26 de febrero de 2026

DIARIO SEMANAL DE UN ENFERMO MENTAL CAPÍTULO 5 – AULLIDOS DE SALVACIÓN

 

 

A partir de este capítulo tomo de nuevo y recobro aquellos casi dos meses en el centro psiquiátrico donde estuve desde aquella fatídica madrugada del 22 de julio de 2013. Momentos antes de entrar en la habitación 216-B de la segunda planta del hospital provincial, donde está ubicada la planta de agudos mentales, dividida en dos alas, a mí me tocó el ala derecha, en la cual más o menos estaban los más estables, es decir, los menos agresivos.

En el primer mes me acompañó en mi habitación día y noche mi padre, cosa que no está permitido, pero mi padre, en un gesto paternal y de amor, me acompañaría en mis peores momentos hospitalarios una vez más.

Los primeros días fueron de encierro, de ir al salón principal a comer y después a mi habitación; no quería salir a hablar con nadie, quería estar tranquilo y reflexionar cómo gestionar emocionalmente todo lo que me estaba ocurriendo.

La medicación poco a poco iba haciendo su cometido: muchos antidepresivos, contra la ansiedad y el estado de ánimo. Desde el primer momento colaboré con la psiquiatra que me estaba llevando en el hospital, doña Martina. Saqué tiempo para escribir el capítulo “Habitación 216-B” de la novela que estaba escribiendo por aquellos años, mi primera novela “La Universidad de la Calle”, como así también la tercera parte de dicha novela, titulada “Córdoba, como lugar de refugio”, un tributo a la Córdoba morisca y omeya a través de todos sus lugares, rincones y monumentos, a través de una historia de amor de noche entre un sultán y una sultana.

Conocedor de que aquellos aullidos serían a la postre los de mi salvación, mi comportamiento fue cambiando al paso de los días y de las semanas y me fui abriendo poco a poco, y forjé una bonita amistad con dos personas que se encontraban conmigo en el mismo sitio: Paco y Mercedes.

Estos dos amigos cordobeses, a los que tuve la suerte de conocer a través de conversaciones sinceras y llenas de tanto cariño, porque Paco acabaría terminando la carrera de veterinaria tras salir del hospital y, tristemente, Mercedes acabaría con su vida al año siguiente, tras verla en septiembre y diciembre de 2013.

Una bonita y sana amistad, donde puse de manifiesto mi empatía y solidaridad por los demás. A día de hoy no sería el mismo si no hubiera pasado por aquel sitio como el centro psiquiátrico, que tanto me enseñaría para el futuro. Una cosa de ellas es la responsabilidad, la atención y el cuidado, no solo a mis familiares, sino hacia aquellas personas que me rodean, donde me gusta ver a todas las personas felices, y esa felicidad se contagia y empieza por uno mismo.

Al pasar el primer mes, le dije a mi padre que se podría ir a casa, que me podría visitar todos los días, pero que descansara y durmiera en casa. Me costó adaptarme a mi nueva vida hospitalaria; estaba desnutrido y las heridas del alma se iban convirtiendo en dos alas blancas nuevas para poder volar de nuevo y dejar patente esta segunda oportunidad que me estaba brindando la vida.

En unas conversaciones con los especialistas y profesionales del hospital, en una mesa redonda con demás pacientes, me abrieron los ojos y me recomendaron volver al pueblo una vez que tuviera el alta. Al principio era reacio a tomar esa decisión, pero supe después, más tranquilo, que esa sería la mejor decisión que podía tomar.

Luego llegarían más compañeros, a los que iba conociendo, como a un nuevo compañero de habitación de Dos Torres, Doroteo, empresario de la construcción. En fin, que poco a poco iba viendo la luz al final del túnel y el tiempo recobrado ponía el resto para que mis días no fueran muy dados al final de mis días, sino a la esperanza de que se puede vivir con mi diagnóstico como esquizofrénico, que se puede llevar una vida de lo más normal.

Mi estancia en el hospital psiquiátrico me hizo sabedor de que tenía muchas cualidades y que mi fuente de energía poco a poco iba a mermar y radicar en una depresión nada más salir del hospital, que me duraría dos años, pero eso ya lo dejaré para el próximo capítulo de la semana que viene.

Volviendo a esos aullidos en busca de paz y sanación, me quedo con el atrevimiento de dar el paso a reconocer que tenía una enfermedad mental grave, y después de reconocer llegaría la aceptación, a aceptarme tal y como soy, sin filtros, sin fisuras y sin miedos, y luego ya llegaría la culminación, la admiración por mí mismo y no echarme en cara nada. Todo lo demás es una condena permanente y una cárcel mental que no nos deja ver esa luz y ese cielo donde respirar tranquilos.

Sabiendo todo eso, llegaría el alta y vuelta al pueblo el martes 4 de septiembre de 2013, y el jueves llegaría mi primera visita en la unidad de gerencia clínica de salud mental de Peñarroya-Pueblonuevo con el psiquiatra Juan Pedro Ramos, al cual me aportó los primeros cimientos para poder sobrellevar los primeros meses la enfermedad mental.

Tengo que confesarles que durante el primer año que iba a la unidad, tanto a visitar al psiquiatra o a la enfermera, miraba para atrás antes de abrir la puerta para que no me viera nadie entrar, pero eso se fue quitando poco a poco, como una venda que tenía en los ojos que no me dejaba ver la realidad, lo amable que estaba siendo la vida conmigo, a pesar de que estaba sufriendo una depresión, pero ese tema lo iba soportando como iba pudiendo.

Por eso no quiero adelantar nada hasta el próximo capítulo. Pero antes me gustaría escribiros que mi estancia en el centro psiquiátrico fueron mis casi dos meses en los que aprendí a pelear y combatir contra mis miedos, y empecé a amar la trama, con sus vicisitudes y escondites, porque amo la vida sin el corazón vacío, sino lleno de tantas pasiones y de tantos buenos momentos que después vendrían a mi vida.

Y eso es lo mejor que me ha pasado como persona con una enfermedad mental. Escribir ha sido mi salvación y mi sanación; nunca he dejado de escribir y de leer, como viviendo mi vida tal y como venga, con sus momentos buenos y malos, pero siendo yo mismo, sin ser otra persona como sería antes de ser un esquizofrénico.

Para bien o para mal, no me fallo a mí mismo ni tampoco a mis principios, asumiendo tanto las victorias como las derrotas emocionales, como las existenciales. Los aullidos fueron a corazón abierto, consolidando una vida a permanecer inquieto y con mi cerebro activo y en plena fase para poder estar siempre pensando en positivo y en hacer cosas para la sociedad.

Quizás algunas veces llegué a molestar con tanta sinceridad, pero yo soy así, y contando mi historia y mi vida como enfermo mental puedo ayudar a todas aquellas personas que necesitan de testimonios como el mío para ayudarlos a salir de esa cárcel que a veces es cruel, como es la mente.

Emplazándoles al siguiente capítulo de la próxima semana, no me queda nada más que despedirme con la coletilla final para cerrar este nuevo capítulo:

“LA SALUD MENTAL ES COSA DE TODOS”

SERGIO DELGADO CINTAS

Reprochip
Cereales y piensos
Opicalia Peñarroya
Farmacia valle del guadiato
Proasa
Taberna la latina

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