Mi nombre y mis apellidos son Sergio Delgado Cintas. Soy una persona con una enfermedad mental. No necesitaría más presentación, porque muchos ya me conoceréis por mis artículos y entrevistas en este medio de comunicación, Infoguadiato, y en El Periódico de Peñarroya-Pueblonuevo Valle del Guadiato.
He querido, y me siento capaz, de dar un paso más en este medio, y cada semana escribiré un diario de mis pensamientos y emociones como enfermo mental. Como primicia y exclusiva, saldrán a la luz cada semana escritos remasterizados de un diario que he rescatado y que escribí cuando me diagnosticaron anorexia nerviosa, a finales del año 1997, precisamente cuando estaba en la antesala de cumplir los doce años de edad. Una edad muy temprana, infantil, a las puertas de la adolescencia, donde se iniciaría mi relación con la salud mental.
Este primer capítulo lo he titulado “Año Cero”, porque es el año del inicio de toda una vida como enfermo mental. Hubo un periodo, entre 2008 y 2013, en el que estuve exento de enfermedad mental, pero después llegaría una nueva enfermedad en el verano de 2013: una esquizofrenia paranoide que estará conmigo para siempre, hasta el día en que deje de existir. De eso hablaré más adelante, cuando llevemos numerosos capítulos de esta nueva sección semanal de mi diario.
Empezando por el principio y volviendo al año 1997, en el mes de abril, en el CEIP Eladio León, actualmente bilingüe, situado en la calle Samaniego del distrito de Peñarroya, durante el recreo y jugando como todos los días con mis compañeros de sexto de EGB en el patio del colegio, se empezó a fraguar mi enfermedad mental y la anorexia nerviosa. Todo ocurrió cuando una niña de quinto de EGB me dijo de forma inocente e inconsciente:
“Quítate de en medio, que la carne de burra no transparenta, que de lo gordo que estás no puedo ver y jugar con mi amiga”.
A partir de ahí, mi mundo pasó a girar en torno a hacer mucho deporte tras finalizar el curso escolar, jugando y corriendo durante el verano en el parque del distrito de Peñarroya. Eso, unido a una restricción en la ingesta de alimentos, me hizo perder mucho peso y pasar de un cuerpo con sobrepeso —pero no obeso— a un cuerpo delgado, que derivó, tras la feria de Peñarroya, en una primera visita y toma de contacto con la psicóloga Nati, en el antiguo ambulatorio del centro de salud, en la planta de arriba. Allí conocería por primera vez a la enfermera Isabel Sánchez, que se jubilaría hace algo más de año y medio y que fue mi enfermera durante un largo tramo de mi enfermedad mental, en dos etapas.
Para mí, la enfermedad mental no me ha impedido relacionarme con la sociedad. Tal vez me ha llevado a tener cierta cautela en mis relaciones con las chicas, porque no quería —fuera por vergüenza o por pudor— que estuvieran o tuvieran de novio a un enfermo mental, ya que eso era un secreto a voces en el pueblo. Pero, como estoy escribiendo, mi vida no ha estado exenta de amor y de cariño por parte de mi familia, amigos y amigas.
Quizás, si no hubiese tenido una enfermedad mental, no hubiese conocido ni sido tan feliz, tanto con la anorexia como ahora con la esquizofrenia, porque me considero una persona muy afortunada y feliz. Nunca me he rendido, y este diario semanal me servirá para confesarme ante los lectores y lectoras, así como para ayudar a todas aquellas personas con enfermedades mentales.
Todo está contado y narrado sin tibiezas, sin miedo al qué dirán, porque estoy dispuesto a aceptar todo tipo de críticas. Como siempre he dicho, yo nunca he hecho nada malo ni le deseo nada malo a nadie. Vivo mi vida alejada de todo ese ruido del qué dirán, porque bastantes problemas personales diarios tengo como para preocuparme por lo que se diga de mí.
Volviendo a mi relación con la anorexia, a principios del año 1998 me derivaron a la unidad de salud mental infantil y juvenil que había en la barriada Huerta La Reina, en Córdoba capital. Era tal la demanda de personas jóvenes que trasladaron sus consultas al Hospital de Los Morales, donde hoy en día siguen atendiendo a niños y adolescentes y sirve como centro de estancia para personas con problemas de salud mental.
Allí conocí al psicólogo Vicente Sánchez, ya jubilado, y a la psiquiatra Teresa Guijarro, tristemente fallecida hace ya algunos años. Dos eminencias de la salud mental, junto al endocrino del Hospital Universitario Reina Sofía, Alfonso Carlos Calañas, de quienes hablaré con más profundidad en próximos capítulos.
Este “Año Cero” fue el principio y el origen de un niño que empezó a no tomar conciencia de que la salud mental no es un juego, como así lo quise ver desde la perspectiva de un niño y, más tarde, de un adolescente.
Tuve que lidiar con mi rebeldía y con actos violentos, de los cuales no me siento orgulloso. Hoy en día siempre intento fomentar la no violencia y no echar la culpa a nadie, como sí ocurrió en su día, cuando culpaba a los demás de mi enfermedad mental.
Asumo mi enfermedad mental sin culpar a nadie e intento cada día ser mejor persona y ayudar a todo el mundo. Tampoco me da vergüenza quién soy. Mi disfemia me juega muchas veces malas pasadas, pero no me impide llevar una vida plena y satisfactoria.
Hoy en día hay muchos niños, niñas y adolescentes con anorexia o bulimia, y que sirva este primer capítulo como el inicio del relato de mi relación con la salud mental y la anorexia nerviosa, que en mi caso fue más anorexia deportiva que nerviosa, porque nunca me he metido los dedos ni he tirado comida.
Como claro ejemplo de que no soy perfecto ni he hecho siempre las cosas bien, he de decir que tiré y escondí, cuando era adolescente, las pastillas que me tocaba tomarme. Por ello muchas veces he sufrido las consecuencias y no me siento orgulloso de ello.
Aconsejo seguir a rajatabla todo lo que indiquen los especialistas, sentir al psicólogo, psiquiatra o enfermera como un amigo o amiga, porque ellos y ellas están para ayudarte, y aceptar siempre que se tiene una enfermedad mental, ya que ese es el primer paso para la recuperación y, si es posible, para obtener el alta.
Pero he de decir que yo, pese a tener el alta como anoréxico, siempre tendré esa enfermedad, aunque ya no esté activa, porque permanece en la sombra y en cualquier momento puede aparecer algún episodio que dé pie a que florezca de nuevo.
En el próximo capítulo os narraré los días previos a mi primer ingreso en el Hospital Reina Sofía, en el año 2001, por la anorexia nerviosa, y cómo eso dio pie a los primeros brotes verdes de mi recuperación. Aunque al año siguiente volví a ingresar, una conversación con una persona —que no quiero desvelar— fue la que me orientó y me guió definitivamente hacia mi recuperación.
Mientras tanto, os dejo con la intriga hasta la próxima semana y, como despedida y coletilla final:
“LA SALUD MENTAL ES COSA DE TODOS”
SERGIO DELGADO CINTAS





























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