Quizá nadie lo ha hecho, quizá nadie se ha atrevido a contar historias de personas quizá un poco olvidadas, quizá un poco dejadas, pero aún así amigos que tienen cosas que contar. Tengo que agradecer a todos los trabajadores de la Residencia Virgen del Rosario esas sonrisas, esos buenos días, ese “qué guapa estás”, ese “vas muy elegante”, ese “qué bien combinada” y, sobre todo, el valorar día a día tus avances y todas tus habilidades. Hoy recuerdo cómo entré un día, por supuesto maquillada, pero con la procesión por dentro. Ahí he encontrado todos los días un buenos días, una sonrisa, un abrazo desde el cariño.
Tengo mil historias personales que contar sin decir los nombres porque no es necesario. Preservando su intimidad no diré sus nombres, ya que historias de vida que el Alzheimer ha destrozado hay muchas. Buenos deportistas que ya no lo son, personas que no pueden decir ni su nombre, hay tantas que no necesitamos unos apellidos; todos podemos poner el nombre a un vecino, a un amigo, a un familiar que te dice “no me preguntes, que no recuerdo”, “no me preguntes, que ya no sé”. Incluso aquel que no se puede estar quieto y al que no puedas ni saludar. En fin, siempre queda una fiesta, un poner música, un momento de tocar las palmas y arrancar sonrisas. Un momento de visitas, aunque te dé pena llegar y encontrar muchos enfermos.
El problema es que habitualmente no hay sonrisas; las sonrisas son con las visitas, con un cuéntame de tu vida, con un poder escuchar. Yo he descubierto otra terapia, que es dibujar sus rostros… “Sácame guapo/a”, “No me saques arrugas”, “Hay que ver qué joven estoy”… ¿Habrá cosa más bonita que una sonrisa? No tiene por qué ser de un anciano, porque la enfermedad no tiene edad. Son tan lindos que me han dicho: “Cuando tenga dinero le pondré un marco”, “Te voy a regalar lápices”… incluso me han querido pagar… me han dado a escondidillas un dulce… Cada uno agradece a su manera, pero lo más bello es arrancar una sonrisa, que tanto cuesta hoy en día. Vamos por la calle y ya se ha perdido el buenos días, un pasa tú primero… pues no. Hay sitios donde aún se conserva. ¿Habrá cosa más bonita que escuchar “Has dejado algo de ti aquí”? Un “cuando quieras ven a desayunar”, una cita pendiente, un café asegurado, un “te echamos de menos”.
Hay buena gente, buenos amigos, que un ictus truncó sus vidas y aun así te cuentan con una sonrisa sus amoríos… que lo dejaron en el viaje de novios, que una prima le hacía ojitos, que la enfermedad le vino cuando su vida era más plena, cuando era más feliz, que ya está, que no lo quiere ni la Virgen del Carmen. Y tú, con otra sonrisa, le contestas: “No digas tonterías”. Diré su nombre: Miguel Ángel.
Otras personas ya mayores aún recuerdan sus matrimonios, la buena o mala vida que tuvieron, lo que tuvieron que sufrir… historias de guerras, de hambre, y otras que no recuerdan nada: un simple gesto, un “ven aquí niña”, un “píntame las uñas de rojo que me gusta ese color”, un “qué buen pulso tienes”… También hay añoranza, mucha… de las cosas ya perdidas o de los recuerdos olvidados que el hablar hace aflorar…
Todo esto lo escribo desde la humildad. Son el equipo humano de terapeutas que hay allí las que marcan las pautas y las que te dicen “habla con las personas”. Tanto por contar… quizá estas reflexiones sirvan a alguien o quizá no, eso el tiempo lo dirá. Si es así, seguirán leyendo mis líneas; aquí quedarán.
Marta Cascado García






























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