Pocos son los elegidos para engalanar todos los años a nuestra patrona, a Nuestra Señora Virgen del Rosario. Hay hábitos que se hacen de forma natural y altruista. Se dedica todo el tiempo al cuidado con mesura y pávido tesón para que, cuando llegue el día 7 de octubre, todo salga como la larga espera desea. Y todo ese lujo de hermoso día y de esplendor es fruto de la imagen con más templanza y belleza del pueblo y de la comarca, como también de una provincia de Córdoba que contempla cómo ese día se pasean por las calles del distrito de Peñarroya las vestimentas elaboradas cada año por un joven diseñador y bordador peñarriblense: nuestro vecino y amigo al que tributamos hoy lunes, Juan Pérez Ureña.
Un chico que ha sabido ganarse, con su humildad, la admiración de todo un pueblo por sus recreaciones y diseños, sobre todo del manto y de las posiciones y colores de las flores de nuestra patrona. Desde hace muchos años es la imagen y los ojos de nuestra alcaldesa perpetua, y el que mejor sabe qué traje le sienta mejor a nuestra devota.
Un vecino laborioso, con mucho entusiasmo y con muchas ganas de trabajar por nuestro pueblo, sus fiestas y sus tradiciones. No cambia su estilo sacro, utilizando materiales artesanales y clásicos de corte y confección apropiados para nuestra figura más emblemática y, a la vez, adorada.
Nadie mejor que él para apremiarla y favorecerla en tan especial fecha del calendario. Hombre inquieto y pensativo, creativo y evocador, con una finura y sensibilidad en sus manos que lo hacen querible.
A partir de estas líneas queremos hacerle un emotivo relato novelado a su figura, tan merecida a pesar de su corta edad:
Dicen que hay personas que nacen en un sitio, pero que se hacen en otro. Personas cuya vida se construye en dos lugares, como si el corazón pudiera habitar en más de una tierra al mismo tiempo. Ese es el caso de Juan Pérez Ureña, inscrito como nacido en Córdoba únicamente porque su madre tuvo que desplazarse al hospital para dar a luz, pero criado y moldeado en Peñarroya-Pueblonuevo, donde sus padres han vivido siempre y donde Juan aprendió no solo a leer y escribir, sino también a querer, a servir y a pertenecer.
Sus primeros pasos los dio entre las aulas del CEIP Eladio León, y más tarde entre los pasillos del Florencio Pintado, donde los profesores aprendieron rápidamente que Juan era de esos niños despiertos, nobles y siempre dispuestos a ayudar. Creció rodeado del cariño de sus padres, Juan y Feli, y con la compañía de su hermana Inés, con quien comparte una complicidad de las que solo nacen en los hogares donde se enseña a querer sin medida.
Con el paso de los años la familia creció: llegaron a su vida Rubén, su cuñado, y esos dos luceros llamados Gonzalo y Jorge, sus sobrinos, a quienes adora con el amor limpio de quien sabe que el tiempo con ellos es el tesoro más grande que se puede guardar.
Hoy Juan vive en Córdoba, donde trabaja en el Parque Joyero, pero cada vez que tiene una oportunidad —aunque sea pequeña— vuelve a su pueblo. Porque quien nace en Córdoba puede ser cordobés, pero quien se cría en Peñarroya-Pueblonuevo lo es para siempre, y Juan lo sabe bien.
Desde muy joven encontró en las hermandades y cofradías un lugar donde entregar su tiempo y su talento. Colabora en la Asociación Virgen del Carmen, en la Virgen de los Dolores y, de forma especial, en la Cofradía Virgen del Rosario, de la que es Hermano Mayor. Allí no solo ejerce su liderazgo con responsabilidad y humildad, sino que lleva sobre sus hombros una misión tan delicada como hermosa: es él quien viste a la Virgen del Rosario, quien cuida cada detalle de sus mantos, quien coloca las flores en su paso con una devoción que parece heredada de generaciones pasadas.
El bordado, uno de sus mayores talentos, no es para él un hobby cualquiera. Es un arte. Juan trabaja la seda y el oro fino con un respeto casi litúrgico, como si cada puntada llevara implícita una oración, una gratitud o un deseo imposible de pronunciar en voz alta. Donde otros ven hilo, él ve historia, tradición y belleza.
Este año ocurrió algo que lo define mejor que cualquier palabra: hacía falta un acólito para la procesión. Y, siendo Hermano Mayor, podría haber delegado la tarea. Pero no lo hizo. No dudó ni un segundo en ponerse a disposición de su hermandad, recordando a todos que la autoridad no se mide en cargos, sino en servicio. Ese gesto —tan sencillo y tan grande— lo retrata por completo: humildad, entrega y fe al mismo tiempo.
Porque Juan es así: siempre dispuesto a ayudar, siempre con tiempo para quien lo necesita, siempre con una palabra amable y un gesto sincero. Le gusta el deporte, le gusta compartir risas con sus amigos, disfrutar de su familia, detenerse ante las cosas pequeñas. Es sociable, cercano, y quienes lo conocen saben que es de esas personas a las que se puede llamar a cualquier hora. Y él estará.
Su forma de vivir es un homenaje constante a lo que de verdad importa: el cariño, la tradición, el compromiso. Su pueblo lo quiere porque reconoce en él a uno de esos hombres que honran lo que tocan, que no buscan luces pero iluminan; que no necesitan ser protagonistas, pero terminan siendo imprescindibles.
Juan Pérez Ureña es, en definitiva, uno de esos buenos hombres que hacen grande a un pueblo sin pretenderlo.
Un hijo que honra a sus padres, un hermano presente, un tío entregado, un amigo fiel, un cofrade ejemplar. Un corazón dividido entre Córdoba y Peñarroya, pero siempre latiendo con fuerza por los suyos.
Hoy este homenaje no solo reconoce su trayectoria. Reconoce su forma de ser. Porque el mundo necesita más personas como él. Y su pueblo, sencillamente, le da las gracias.
Como otro discípulo más del Rey de Reyes, Juan Pérez Ureña es un buen ciudadano y habitante de este pueblo, un fiel reflejo del trabajo bien hecho y uno de los culpables de que todo salga bien y magníficamente el día 7 de octubre de cada año, cuando comienza nuestra fiesta en honor a esa Patrona que siempre le acogerá en sus senos por ser un buen hijo.
No obstante, esta última dedicatoria queda bajo una frase dedicada a nuestro personaje de hoy, donde dejamos patente su compromiso hacia su pueblo:
“La felicidad es cuando lo que piensas, dices y haces están en armonía”.
MAHATMA GANDHI
Y toda esa felicidad de lo que piensa, dice y hace, Juan Pérez Ureña la mantiene en esa totalidad de la armonía y del compromiso fidedigno con su pueblo, sus fiestas y sus tradiciones. Y todo eso bien lo sabe la que todo lo supervisa cada año: Nuestra Señora Virgen del Rosario.
Gracias, Juan, por tu dedicación plena y tu esfuerzo sin medida para que cada año luzca con hermosura y brillantez nuestra perfecta reina.
Te queremos mucho.
Te lo mereces.
SERGIO DELGADO CINTAS






























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