Me remonto al año 2010, año de la engendración de una esquizofrenia paranoide que acabaría explotando en el verano de 2013. Pero estos tres años que concurrieron desde el 10 de marzo de 2010, año en que me dejaron parado del trabajo en una empresa de alimentación en el municipio, hasta el 22 de julio de 2013, fueron años de mucha ansiedad, estrés y nervios que aplacaría con mucho deporte. Me convertí en un atleta “olímpico” en todo el sentido de la expresión, porque todos los días de la semana hacía entre veinticinco y más de treinta kilómetros.
Y prueba de ello es que, en una de unas revisiones rutinarias médicas, me dijeron que mi cuerpo producía mucha adrenalina, que mis pulmones estaban ensanchados y muy limpios y que mi corazón era más grande de lo normal; es decir, estaba en plena forma como para prepararme para unas olimpiadas.
Tengo que decir que aquellos años fueron de plenas desolaciones y cierta soledad, porque me autocensuré a ser feliz. Lo medía todo: las comidas, mi forma de vestir, mi forma de pensar y de actuar; todo milimetrado para una vida organizada a lo artificial y a lo irreal.
Otra causa que desembocaría en esta enfermedad mental serían mis ansias por encontrar un nuevo empleo. Me hizo ir a muchos sitios de la zona, de la provincia de Córdoba y de Extremadura a echar currículum, pero todo quedaría en aguas de borrajas.
Me sentía tan solo conmigo mismo que empecé a dudar de mi familia y amigos, considerándolos mis enemigos, cosa producida por la esquizofrenia que poco a poco se iría adueñando de mí.
En el año 2011 hice un curso en la Mancomunidad de Municipios Valle del Guadiato de Informática Básica. A raíz de este curso hice unas prácticas becadas de dos meses en una tienda en Espiel, haciéndome de nuevo en un personaje que no era, en el que debí decir muchas cosas cercanas a la realidad de mi forma de ser que por aquellos entonces no eran reales ni verdad.
Una vida donde poco a poco me volví más egoísta, más encerrado en mí mismo, y no me ponía en el lugar de otras personas que lo estaban pasando peor que yo. Fueron años de mucho fuego en mi hogar mental, donde poco a poco se irían calcinando todas sus estructuras y, en forma de cárcel, se iría cimentando un cierto peligro para mi cuerpo, pero sobre todo para mi mente, que cada día que pasaba se iría alejando más de la sociedad.
A finales del año 2012 decidí instalarme en un piso en Córdoba, en busca de una vida en la cual pensaba que todo iba a cambiar para mejor. Pero lo que no llegué a pensar es que esta decisión de irme a Córdoba como lugar de refugio sería la peor decisión que tomé en mi vida.
Siendo yo el culpable de todo lo que me estaba pasando, me hice prisionero de una enfermedad que se acabaría quedando conmigo para toda la vida, y que a día de hoy es mi mejor amigo.
En el año 2013 transcurrieron casi siete meses de desconcierto. Me apunté a un gimnasio, hacía deporte todos los días en el Parque Cruz Conde, incidí en patearme toda Córdoba, tanto andando como en coche, echando currículum por todos los negocios y empresas de la ciudad y sus polígonos.
Empecé a escribir mi primera novela, “La Universidad de la Calle”, para ocupar todo ese tiempo en el que a mi cabeza le iban surgiendo ideas para escribir. También mandé por aquellos tiempos algunos artículos a este medio de comunicación, por lo que quiero decir que ya empezaba yo a escribir, y mis inicios literarios los haría para este medio, que realmente me daría la oportunidad de expresarme.
Lo que iba a ser un año con problemas se convertiría, el año 2013, en el peor año de mi vida. Poco a poco fui demostrando, cada mes que pasaba, más debilidad. En ese tránsito de meses me hice tres tatuajes: el primero en el reverso de la muñeca derecha, donde se refleja el número de preso de Nelson Mandela, 46664; el segundo en el brazo derecho, que es un brazalete maorí; y el tercero y último en la espalda, que son dos alas con llamas arriba de sus dos alas y, en el hueco entre ala y ala, está escrita la palabra en latín “Carpe Diem” (Disfruta o goza el momento).
Antes del día 22 de julio de 2013 me dieron dos brotes psicóticos sin violencia: uno en una conocida cadena de supermercado del barrio de Ciudad Jardín y otro en el gimnasio donde iba todos los días a entrenar.
A esto se suma que, la noche del 21 de julio de 2013, había quedado a cenar con mi hermano Christian, pero esa cena juntos no llegó a producirse, ya que yo decidí suspenderla sin comunicarle nada. Aquello le provocaría cierta preocupación y, tras llamarme y no contestarle, decidió llamar a la Policía Nacional, que tras llamar a mi piso y no obtener respuesta —ya que yo estaba escuchando música con los auriculares de mi mp3 y acostado en mi cama— actuó derribando la puerta. Me encontraron en la cama escuchando música, y yo me quedé perplejo, asustado y desorientado.
Cierto alarmismo que provoqué en mi familia y en mi círculo más cercano me hizo derivar en un ingreso voluntario por el centro psiquiátrico del Hospital Provincial, tras previo paso por el Hospital Reina Sofía de Córdoba, aquella noche que transcurriría en la madrugada del 22 de julio de 2013. Fecha de mi concienciación por rehabilitarme y de comenzar una nueva vida alejada de las prisas y de una vida irreal que estaba viviendo aquellos meses en Córdoba, donde fui preso de la soledad y de la intolerancia de estar relacionado con la sociedad.
Hasta aquí os dejo con la miel en los labios otra vez hasta la semana que viene, en la cual os narraré, en el quinto capítulo, mi estancia de dos meses y medio en el centro psiquiátrico del Hospital Provincial y la mejor decisión que tomaría para los restos de mi vida el 4 de septiembre de 2013: la de mi regreso a mi pueblo, a Peñarroya-Pueblonuevo, que me acogería otra vez entre tus brazos, como al hijo pródigo en las santas escrituras.
Y en este diario semanal de un enfermo mental me entrego en cuerpo y alma a la noble causa de normalizar y tratar las enfermedades mentales como otros tipos de enfermedades, y que sirva de ejemplo mi enfermedad mental: que se puede vivir y llevar una vida normal con una enfermedad mental.
Como tampoco es un lastre ni una tara tener una enfermedad mental. Para mí, tener una enfermedad mental es tener para siempre a un compañero de viaje que es esta vida, y al que trato de la mejor forma posible: a mi esquizofrenia paranoide. Y por lo tanto soy muy feliz a raíz de reconocer y aceptar mi enfermedad mental.
Y no hay mejor despedida hasta la próxima semana que finalizar con la lacónica y reiterativa coletilla:
“LA SALUD MENTAL ES COSA DE TODOS”
Sergio Delgado Cintas





























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