Muchos lo habrán sentido… Cuando un diagnóstico es recurrente y, por más que luches contra él, no puedes apartarlo de tu lado. Es un cartel, un lastre que, por más que quieras evitarlo, siempre sigue saliendo.
El problema es cuando ese diagnóstico es un estigma, una enfermedad que no se ve, pero se sabe; que la gente conoce… que tú luchas por olvidar. Olvidas tú, pero los demás no lo hacen. Aparece y aparece, y no consigues sacarlo de tu historial.
Somos personas con enfermedades, y no enfermedades con patas. Somos seres humanos con patologías que, ojalá, todas se vieran con los ojos, porque para mí serían más fáciles de llevar. Hablo en primera persona, por supuesto. He superado un diagnóstico degenerativo, un “esto ha venido para quedarse”, pero tengo un lastre que siempre aparece en todos los papeles, que me marca y me define, y que por mi parte no puedo superar. Es la coletilla que todos nombran; es la coletilla que no me deja ser normal.
¿Normal? ¿Quién es normal? Que alguien me lo defina en palabras sencillas que yo pueda entender. Somos tan diversos, tan distintos, que no podemos catalogar a las personas tan a la ligera según si somos o no “normales”.
Yo lucho a diario contra un estigma que me aplasta y me limita… y no es justo. Si he superado un diagnóstico demoledor de un cerebro lento y envejecido, y he conseguido con mucho esfuerzo un diagnóstico de “no hay secuelas”, no puede ser que me persiga la mochila del pasado: el diagnóstico de mis errores, que he intentado solventar. Luchas por ser una más, por dejar atrás lo vivido, y lo que consigues es que, si te ven haciendo cosas de persona con inquietudes, te digan: “Ahora estás entretenida…”.
Y, tragándote las lágrimas y con una sonrisa impostada, tengas que alzar la cara y seguir remando, aunque sea a contracorriente.
Si supiéramos el daño que hacen algunas miradas… lo que pueden herir las palabras. Desde estas líneas, y sin ser nadie, pido que me dejen realizarme, que me dejen luchar sin tener que oír siempre ese “¿cómo estás?”. Estoy bien, o al menos así salí de casa, así salí a la calle con el ojo pintado y mi mejor actitud.
No tengo que ir contando al mundo lo que hago. Agradezco el interés, pero parece que todo el mundo es médico. Valoro que me digan “qué bien te ves”, pero en los papeles hay una frase que no puedo quitar por más que luche. Y, sin que ya me aflore nada de mis síntomas anteriores, ya no sé si es el estigma o es por prevenir. Nadie me lo ha explicado.
Yo solo pido respeto para las personas que tenemos un problema de salud mental. Si soy sincera, le he pedido a Dios muchas veces otro tipo de enfermedad, de esas innombrables, pero al menos de las que se ven. No quiero lástima, pero sí respeto.
Por desgracia, hay enfermedades que te tratan como si no fueras un adulto… lo diré: como si fueras una niña o un niño. Todas restringen libertades, pero unas más que otras. A veces solo me siento adulta cuando doy mi carné de identidad.
Sé que no soy justa: hay enfermedades que matan, pero esta me mata el alma porque es recurrente. Sé que hay cosas peores, cosas que nunca desaparecen, y yo he superado muchas. Pero se me abren heridas no cerradas cuando se acuerdan de mí para preguntar por un diagnóstico, pero no por mis sueños.
Por eso digo que somos personas con patologías, pero no patologías con patas. Con estas líneas espero no herir sentimientos, porque escribo desde el dolor, desde las lágrimas escondidas. Tengo tantas dudas que no me han podido explicar…
Quizá este artículo tenía que haberlo titulado: “Yo solo quiero ser normal”.
Marta Cascado García






























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