InfoGuadiato
Cada fin de semana, en cientos de campos, se repite una escena que ya no debería sorprendernos… pero debería avergonzarnos. Un niño —porque eso es— se pone unas botas, coge un silbato y se prepara para arbitrar. Tiene 12, 13, quizá 14 años. Tiene ilusión, nervios, ganas de aprender. Y lo que encuentra no siempre es deporte: a veces es rabia, gritos y adultos que pierden la compostura frente a un menor.
Lo más doloroso no es el insulto. Es la pregunta que esos niños se llevan a casa:
“¿Por qué me insultan si solo soy un niño?”
La respuesta no la tienen ellos. La tenemos nosotros.
¿De verdad un partido de fútbol justifica humillar a un chaval que está aprendiendo? Ni siquiera los árbitros profesionales, rodeados de tecnología, aciertan siempre. ¿Cómo podemos exigir perfección a quien apenas está empezando a entender el juego?
Lo terrible es ver cómo se apaga una ilusión. Cómo un niño empieza a dudar de algo que ama porque quienes deberían dar ejemplo —padres y entrenadores— se convierten en su mayor fuente de presión. El deporte nació para unir, educar, fortalecer valores. No para destruir la pasión de los más pequeños ni convertir un campo en un lugar donde un niño teme equivocarse.
Por eso urge una reflexión honesta:
No hay victoria que justifique romper a un menor.
Detrás de ese silbato no hay un enemigo: hay un niño que no entiende los insultos y que, mientras lo agreden desde la grada, mira de reojo a sus padres buscando apoyo.
Ojalá cada adulto que pisa un campo recuerde algo tan simple como olvidado: ningún niño debería temer jugar, arbitrar o aprender por culpa de nosotros. Porque si estamos rompiendo su ilusión, entonces el problema no es el fútbol. Somos nosotros.






























0 comentarios