A menudo nos detenemos a pensar qué nos deparará el futuro. Nos inquieta lo que no controlamos, lo que puede torcerse, lo que no sabemos si sabremos afrontar. Pero hay personas que no viven pendientes de lo que vendrá, sino comprometidas con lo que hacen cada día. Personas que no esperan que la vida sea fácil, sino que la trabajan, la sostienen y la llenan de sentido. Juana Prado Velasco pertenece a ese grupo silencioso y firme.
En el número 17 de la calle Severo Ochoa, en la b arriada del Cerro de Peñarroya-Pueblonuevo, nació un 6 de septiembre una niña que aprendió pronto que la vida no regala nada, pero sí devuelve lo que se siembra. Juana Prado Velasco creció entre el polvo noble de la mina y el olor a colonia de barbería. Su padre, Pedro, minero y barbero, llevaba el carbón en las manos y la dignidad en la mirada. Su madre, María, era esa fuerza callada que sostiene sin pedir aplausos. Con Mari, Pedro y la pequeña Angelines compartió una casa humilde, de puertas abiertas y conversaciones que enseñaban más que cualquier escuela.
Estudió Administrativo en su pueblo, pero lo que de verdad la conquistó fue la lengua. Las palabras. Quizá porque intuía que quien sabe nombrar el mundo, sabe también entenderlo. Y Juana ha entendido la vida con una inteligencia serena, de las que no hacen ruido, pero dejan huella.
En octubre de 1982 decidió amar sin condiciones. Se casó con Francisco Cabrera, que era viudo y tenía un niño de tres años, Paquito. No preguntó, no dudó. Abrazó esa historia como propia. Después llegó Miriam y, con los años, los nietos: Paquito, Antonio y la pequeña Rocío. Si uno quiere ver la verdadera riqueza de Juana, que mire su mesa un domingo cualquiera: platos que van y vienen, risas cruzadas, manos que se buscan. Ese es su patrimonio.
Su trayectoria laboral es reflejo de su carácter. Trabajó junto a Antonio Mediavilla en una empresa de hierros, aprendiendo que el sacrificio tiene recompensa cuando se sostiene en el tiempo. Más adelante vendió aspiradoras y vaporetas, productos que en su momento parecían casi futuristas. Recorrió calles como agente de Círculo de Lectores, llamando a puertas y acercando libros a los hogares. Levantó una droguería con esfuerzo constante y posteriormente sostuvo un estanco con responsabilidad diaria. Cada etapa tuvo su dificultad, pero nunca fue mujer de excusas. Si había que trabajar, se trabajaba. Si había que empezar de nuevo, se empezaba. No fue mujer de excusas. Fue mujer de hechos. De las que no esperan a que las cosas pasen: las hacen.
Canta en la Coral Guadiato y Sierra, porque hay voces que necesitan salir del pecho. Participa en la asociación de vecinos El Peñón, en el Motoclub La Afición, y fue “Estación Oasis” en el Radio Club Atalaya, persiguiendo señales invisibles en aquellas cacerías del zorro que eran mucho más que un juego: eran comunidad, amistad, pertenencia. Juana siempre ha sabido estar y cada año viaja a Jerez al campeonato de velocidad. Su ídolo es Marc Márquez. Le gusta la velocidad, sí, pero ha vivido con constancia.
Le apasiona viajar y conocer culturas diferentes. Con su caravana, junto a su marido, recorren campings, descubren pueblos, conversan con gente nueva y regresan siempre con una historia más que contar. No busca lujo, busca mundo. Y cuando no está en la carretera, se pierde entre páginas: la lectura es otro de sus viajes favoritos, de esos que se hacen sin salir de casa pero que también ensanchan el alma.
Y luego está Valsequillo. Su casa de campo con piscina no es solo un refugio: es el latido de la familia. Cada fin de semana llegan los nietos, los hijos, los amigos. Llegan con hambre y se van con recuerdos. Allí el tiempo se detiene entre barbacoas, chapuzones y sobremesas interminables. Juana los mira correr y, sin decirlo, agradece. Porque ha conseguido lo más difícil: que todos quieran volver. Ha hecho de ese rincón un lugar donde nadie se siente extraño. Un hogar que respira.
Un día apareció en televisión, en Menuda Noche, acompañando a su nieto Paquito. Pero el verdadero espectáculo no estaba en el plató, sino en sus ojos: ese brillo contenido de quien sabe que el amor es el mayor escenario.
Juana no ha buscado protagonismo. Ha construido algo más sólido que cualquier titular: una vida honrada, tejida con esfuerzo, lealtad y afectos verdaderos. De barrio minero y sueños amplios. De manos trabajadas y abrazos firmes.
En el recorrido experimental de la vida nos cruzamos con personas que pasan sin dejar rastro y con otras que ordenan, cuidan y sostienen. Juana pertenece a estas últimas. A las que suman. A las que construyen comunidad sin proclamarlo.
Peñarroya-Pueblonuevo tiene muchas historias valiosas. La de Juana Prado Velasco es una de esas que engrandecen un municipio no por su ruido, sino por su ejemplo.
Como escribió Mario Benedetti:
No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento”. Y si algo ha demostrado Juana es que cada día puede ser hogar.
Te queremos.
Te lo mereces.
Sergio Delgado Cintas





























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