingresaron en un internado. Allí estudiaron, se formaron y aprendieron francés correctamente, adaptándose a una nueva vida sin perder nunca sus raíces. Antonio aprovechó esa etapa con disciplina y constancia: completó sus estudios de electricidad, calefacción y fontanería, y con apenas 18 años inició su vida laboral como electricista. El trabajo llegó pronto, y con él la responsabilidad y el orgullo de ganarse la vida con sus propias manos.
A los 23 años, en el entorno laboral, conoció a Ana María López Calvo, la mujer que sería su compañera de vida. En Bélgica nacieron sus tres hijos —Alejandro, Esmeralda y Leila— y allí se asentaron los cimientos de una familia construida sobre el esfuerzo, la estabilidad y los valores firmes.
En 1987 Antonio regresó definitivamente a Peñarroya-Pueblonuevo. Volvió con experiencia, con oficio y con la certeza de que el hogar siempre tira. Desde entonces dedicó su vida laboral a la empresa familiar, Hermanos Almohano S. L., donde el trabajo no es solo una obligación, sino una continuidad natural de lo aprendido: compromiso, seriedad y respeto por el trabajo bien hecho.
Antonio es un hombre con manos de oro. Manos que saben construir, arreglar y dar soluciones, pero también manos que ayudan, acompañan y siempre están disponibles. Su sabiduría no es ruidosa: nace de la experiencia, de escuchar antes de hablar y de aplicar el sentido común. Por eso su palabra se valora, su opinión se busca y su presencia transmite calma.
Aficionado al flamenco, al deporte y fiel seguidor del Córdoba CF, hoy disfruta de una jubilación activa: cuidándose, compartiendo tiempo con los amigos y viviendo con pasión el deporte y las actividades de sus nietos —Adrián, Paquito, Ainara, Leire, Hugo y Antonio—, que llenan de sentido sus días.
Ya jubilado, Antonio sigue implicado en la vida social del pueblo a través de la AA/VV San Miguel en Los Cuarteles, la AA/VV El Peñón y la Peña Flamenca y Literaria de Peñarroya-Pueblonuevo. Porque Antonio es de los que creen que estar, participar y sumar es una forma sincera de querer a su pueblo.
Rodeado de una gran familia y de esa otra familia que se elige —los amigos de siempre, los que no hace falta nombrar—, Antonio es una de esas personas que dejan huella sin proponérselo. Trabajador, honesto, constante y leal. Un hombre que entiende el esfuerzo como una forma cotidiana de cuidar a los suyos.
Quienes lo quieren saben que son afortunados. Afortunados de aprender de su ejemplo, de compartir su camino y de crecer acompañados por su presencia serena. Porque hay vidas que enseñan sin discursos, simplemente siendo como son. Y la de Antonio Almohano Estévez es una de ellas.
Seguimos sumando homenajes en esta sección para acercar a los lectores y lectoras de Infoguadiato las vidas interesantes de sus vecinos y vecinas. Vidas admirables y dignas, historias cotidianas que nos encontramos cada día y que llenan de luz a nuestro pueblo, como la de Antonio Almohano Estévez.
Como dice el dicho popular: «Lo que hace rico a un pueblo no es lo material, sino los valores incalculables que dejan sus vecinos y vecinas como patrimonio».
Hoy hemos escrito sobre una persona cuya entrega y pasión por su familia y por su pueblo forman parte de ese patrimonio.
Pasado y presente se han unido para allanar el camino del futuro con esta historia dedicada a un paisano amable, respetuoso con sus raíces y profundamente comprometido con su gente.
Gracias por todo.
Te queremos mucho.
Te lo mereces.
SERGIO DELGADO CINTAS





























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